La historia no es nueva: cantautora acústica que descubre las posibilidades de la cacharrería electrónica y modula su lenguaje desde una perspectiva sónica completamente distinta, sin perder su identidad por el camino, reformulando su propuesta desde ángulos que no había explorado. En el ámbito internacional, la casuística es prácticamente inabarcable. Beth Orton, Bon Iver, Sufjan Stevens, Jonathan Wilson, John Grant… pero tampoco andamos por aquí faltos de ejemplos prácticos, si tenemos en cuenta lo que en un pasado no muy lejano hicieron Tulsa, Alondra Bentley, Zahara o Russian Red. Creo que lo sustantivo es que el giro no opaque la personalidad, que se ejecute con cierta naturalidad, que depare un rango de coloraciones lo suficientemente estimulante como para armar un trabajo de justifique algo más de media de hora de atenta escucha en este presente sobresaturado y que, en síntesis, el continente fundamente el contenido, que la forma se subordine al fondo. ¿Lo logra la barcelonesa (afincada en Palma de Mallorca) Elisa Bernal en el segundo álbum de su proyecto, Hola Lis? Diría que sí. En connivencia, y es justo apuntarlo, con Eloy Bernal, de Gúdar (teclados, percusión y coros), Òscar Huerta, de Papa Topo (guitarra, sintes y bajo), y Jordi Llobet, de Doble Pletina (batería y percusión), con la aportación de Ryan McPhun (guitarra, bajo electrónico y batería) en “Empezarte a soñar” y Laura Costas (coros) en “Una nana”.
Un pop electrónico de tamiz industrial se da la mano con la escuela melódica del shoegaze en “Ocho capas”, regida desde el vocoder y con un título que sirve como declaración de principios estéticos (por lo de las ocho pistas con las que empezó todo). A partir de ahí, cada uno de estos nueve cortes es un estado de ánimo en sí mismo. “No se van” se explaya en texturas kraut. “Un bourbon o un té” revela hechuras de cantautora que se afilia a un canon de composición muy New Order. “Empezarte a soñar” me recuerda al pop calidoscópico de Aries. “Demasiadas veces” y “Todo lo que pido” podrían figurar en cualquier playlist de canciones orgullosamente stereolábicas (la saga que llega hasta Vanishing Twin, Jane Weaver o Death And Vanilla). Y tanto “Una nana” como, sobre todo, “València” bajan revoluciones para aterrizar sobre asuntos espinosos y mundanos que nos interpelan: la primera lidia con la temática del aborto y la segunda recrea el aliento espectral, el aura de desolación diría que irrepetible, que solo quienes pisaran (pisamos) las localidades de L’Horta Sud valenciana en los días posteriores a la terrible dana de octubre de 2024 han podido experimentar. Ella lo hizo en calidad de voluntaria, y los tres minutos y medio que dura la canción reflejan esa sensación (sin necesidad de palabras) con más precisión que las casi diez que se compusieron en su momento por parte de otros artistas, por muy necesario que fuera su mensaje. Y es que otra de las virtudes de este notable trabajo es plasmar en sus composiciones su inquietud en torno a la maternidad, la violencia de género, la dictadura del canon normativo de belleza, la complejidad de las relaciones sentimentales o la velocidad de ese tiempo que se nos escurre entre los dedos, y hacerlo además de un modo sutil y elegante. ∎