Álbum

Blondshell

Violins › Partisan-[PIAS] Ibero América, 2026

Puede que a Sabrina Teitelbaum le haya llevado un tiempo convertirse en la artista que quería ser, pero la espera ha valido la pena (y, en realidad, nunca ha sido aburrida). Poco queda ya de aquel anterior alias, Baum, con el que hace una década subía a SoundCloud algunos primeros intentos entre neosoul y electro-pop. También de aquella (ya) Blondshell concentrada en resucitar el rock alternativo de los noventa, sobre todo el más rabiosamente femenino, pero con problemas para encontrar su “Exile In Guyville” (de Liz Phair; 1993) o su “Hips And Makers” (de Kristin Hersh; 1994).

Tanto en “Blondshell” (2023) como en “If You Asked For A Picture” (2025) había buenas canciones; en el segundo, incluso alguna buenísima de verdad: esa ensoñadora a la par que refulgente “T&A”. Pero es con este “Violins”, publicado con menos de año y medio de diferencia respecto al anterior, con el que nos entrega por fin una colección de temas perfectamente sólida, intensa de principio a fin. Ella buscaba un disco “heavy”, con canciones “que golpearan fuerte”. Misión más que lograda.

Escúchese, sin ir más lejos, el tema inicial y titular, con un estribillo a la vez delicado y cortante que hace pensar en Liz Fraser de Cocteau Twins como líder de una banda grunge-pop. Sabrina sublima aquí y en muchos otros momentos su querida táctica, heredera de clásicos como Pixies, Hüsker Dü o Nirvana, del bajo-alto-bajo. Ya desde este corte inaugural se aprecia un hilo temático conductor, la idea de curación, a ser posible desde dentro y no a través de la inferencia externa.

Le sigue el no menos contundente “Heart Has To Work So Hard”, himno potencial sobre los altos y bajos de la amistad femenina, sobre (el error de) dejar que ciertas dinámicas incómodas se alarguen demasiado tiempo. Todo un contraste respecto a su actitud en el pasado: recordemos cómo en su tema revelación, “Olympus”, Teitelbaum le decía a un amor tóxico que, a pesar de todo, mataría por pasar una noche otra vez en su casa. Poco después, en “Lucky”, se protege también de malas influencias, en este caso la imaginería violenta que inunda noticiarios y redes sociales, a veces con fines informativos y en la mayoría de casos por capitalizar el morbo.

Blondshell busca lo positivo sin caer en eslóganes de autoayuda. “Stone Fruit”, construida sobre riffs tan simples como adictivos, es una llamada a la empatía y a escuchar al otro hasta que se canse de hablar. “Eso es el amor, cariño / Eso es el amor, creo que lo sé”. El disco incluye un lamento sobre el síndrome premenstrual (“New Age Trojan Horse”), pero también detalles de autoafirmación, como ese “creo que me gustan mis piernas” que cierra el estribillo de “Two Fried”, compuesta a medias con la reivindicable Samia.

Hay pocos momentos, digamos, tranquilos, y los que hay no se hacen largos, más bien al contrario. “Sea Legs” encandila con su estribillo en plan “My Favorite Things”; ella adora “cuando empieza a llover” o “Leonard Cohen escribiendo sobre la llama”. Especie de recordatorio de que uno no elige de quién se enamora, “Knotted” es un (disfrutable) paso atrás antes de dar dos o incluso tres hacia delante. La final “Fur Elise” recupera la incandescencia de los mejores estribillos del álbum para invitarnos a “pintar una pared con todas las cosas que queremos que se digan bien altas”. ∎

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