Sucedió con unas cuantas bandas de la primera década de los dos mil como Franz Ferdinand, Arctic Monkeys, Bloc Party, Arcade Fire, The Strokes… Sus primeros álbumes fueron un fogonazo de creatividad, una obra total, y el mejor trabajo discográfico posible. Venían con tantas ganas que con su primera obra obtuvieron obras maestras, o casi. Algunos también publicaron otras joyas a lo largo de su carrera, pero otros no superaron ese grandiosidad, su primer hito, su gran golpe maestro.
Esto es algo que me ocurre con Bloc Party. Me impresionó sobre manera la fuerza, el arrebato, que contenía “Silent Alarm” (2005). Fue álbum del año para la revista ‘NME’ y top 3 de ventas en UK. Un álbum completo a través de auténticos pelotazos como “Banquet”, “Like Eating Glass”, “Helicopter”, “She’s Hearing Voices”; medios tiempos como “This Modern Love” y “Blue Light” o baladas como “So Here We Are” y “Compliments”.
Pero después de aquella cumbre no consiguieron dar continuidad a esa fórmula original para lograr una propuesta que cayó en derivaciones autoindulgentes, iteraciones, en déjà vu o perogrullos. Fueron configurando su sonido propio añadiendo capas electrónicas y otros matices pero sin indagar en la autenticidad de su forma primera. Sin modelar un estilo que fuera más allá. Quizá no fueran capaces de igualar grandes trazos conseguidos en forma de singles concretos como “Signs”, “Octopus”, “Flux” o “Hunting For Witches”.
Con este séptimo álbum de estudio, que se presenta como anatomía de un breve romance, no enmiendan su tendencia. La voz de Kele Okereke sigue teniendo pegada, en su manera de elevar el tono o con sus recitados sello original de la casa. Pero el resultado es desigual. “Coming On Strong” aparece como indie rock pegajoso en sus líneas de bajo, y el envoltorio luce (guitarras y desarrollos molones y un estribillo fulminante) pero se pierde en momentos AOR. Las bases de “Love Bombs” también pretenden ser muy siglo XXI con la intención de elaborar punzadas sorprendentes, pero se quedan en algo más bien plano. “Pigwig” mantiene el pulso, guitarras que crecen y acompañan. No está mal, pero poco más. “Lagoon Blue” es una balada marca de la casa con crujido emocional incluido (llámenlo épica), y “Rotherhithe” lo borda más. “Muscleworks” quiere ser un cruce entre M83 y Cut Copy y se queda más cerca de algo efectista y rock. “Clark Kent” sigue el mismo camino.
Russell Lissack sigue aportando y perfilando estas canciones. Pero la sensación es de circular por una autopista de indie rock clásico a velocidad de crucero, con alguna renovación sónica pero sin mayores novedades. Con estas canciones Bloc Party no pasarán a la historia, solo se mantienen dignamente. “Worst Birthday Ever”, “Not Your Problem” o “Now We Can’t Be Friends” transcurren bien, pero no aportan significativamente nada. En resumen: catorce canciones correctas a las que les falta algo para destacar y enganchar más allá de la previsible. La sombra de Bloc Party permanece, pero nunca fue superada. Quizá no quisieron (o no pudieron). ∎