Álbum

Protomartyr

Hotel Usona › Domino-Music As Usual, 2026

Protomartyr podrán pecar de furor, pero rara vez suscitan indiferencia. Y esto, con el pasotismo diario, cómplice, campando en un mundo en llamas, como mínimo, transfiere sangre a las venas. La banda de Detroit se desangra por ti. En su séptimo y conceptual álbum –producido por Dave Fridmann en sus estudios Tarbox Road– nos envía una flemática invitación a un hotel decadente y despersonalizado, raído, enmoquetado, neutro, convencional. Provisional. “Our policy is live and let live”, dice uno de los versos de “Exalted Eagles”, todo correcto, de eso se trata en un hotel, de dejar hacer lo que se desee a puerta cerrada: follar, suicidarse, descansar, desmembrar un cadáver. En el país de Joe Casey, Greg Ahee, Alex Leonard y Scott Davidson, cada propiedad privada es un reino, incluso una habitación numerada. Cada habitación de este hotel de cadena, que podemos visualizar en un site exprofeso (el eslogan es “The feeling is forever”), alberga en cambio individuos desesperados, alienados, viviendo sin propósito, o quizá con demasiado propósito. ¿Podrían ser protomártires, como Esteban, mártir fundacional del cristianismo? ¿O el mismísimo Cristo, como apunta Iggy Pop? Preguntado por qué sería un protomártir, la Iguana dice: “Una persona o personas que quieren formar parte de algo hermoso e interesante, sabiendo que tal vez haya que pagar un precio por ello y que a quienes vengan después les resultará más fácil. Algo así como Jesús”.

“The feeling is forever as time flows backwards up at the old hotel / The difference this time is there’s no opposition”, canta Casey en “The Old Hotel”, advirtiendo de la pasividad general. El poso de melancolía melodramática está sin duda entre lo mejor que ha hecho esta banda. “Sounds We Cannot Hear”, el que fue primer adelanto, asoma desquiciada como el sonido de una radial y mantiene el tono de un trabajo donde las aspiraciones operísticas y la inclinación por el score afilado conviven con la sempiterna adscripción post-punk de un grupo que, obviamente, es más que eso. Es más, los estadounidenses exhiben una grandilocuencia que no es estomagante, rara vez lo es en realidad, incluso en sus temas menos conseguidos. Esta es una obra de historias que, musicalmente, exige paciencia, y atención hacia sus personajes: gente a la deriva como la de la habitación 17 de “Converts” (“Two feeble minds, who their mother despised, patrol their bleak horizons / They’re looking for meaning in shallow mirrors / Can a god be found in such self-regard?”). Trompetas lejanas, timbales sobrios marcan el sonido de composiciones de una expectación sombría.

Antes de la claustrofóbica “Feed The Sewer” y su orquesta distorsionada a punto de estallar, escuchamos la mucho atmosférica y poética “The Knife Dream”. “Lavender-Gospel” sería la canción más prototípicamente protomartyr de todo “Hotel Usona”. La estancia finaliza con dos cortes: “Third Country” y “Checking Out”. La primera invoca un quimérico Edén con Casey en modo casi spoken word, mientras que la segunda arranca con guitarrazos, ritmos a lo Liquid Liquid, más vientos suaves, tristones. Y la furia, otra vez. Pero con sitio para la esperanza: el camino, tortuoso, no siempre es solitario, al menos durante un tiempo.

Es tiempo de águilas, no de palomas. Un águila calva dorada, emblema de la tierra de los otrora valientes, presta su imagen, siguiendo con las portadas absolutistas, crípticas, de Protomartyr: un poco como su música. Lo tomas o lo dejas. En “Exalted Eagles”, Casey ruge lo que podría ser este zeitgeist: “Wealth rules, that’s the policy / Hail, white god, that’s the policy / Male supremacy, that’s the policy”. Es el imperio del dinero y de las pelotas. ∎

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