Álbum

Beck

Ride Lonesome › Iliad-Capitol, 2026

Beck ha hecho de casi todo y, para bien o para mal, siempre lo ha firmado como Beck. Posiblemente sea una de las decisiones más valientes de una trayectoria de más de tres décadas en la que ha cambiado de registro sin esconder cada nueva personalidad detrás de otro proyecto. El fabuloso revoltijo de hip hop, samples, country y guitarras de “Odelay” (1996) poco tenía que ver con el recogimiento de “Mutations” (1998); después llegó el despendole funk de “Midnite Vultures” (1999) y, apenas tres años más tarde, aquel mazazo sentimental de “Sea Change” (2002). “Morning Phase” (2014), “Colors” (2017) o la electrónica de “Hyperspace” (2019) fueron añadiendo más Becks a una colección bastante más amplia de lo que cabe resumir aquí. En sus primeros años se llegó incluso a barajar que aquella vertiente más folk y la que terminó cristalizando en “Loser” tuvieran nombres distintos.

Siete años después de “Hyperspace”, “Ride Lonesome” supone su regreso con un álbum de material completamente nuevo y recupera al Beck más íntimo y melancólico. “Sea Change” aparece inevitablemente por el retrovisor, aunque él mismo lo emparenta más con “Morning Phase”, y tampoco ayuda a despistar la vieja cuadrilla que ha reunido: Joey Waronker a la batería, Justin Meldal-Johnsen al bajo, Smokey Hormel y Jason Falkner en las guitarras, Roger Joseph Manning Jr. a los teclados y David Campbell encargándose de los arreglos orquestales. Beck produce y Nigel Godrich mezcla. Buena parte del material se grabó con los músicos tocando juntos, cinco personas metidas en una habitación, una reivindicación bastante literal del factor humano. Y se nota. El acabado es extraordinario: guitarras acústicas muy delante, cuerdas, piano, voces dobladas y una reverberación generosa que lo envuelve casi todo. Beck canta sin demasiados aspavientos sobre rupturas, el cierre de distintas etapas de su vida y la pérdida de un buen amigo. Un disco de desamor, sí, pero entendido en un sentido bastante amplio.

Y aquí empieza a asomar el pequeño problema, que después de más de 47 minutos ya no resulta tan pequeño. “Ride Lonesome” puede llegar a ser algo narcótico. Musicalmente es una virguería preciosista y está elaborado con una minuciosidad difícil de discutir, pero se mueve dentro de una franja dinámica tan estrecha que tanta placidez acaba apelmazándose. Sigue siendo inequívocamente Beck, aunque, por puro parentesco sonoro y sin establecer árbol genealógico alguno, por momentos recuerda al primer John Grant y Phil Selway, a Jackson Browne o Father John Misty, y ciertos arreglos pueden llevar hasta The Byrds, Procol Harum, Brian Wilson o incluso Air. El desgaste llega precisamente por acumulación de quietud y quizá también por una exigencia algo tramposa por nuestra parte: seguir esperando, aunque sea de reojo, que en algún momento aparezca otro “Odelay”.

No hace falta pasar revista a las doce canciones para verlo. La titular ya deja sobre la mesa buena parte de lo que viene, mientras que “Run Away” mete justo después algo más de tracción y basta con que la sección rítmica se haga notar un poco para que el disco cobre otra vida. Cabe recordar también “In The Night”, uno de los adelantos que os contamos aquí, tanto por ese contraste entre una guitarra acústica casi desnuda y una orquestación mucho más amplia como por el pequeño lujo de ver a Denis Lavant protagonizando su vídeo. “Failed Words”, que cuajó prácticamente en una toma, descansa sobre un motivo de piano obstinado y unas armonías magníficas; “Bleed” se lleva uno de los momentos más hermosos con apenas tres minutos y pico. “Tonight I’m Bleeding”, canta Beck atrapado entre alguien que lo hiere y la imposibilidad de vivir sin ella. “Disappearing Act” deja más sitio al twang de las guitarras, y “Slow Canyon” abre una pequeña veta psicodélica que le sienta de maravilla al tramo central.

“Falling Through My Hands” vuelve a alterar felizmente el régimen con armonías más marcadas, vientos y armónica. Y menos mal, porque después llegan “If You Don’t Know What Love Is” y “Beyond The Light”, que juntas se van por encima de los once minutos y a esas alturas del disco tanto medio tiempo seguido ya se hace bola. Ahí la digestión se vuelve algo más pesada y se entiende mejor lo que le ocurre a “Ride Lonesome”: esa coherencia que durante buena parte del recorrido juega a su favor va acercándose poco a poco a la uniformidad. No hay una canción desastrosa a la que echarle la culpa, ni siquiera un bajón fácil de señalar. Eso casi sería más sencillo, pero puestas en fila, el combo resulta demasiado pesado.

Pedirle otro “Odelay” a estas alturas sería bastante absurdo. Precisamente una de las grandes virtudes de Beck ha sido permitirse todos esos Becks que lleva dentro y no pedir permiso cada vez que decide sacar a uno distinto. Este también tiene canciones estupendas, un grupo extraordinario detrás y una factura musical prácticamente intachable. “Ride Lonesome” es hermoso, minucioso y por momentos demasiado ensimismado en su propia serenidad. La próxima vez quizá baste con que Waronker pierda los buenos modales durante tres minutos. A veces hasta la melancolía agradece un pequeño portazo. ∎

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