Reedición

Carlos Berlanga

Impermeable › Elefant, 2026

“Impermeable” (2001) fue el último álbum en solitario que Carlos García Berlanga (1959-2002) consiguió publicar antes de fallecer el 5 de junio de 2002 a los 42 años, víctima de una enfermedad hepática nunca aclarada del todo por su familia. Precedido por “El ángel exterminador” (1990) –un disco naturalmente ambicioso tratándose de su primera intentona comercial tras dejar Alaska y Dinarama–, “Indicios” (1994) –su obra casi maestra indiscutible– y “Vía satélite alrededor del Carlos Berlanga” (1997) –un trabajo con buenas canciones pero fallido en el enfoque sonoro–, “Impermeable” retorna 25 años después de su costoso nacimiento como vinilo transparente con descarga y sin extras. La edición conserva el diseño acuático de Javier Aramburu y coincide exactamente con la publicada en 2001.

El disco fue producido por Ibon Errazquin, en aquel momento ex de Aventuras de Kirlian y Le Mans, futuro componente de Single y artista en solitario, entre otras cosas. El donostiarra ya había actuado de aquella misma guisa con dos temas de Berlanga para su CF-single “La cajera” (1988). Mediatizado por el divismo –aunque Ibon declaró que en su aventura berlanguiana predominó el orden– y la enfermedad ya patente, en estado de avance, de su empleador, el encargo de abordar esta vez un álbum completo no le vino grande en absoluto.

La base de “Impermeable” fueron las composiciones de Carlos Berlanga, a las que se añadieron dos versiones. Por un lado, el número de bossa nova de rigor, una constante en todos los discos en solitario del ex-Pegamoide, quien se decidió por recuperar “Wave”, cantándola enteramente en inglés. Es una pieza –y álbum– de 1967 escrita por Antonio Carlos Jobim, aunque en “Impermeable” sonara más a José Mauro. “A Cannes” se titulaba originalmente “À Vannes”, un tema de Michel Jonasz que Françoise Hardy incluyó en su álbum “Star” (1977). Berlanga conservó la ironía provinciana de la pieza, adaptándola a un contexto cinéfilo decadente, otra especialidad de la casa, además de añadir un arreglo de violín que recuerda al Leonard Cohen de principios de los ochenta. Avisados por lo que ya sabemos, se aprecian signos evidentes de agotamiento en el timbre de voz del cantante. Su electrónica sutil recuerda al Momus de los años noventa.

En lo que atañe a las composiciones originales, Berlanga se presentó en la oficina con ocho esbozos musicales –los acordes básicos– y letras acabadas –escritas junto con su amigo Nacho Canut, con quien había vuelto a trabajar desde “Vía satélite alrededor del Carlos Berlanga”–, canciones que fueron configurándose paulatinamente con la intensa participación de Errazquin –bases rítmicas, programación, guitarra, bajo y coartífice de los arreglos junto a Berlanga–, la aportación especial del señor Parade Antonio Galvañ –pianos y sintetizador– o Ian Catt, un nombre clásico del indie vinculado a Saint Etienne y The Field Mice, ocupándose de la parte técnica –Errazquin lo ayudó desplazándose a Londres para mezclar el disco–, sin olvidarnos del trabajo previo efectuado en la primera parte del verano de dos mil por el técnico de sonido Carlos Torero desde los estudios madrileños Rock Soul, ya desaparecidos. Alaska, de nuevo en el redil de su gran amigo a la misma sazón que Canut, lo ayudó en los coros al igual que Mikel Aguirre, de La Buena Vida.

Un tono crepuscular, en absoluto pesimista sino más bien basado en el principio de continuidad y otras recurrencias como el sentido del humor viperino entreverado de melancolía, recorre todo el disco. O sea, casi como siempre. La introspección predomina en temas como “Lady Dilema”, plausiblemente un autorretrato, con melodías irresistibles todos ellos. “Vacaciones” es un himno gay hi-NRG donde cuerdas y vientos vuelven a aderezar estribillos legendarios del tipo: “Amor de látex, caucho y goma, vacaciones en Sodoma, ¿qué prefieres, mantequilla o tulipán?”. Ese mismo erotismo declinante y guasón encuentra precedentes ilustres en Serge Gainsbourg o en cortes como “Deja la lujuria un mes” del propio Berlanga. En cuanto a los arreglos, espaciosos, elegantes y diversos en conjunto, diseñados igualmente para que las letras de Berlanga pudiesen distinguirse, destacan en cortes como “Cul de sac”, un tema compuesto en los años ochenta que el autor desempolvaba del olvido. Su trémolo a lo John Cale/Velvet Underground se va transformando en algo muy parecido al “Neon Lights” de Kraftwerk para envolver de hipnosis el existencialismo banal y sublime de Berlanga: “Sin remedio, todos vamos a sufrir / Intermedio, todos vamos a reír / Un canapé, un consomé, la eternidad del suflé”. No se puede decir mejor.

Y así transcurre un álbum breve e impecable, profundo y superficial, sin estridencias ni sobrantes, entre el satén mate y el escay brillante, ni electrónico ni acústico, ni clásico ni ultramoderno sino todo lo contrario, con canciones de agridulce paradoja, positividad y desencanto. Un año y medio después de aparecer “Impermeable”, Carlos Berlanga se impermeabilizaba para siempre de los placeres terrenales. “2002”, un tema suyo publicado en 1997, decía: “Era joven cuando quiso Dios enviarme al mundo del dolor / Esa historia es cierta, mi leyenda me precede, si me ven de cerca, adiós, adiós”. ∎

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