Entre Gerard Alegre Dòria y Adrià Domènech, InnerCut, se ha forjado una alianza bien avenida que definitivamente augura prósperos réditos futuros para
El Último Vecino. Después de trece años siendo un faro en esto del nuevo post-punk patrio, el cantante y compositor barcelonés confirma con
“La vida es un chiste demasiado largo” que ha encontrado en el productor catalán la complicidad necesaria para ensanchar su imaginario, darle una vuelta de tuerca a sus influencias y hasta afilar una inesperada vis cómica.
Lo hace tirando de cierta continuidad narrativa, recogiendo el testigo de aquellas ínfulas adolescentes de estrellato que veíamos en
“RIQUI” (2024) y aclarándolas como nunca en una secuencia onírica,
“Sueño que soy una estrella”, que arranca hasta ser drásticamente interrumpida por un despertador malicioso. El eco y los vítores cambian entonces por una suerte de oda obrera contra la patronal en
“Jefe”, salpicada de guiños al currante y con repiqueteo cañí en el estribillo. Pero a pesar de este atípico despegue, pronto nos rencontramos con el manual de buenas prácticas de Gerard en una canónica
“El mejor año”, donde confluyen sus melodías clásicas de sintetizador, su don para reformular versos de sobra conocidos –
“¿quién me ha robado el mes de mayo?”, tirando de Joaquín Sabina– y una querencia por el melodrama con pompa:
“Es la historia de siempre / Dios sonríe a todos menos a mí”.
A fin de cuentas, la fórmula le ha salido redonda durante más de una década y, con sumo agrado, es todo lo que esta implica lo que hemos venido a buscar en este quinto LP; el rastro de un artista desacomplejado, capaz de poner palabras a lo que todos hemos sentido alguna vez.
“¿Cómo puede ser que con lo que fuimos ahora no nos acordemos ni de los cumpleaños?”, canta en
“Hola cómo estás?”. También exhibe sus deudas con total impunidad: de The Drums en
“No me entero de nada” a Modestia Aparte en
“Cosas de la edad”, en la que se ríe de los rigores de la gloria gracias a versos como
“no subo seguidores, me cago en los cojones”.
Lo vemos hacer un verdadero encaje de bolillos con los registros en temas más alambicados como
“Su juventud”, a pachas con la valenciana Chlöe’s Clue, donde esgrime un amplio repertorio de recursos que van desde armónicas hasta palmas. Luego nos rompe en mil pedazos con la solemne
“Luz siempre al final”, en la que después de media hora sin tropezar con la autocomplacencia decide dar rienda suelta al histrionismo emocional, con una coda tan
badalamentiana como sobrecogedora:
“Es muy jodido, ya lo sé, te han dejado de querer / Pero créeme, si pude yo, ¿entonces quién no va a poder?”. Un sofisticado contrapunto entre guasa y desdicha que nos recuerda la conveniencia de reírnos de nosotros mismos antes de que lo haga la vida. ∎