En un mundo que pide asertividad, protagonismo, agallas, en definitiva, el escritor David Szalay (Montreal, 1974) se ha decantado por escribir la vida de un hombre que parece arrastrado por la vida, reaccionando como puede a los golpes de un destino que parece reírse en su cara. No es Bartleby, el escribiente de Melville, ni el apático y perezoso Oblómov, de Goncharov, porque él no decide no hacerlo, ni se estira en el sofá cansado. Nuestro protagonista simplemente se deja arrastrar. Así de simple. O ni siquiera se deja, simplemente sucede. Pesadilla de todos los coachings del mundo y de los que piden sacar la mejor versión de uno mismo, Szalay ha decidido crear el verdadero ser humano contemporáneo. Así es, lo que ha escrito es un nuevo mito.
La novela a la que nos referimos es “La carne” (“Flesh”, 2025; Feltrinelli, 2026; traducción de Ce Santiago), Booker Prize 2025, con admiradores de la talla de Zadie Smith, Samantha Harvey o Roddy Doyle. El relato nos presenta a István desde su más tierna infancia hasta la vejez. Novela picaresca sin picardía, veremos a este hombre tener una aventura con una vecina en la adolescencia, ser acusado de asesinar al marido de esta, acabar en un reformatorio, saltar al ejército, combatir en la guerra, vivir en Londres, ser el guardaespaldas de un hombre acaudalado, casarse con una mujer rica, perderlo todo y volver a la casilla de salida, en casa con su sufridora madre, como si la vida no fuese “real”, como si no tuviese consecuencias, salvo los afectos que vamos almacenando y que son lo único que llevamos siempre con nosotros.
Szalay cuenta esta historia de forma directa, sin mucha poesía, solo con gran concisión descriptiva, como si estuviésemos leyendo el guion de una película. El lenguaje es áspero, como los cuerpos que describe, como las vidas que resume, y consigue hacerlos de esta forma tan vívidos y humanos como en pocas novelas. Destacan sus diálogos sucintos, paródicos, minimalistas hasta el absurdo y, por tanto, reales y maravillosos. No hay nada más triste que seguir a un hombre a lo largo de toda una vida, pero esta novela no es triste a lo “Stoner” (1972) de John Williams, porque István no pierde, no lo siente así, solo vive y se deja vivir.
Una novela que se titula “La carne” no se pierde en tonterías espirituales o de autoayuda. Aquí solo habla de cuerpos, de sexo, de deseo, hasta el punto de convertirse prácticamente en un ideal pornográfico masculino. El sexo está muy presente, con explicaciones muy al grano, sin parafernalias. Porque István no toma la iniciativa casi nunca, pero es simplemente irresistible para la mayoría de mujeres, y su vida sentimental es un reflejo de esta facilidad. Después de un primer rechazo infantil, encadenará diferentes relaciones que irán formando su mundo, siempre dominado por las mujeres, por su madre, por sus amantes, por su mujer.
El libro, por tanto, se puede leer como una historia de amor infinita. A través de un excelente uso de la elipsis, Szalay nos presenta a István siempre durante el conflicto, nunca antes o después. No vemos las consecuencias de sus actos, solo las imaginamos. Saltamos de un momento a otro recreando interiormente todo lo que ha pasado desde la última vez que lo encontramos. Así es inevitable imaginar siempre lo peor. En un libro con tanta fisicidad, con los cuerpos tan presentes, el lector crea los hilos que mueven a los personajes, algo muy difícil de conseguir en la narrativa.
Esto es lo mejor y lo peor de la obra, su carácter episódico que evita la resolución de los conflictos. Aquí fondo y forma comulgan a la perfección porque evitar conflictos parece ser el modus operandi del propio István. El personaje podría ser un reverso del mismísimo Hamlet. Si Shakespeare convirtió al príncipe danés en la representación de la duda y la parálisis, Szalay convierte a István en el epítome del sentimiento pasivo-agresivo, el más común de todos los estados emocionales contemporáneos.
El autor ha conseguido con la novela un ambicioso estudio de carácter y lo ha hecho con tanto detallismo que parece hasta representativo de los tiempos. A quien le gusten las novelas que deletrean todo y necesitan un constante causa y efecto para entender la trama no entrará en la magia de esta historia. A todos los demás los enamorará un personaje tan enamoradizo como ellos, con una existencia azarosa, irresponsable y, como se podrá ver al final de la novela, hasta ejemplar. ∎