Los dos álbumes publicados tras el retorno a la vida de la mítica banda madrileña los mostraba en buena forma para gozo de sus fans; “Vida inteligente” (2014) en su faceta más rockera y “Bestieza” (2020) tendiente hacia el power pop (a su manera). Hasta ahí todo bien. Ha sido al escuchar de cabo a rabo este “Canciones chulas” cuando nos hemos dado cuenta de que sus canciones podían morder aún más fuerte a esta altura de la partida. Además de la reconocida solvencia como músicos que ya estaba ahí –con la guitarra de David Krahe bien integrada en el núcleo duro de Josele, Fino y Chema–, y de la crujiente y detallada producción de Carlos Hernández, que repite tras “Bestieza”, aquí Los Enemigos rozan, si no alcanzan, las cotas de emoción de su etapa gloriosa con “La vida mata” (1990), “La cuenta atrás” (1991) y el no siempre bien ponderado “Tras el último no va nadie” (1994). Palabras mayores.
El álbum se abre, con eléctrica actitud “enemiga”, con la titular –elegida como Canción del Día en Rockdelux el pasado 16 de abril–, un homenaje a las canciones que nos han guiado cual faro, el de la portada, a los incurables enfermos por el pop. Y nada mejor que ofrecernos nuevas atalayas iluminadoras, como “Miss Dinamarca”, una inflamada declaración de amor de Josele a su media naranja, con el mote que le puso Chiquito de la Calzada en un autógrafo de su puño y letra. Genio y figura, el de ambos. El listón ya está muy alto pero, espóiler, no bajará. “El próximo vals” es rock con filo con la rugiente voz de Santiago desafiando a la parca, que está tan presente como siempre en su lírica, una posibilidad incluso voluntaria como la del personaje de la provocadoramente luminosa “En alguna realidad”. En la no menos brillante “Isla” le canta a la soledad como un estado deseable; por cierto, ambas melodías están firmadas por Fino Oyonarte, que como ya demostró en su “Arrecife” (2023) tiene una excelente mano para el pop soleado de inspiración sesentera. También es suya la seductora “Rumbo al sol”, en la que lleva literalmente la voz cantante (y la guitarra, con el jefe al bajo).
Las estrofas centrales de la exultante “Luz de dos lunas” tienen un aire coplero que añaden emoción al rock melódico con la banda a pleno rendimiento, carrerilla que aprovechan para el eufórico rock’n’roll de “Puto blues”, un homenaje a ese músico de blues de un solo registro, carne de antro, resiliente a la escasez de luces y parroquia. Si las brillantes carreras en solitario de Fino y Josele se veían, hasta cierto punto, como algo separado del sonido “enemigo”, es quizá en este álbum donde más se entremezclan y eso parece haber insuflado nueva vida al grupo. Hemos citado la puntería pop de Fino; en las de Josele, quizá la que mejor encajaría en un trabajo propio sería “Pájaro ciego”, un poético canto a las ganas de vivir pese a las peores circunstancias, con un sonido de guitarras sutiles que le dan vuelo. Para el número final, recuperan el rhythm’n’ blues marca de la casa, y uno de sus temas recurrentes, la vida taleguera, con un personaje similar al anciano preso del filme “Cadena perpetua” (Frank Darabont, 1994) que no quiere dejar los cuatro muros por una vida incierta y ajena ahí afuera. Tampoco el oyente querrá abandonar tan fácilmente el palpitante mundo de “Canciones chulas”, tan chulas como las once aquí esculpidas a martillo y cincel. ∎