Álbum

Agnes Obel

The Meaning Of Flowers › Deutsche Grammophon-Universal, 2026

La compositora (también pianista y vocalista) danesa Agnes Obel ha sabido crear y configurar un universo de misterio, elegancia y exquisitez acercando la música clásica al pop y a la electrónica. Y lo ha logrado sembrando grano a grano, álbum a álbum, una carrera sorprendente que nos ha dejado grandes hitos musicales.

Con sus dos primeros álbumes, “Philharmonics” (2010) y “Aventine” (2013), sentó sus bases musicales con maestría. Obel indagó en melodías que apelan a la originalidad a través de una intersección singular entre la música popular y la clásica, extrayendo el valor universal de la música.

En su música caben influencias varias, desde Béla Bartok a Fréderic Chopin, del impresionismo de Claude Débussy y Maurice Ravel al minimalismo de Erik Satie. Pero también se impregna de artistas contemporáneos del siglo XX como Björk, PJ Harvey, Nina Simone o el pianista sueco Jan Johansson.

En su inventario también reside una importancia notable de la fotografía: véase la portada de este álbum, obra de Denise Gonzalez, junto al diseño de mwillis.global.

Con “The Meaning Of Flowers” indaga en paisajes musicales quizá más etéreos, conceptuales, entre una búsqueda introspectiva y una sentida conexión con el entorno, con los elementos. Y consigue superarse de manera notable.

Obel supera lo cosechado en “Myopia” (2020). La canción homónima que abre este álbum ya nos introduce en un velo de teclados y atmósferas, cono las melodías de arpas finales, que nos cubren de calma, paz y hallazgo personal. Quizá porque indaga y explora más en sus formas, texturas, estilos. Hay algo de renacer en “Never Been” y de mirada curativa en “Gemini”. En “Blood So Red” la música cabalga, melodía y armonía dan esa sensación, y en un momento dado inquieta una voz casi mágica, poseída. “No Such Thing As Silence” es delicadeza y mirada profunda para calmarse ante tanto ruido. “Deem Me Now” se apoya en la voz, con toda su entereza, sostenida apenas por un drone. Hechizos entre cuerdas, teclados y voces transcurren en “Jenn’s On The Way”, otra muestra de delicadeza e intriga. La majestuosidad se exhibe en el minimalismo de “Beyond The Sun”, donde piano, voz y ecos parece que desnudan el universo. “Tangerine”, entre vientos, parece que indaga en el acto de descubrir, de introducirse en lo desconocido. “Don’t Look Down” sería una canción de fábula o cuento con mensaje, pero es Agnes Obel en estado puro, entre susurros, cantos, pianos: quizá pretende mecernos en un dulce sueño. “Faustian Deal” cierra con cierta épica, con un punto entre renacentista, barroco y a la par contemporáneo, un álbum que sobrecoge y que nos devuelve la mirada al alma, pero también al nosotros, al cuidarnos y cuidar los elementos que nos rodean. Y nos deja una sensación reparadora, sanadora.

Sin quedarse en comparaciones malditas, y reduccionistas, este trabajo me recuerda el hito que lograron Enigma en los noventa, popularizar la música sacra, y Enya con “Watermark” (1988), que fue crear una música para una nueva era desde los sonidos clásicos y acercarla a todos los públicos.

Con este nuevo álbum la danesa consolida una propuesta que abraza la clásica pero la emparenta con la música popular con jirones de folk, pop y electrónica. Y todo esto, aunque no sea una novedad –hay muchos músicos que ya lo han hecho antes–, no deja de ser un hallazgo y un logro. Es el poder de la música cuando traspasa géneros y abraza al oyente. ∎

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