Supongo que, como ejercicios creativos, no dejan de ser vasos comunicantes. Más cuando es la misma autora quien moldea las ideas para convertirlas en obra. Pero hay algo –un algo que es un mucho– en el estilo literario de Cristina Llanos Fayos (Madrid, 1975) que –nuevamente: obviedad– me recuerda a la música de Dover, el grupo que ella colideró junto con su hermana Amparo durante dos decenios, desde principios de la década de los noventa hasta 2016.
Como en las canciones de el Milagro –así se refiere ella al grupo y a todas las circunstancias y experiencias que vivió al frente de la banda que despachó casi un millón de ejemplares de su segundo álbum, “Devil Came to Me” (1997), disco grabado en apenas 20 días con un presupuesto de 480 euros–, la prosa de “La noche cayó y ya nadie pudo salvarme” es concisa y, a veces, monosilábica. Esa brevedad cae como un sopapo que no sabes por qué lado te ha llegado, amplifica el mensaje y su poso es…
Lacerante.
Cortante.
Tajante.
Hiriente.
Desgarrador.
Doloroso.
Y como en las canciones de Dover, hay...
Rabia.
Cólera.
Ira.
Furia.
Exasperación.
Odio.
Es un odio que, alimentado desde el más profundo dolor, o muy probablemente por ello, trasluce belleza. Creamos para invocar al diablo y que este se nos aparezca, prometiéndonos que pactando con él alcanzaremos la felicidad, aun sabiendo que es mentira.
Olvidaos. Esto no es una biografía de Dover. Esta no es una cronología de el Milagro escrita por una de las dos hermanas que lo hicieron posible. Esto es un diario escrito a lo largo de un largo año, el que transcurrió entre el otoño de 2022 y el otoño de 2023, desde las entrañas.
Memorias vitales taquigrafiadas durante madrugadas de insomnio en las que, desde la más absoluta sinceridad –e intuyo que no debe ser sencillo dar el paso de hacer púbico todo aquello que te has contado a ti mismo sin intención alguna de compartirlo con nadie, o con nadie más allá de tu entorno más cercano–, Cristina Llanos Fayos confiesa todo aquello que le duele y persigue desde hace décadas: el abuso sexual del que fue víctima siendo una adolescente, la complicada relación que mantuvo con un padre autoritario que ejercía su rol a gritos y guantazos –y cómo consigue perdonarle por todo ello– o la muerte de ese mismo padre y la de su hermano, además de sus trastornos alimenticios o el sufrimiento causado por la fibromialgia. El padecimiento en todas sus formas y acepciones, avivado desde la hoguera que alimenta el odio y la rabia que hacen que pueda seguir adelante. Desgarra. Estremece.
Entradas a corazón abierto y venas cortadas, en su mayor parte. No todas. Conciencia cuando expone su irrenunciable feminismo radical. E ilustra cuando va apuntando su infinita lista de lecturas. Hay muchos días que, simplemente, se dedica a lo cotidiano y lo mundano. Aquí nos habla de ese extraño flirteo que mantiene con el vecino del piso de arriba, al que salvó de un accidente de circulación; de la relación, admirativa, casi platónica, con su psicólogo; de ese médico con pinta de sociópata que no le quiere prescribir más medicación; de las charlas que, desde la ventana, mantiene con Pepito, el estudiante de 20 años que vive en el piso de enfrente al que adopta como un falso ahijado; de la cajera del súper que le tiene manía; de su amor por la reina Isabel II de Inglaterra; de su repulsa hacia Bertín Osborne; de su alergia a lavar los platos y los trastos de cocina. También de las clases de yoga, de infecciones de orina, de las semanas de estreñimiento… asomando en estas partes –aún no he llegado a deducir si consciente o inconscientemente– un humor gruñón de señora mayor sin pelos en la lengua y políticamente incorrecta que la convierte en figura entrañable. Y solo a veces y de forma tangencial para acercarnos a otros temas, de el Milagro. Cristina Llanos Fayos se ha tomado su revancha en Madrid. ∎