Batman es, con toda probabilidad, el superhéroe más publicado de las dos últimas décadas. Una sobrexposición que ha tenido un precio: de tanto aparecer en todas partes, se ha convertido en un contenedor en el que cabe de todo. En él conviven el misántropo obsesivo y solitario y el patriarca que reparte consejos y dicta órdenes a los miembros de la Bat-familia; el héroe urbano que patrulla callejones y el estratega capaz de plantar cara a dioses oscuros como Darkseid; el arreglatodo que siempre tiene un plan para cada contingencia, una capacidad que en la etapa del guionista Grant Morrison se llevó al paroxismo.
Que el Caballero Oscuro se haya convertido en un über-héroe, un deus ex machina con capa, no solo no ha provocado la fatiga de los lectores, sino que ha incrementado las ventas y espoleado la creatividad de sus autores. Series tan recomendables como “Absolute Batman” (2024-), de Scott Snyder y Nick Dragotta, o “Batman y Robin. Año uno” (2024-), de Mark Waid y Chris Samnee, ambas traducidas aquí por Panini, se han beneficiado precisamente de esta ductilidad inagotable del personaje.
Y sin embargo, en algunos meses de esta nueva era dorada del murciélago, el mejor cómic de Batman fue uno que casi nadie esperaba: “Batman. Patrones oscuros” (2025-2026; Panini, 2025-2026, traducción de Santiago García), una maxiserie de doce números escrita por el estadounidense Dan Watters y dibujada por el londinense Hayden Sherman con colores de la dublinesa Tríona Farrell que invoca la versión más humana y falible del personaje. En este 2026 Panini ha publicado en España el segundo de los tomos que recopila la saga, compuesta por cuatro casos de investigación de tres números cada uno, que se leen por separado pero que van diseminando pistas que solo cobran sentido al final.
La serie se sitúa aproximadamente en el tercer año de actividad del héroe y dialoga con títulos como “Batman. Año uno” (1987), de Frank Miller y David Mazzucchelli, y “El largo Halloween” (1996-1997), de Jeph Loeb y Tim Sale: las dos tienen también traducciones recientes en España de Panini. De ambas recupera el espíritu contenido, la textura áspera de Gotham y la voluntad de convertir la ciudad en un personaje más, una herencia que remite a los cómics de Will Eisner. Bruce Wayne todavía está aprendiendo de sus errores, no ha consolidado su relación con la policía y prefiere actuar en solitario, aunque la aparición fugaz del uniforme de Robin apunta ya hacia la expansión de su mundo.
En “Ciudad Arkham. El orden del mundo” (2021-2022; ECC, 2022) ya dejó Watters, guionista londinense, su querencia por la imaginería escabrosa y el noir. “Batman. Patrones oscuros” reúne esos elementos en un thriller episódico de atmósfera opresiva, cercano al true crime por su atención a las pruebas forenses, los testimonios contradictorios y las historias ocultas tras los delitos. Un caldo de cultivo perfecto para la incorporación de nuevos personajes al lore de Batman, como el trágico Hombre Herido o el impasible forense doctor Sereika, aunque también se asomen viejos conocidos como Scarface o Firefly. Todos ellos provienen o navegan en el pus que emana de las heridas de Gotham: una empresa que se desentendió de un desastre medioambiental, las garras de la especulación inmobiliaria o la desafección política hacia los barrios marginados.
Sherman encuentra una ingeniosa traducción gráfica para el caos y desconcierto en el que está sumida la ciudad. “Batman. Patrones oscuros” esquiva coreografías de lucha y escenas superheroicas al uso. El dibujante estadounidense empequeñece al héroe frente a la arquitectura de Gotham, cuyas perspectivas oblicuas y composiciones geométricas parecen imponerse sobre él, convergiendo en puntos de fuga vertiginosos. La libertad con que Sherman altera la forma y disposición de las viñetas aquí remite a su espectacular trabajo en “Absolute Wonder Woman” (2024-). Cuando Batman atraviesa una ventana, la propia página parece quebrarse en añicos. Cuando se enciende un mechero, la viñeta refleja las formas de la llama. La principal diferencia respecto a su trabajo en Wonder Woman, de trazo más cercano a la línea clara, reside en el uso abundante e imaginativo de las masas de negro, que contribuyen a crear una atmósfera sombría acorde con el universo del Hombre Murciélago. Sherman encuentra un buen complemento en la colorista irlandesa Tríona Farrell, que recurre a una paleta de ocres y verdes que alcanza su mayor fuerza expresiva en las escenas de llamas.
El fuego, precisamente, recorre las cuatro tramas, y acaba convirtiéndose en el motivo visual y simbólico que da unidad a la serie. La Gotham imaginada por Watters nació entre llamas y parece incapaz de dejar de arder, atrapada en un ciclo en el que la destrucción alimenta la reinvención de sus mitos. Al comienzo de “Batman. Patrones oscuros”, Batman es un sanador urbano que ofrece esperanza a quienes ya la han perdido, pero la propia ciudad parece repelerle, elevando su temperatura como si fuera una fiebre. También le recuerda que hay errores contra los que no puede luchar y gente a la que no puede salvar de sí misma.
Más adelante, cuando se enfrente a la tormenta de fuego que asola Gotham en el clímax final, Batman mirará de frente a las llamas y detendrá su avance con un gesto de la mano. Al menos, eso aseguran los testigos que presencian el momento, quizá porque la ciudad necesita de símbolos para soportar sus contradicciones. “Batman. Patrones oscuros” supera así su condición de mera historia de origen, ilustrando el momento exacto en el que el detective trasciende su condición humana y empieza a convertirse en el mito pop que estaba llamado a ser. Un tránsito reforzado por una magistral viñeta cenital en la que Batman se lanza en picado desde los rascacielos de Gotham, dispuesto a combatir el fuego con el fuego. ∎