Toni Stojanov tiene cincuenta y tantos años, trabaja como escenógrafo en la televisión pública de Macedonia del Norte y en otra vida fue bajista de un grupo de rock. Lo último importa porque él sigue considerándose aquel tipo interesante, moderno, irresistible y con un gusto musical exquisito. La realidad se ha empeñado en actualizar el retrato, pero Toni no parece dispuesto a colaborar. Con barriga, infiel vocacional y padre de dos hijos –el pequeño T. J. y Nela, una hija adulta que vive en Australia y ha optado por el no contact–, conserva intacta la seguridad de quien piensa que el problema siempre está en otra parte.
Con semejante criatura se estrena en la novela Rumena Bužarovska (Skopie, 1981), después de libros de relatos como “Mi marido” (2014; Impedimenta, 2023) y “No voy a ninguna parte” (2018; Impedimenta, 2025). “Toni” (“Тони”, 2024; Impedimenta, 2026), traducida del macedonio por Krasimir Tasev, son 256 páginas al lado de un hombre machista, narcisista, clasista, homófobo, racista, cobarde y bastante cazurro. El milagro es que se pasan volando. Bužarovska filtra casi todo a través de su cabeza, de modo que el mundo nos llega ya deformado por sus juicios, sus excusas y su monumental amor propio. Si una mujer ha engordado, se fija; si alguien escucha la música equivocada, sentencia; si mete la pata, encuentra al responsable con una rapidez pasmosa. Toni se cree más culto, más listo y atractivo que los demás y la autora apenas necesita corregirlo: basta con dejarlo pensar.
Porque “Toni” es muy divertida. Y muy adictiva. Una se ríe con cierta mala conciencia porque detrás del esperpento hay comportamientos demasiado reconocibles. Además, le ocurre de todo. Las vacaciones en Grecia junto a Tamara, su pareja, y el pequeño T. J. son solo el principio: después vienen diferentes pérdidas, rupturas, enfermedades y una colección de desastres que cualquier otro quizá aprovecharía para revisar algo de sí mismo. Toni, en cambio, demuestra una habilidad extraordinaria para salir moralmente indemne. Su lógica queda resumida desde el principio cuando, después de dejar a Tamara sin comer, se convence de que en realidad le ha hecho un favor: “Que nade, a ver si se le aprieta un poco el culo”. Y con T. J. empieza ya a pasar hacia abajo parte de lo que él mismo aprendió en casa: “Venga, a comer, si quieres que te crezca el pito y puedas perseguir coñitos”.
Esa insistencia también marca el límite del libro. Bužarovska carga tanto las tintas que llega un momento en que conocemos perfectamente el mecanismo: aparece una mujer y podemos imaginar qué mirará Toni, comete un error y sabemos que encontrará a quién endosarlo. La caricatura pierde algo de sorpresa conforme avanza la novela. Aun así, esa reiteración no invita a abandonar la lectura. Todo lo contrario. Toni es previsible. Lo que va sucediendo a su alrededor, bastante menos. Hay algo perversamente entretenido en comprobar cuánto puede resistir un hombre sin enterarse absolutamente de nada. Y ahí cobra peso la figura de su padre, Andon, a quien Toni ha convertido en una especie de modelo intocable. Esa leyenda va perdiendo brillo a medida que Evguenia, su madre, con quien vuelve a vivir ya bien entrada la cincuentena, enferma y empieza a contarle cosas que él preferiría no saber. Esa herencia no sirve para absolver, pero sí para entender de dónde vienen algunas reglas que nunca se ha molestado en revisar. Las mujeres, mientras tanto, conducen, cuidan, trabajan, cocinan y sostienen buena parte de una vida que él considera muy suya. Incluso cuando Milena, una amiga de Tamara, se ofrece a llevarle comida mientras está enfermo de COVID, él acaba preguntándose si haría lo mismo por una mujer que apenas conociera. La respuesta no parece exigir demasiada reflexión.
Y el rock forma parte de esa vieja armadura. Haber sido bajista le permite conservar una superioridad cultural que los años han ido desmontando en casi todos los demás terrenos. Cuando las amigas de Milena ponen a Severina, las despacha como palurdas, pero cuando cambian a Bowie también encuentra la pega: “Podría haber puesto una canción menos mainstream”. Después pontifica sobre la Trilogía de Berlín, “Lodger” y la decadencia de los DJs mientras las demás intentan simplemente escuchar música. Ni siquiera David Bowie consigue estar a la altura de Toni.
Ahí está probablemente la mayor puntería de Bužarovska. Toni sería mucho menos inquietante si fuera un monstruo excepcional. Lo reconocemos porque sus miserias están hechas de materiales corrientes: la condescendencia, el ego, la nostalgia embellecida, la necesidad de gustar y esa prodigiosa facilidad para juzgarse con mucha más benevolencia que al resto. Terminamos “Toni” después de haber querido matarlo unas cuantas veces y, contra todo pronóstico, después de haber disfrutado muchísimo de su compañía. Toni, por supuesto, tendría clarísimo que el mérito es suyo. ∎