Como dicen en la crítica de “Pugnello” publicada en ‘Mojo’, “este ruido que te taladra los oídos no es para todo el mundo. Pero si sientes ese gusanillo que ‘Pugnello’ sabe calmar, te rascarás hasta sangrar”. Y le ponen un 6/10. Lo entendemos: con las portadas copadas por artistas de los años sesenta y setenta, lo raro hubiera sido que le dieran una calificación más alta… Pero lo que dicen va muy bien encaminado.
Ya sabéis: Gilla Band se formó en Dublín 2011 con el nombre de Girl Band, pero diez años después, como explicaba David Saavedra en estas mismas páginas, “decidieron cambiar el nombre a Gilla Band para no contribuir a la propagación de una cultura no inclusiva”. Al contrario que otros grupos de la nueva ola de bandas irlandesas de rock (Just Mustard, Pillow Queens, Silverbacks, Fontaines D.C. o The Murder Capital), el cuarteto dublinés es más ruidista que rockista y en “Pugnello”, su cuarto álbum –dos como Girl Band y dos como Gilla Band–, como advierten los de ‘Mojo’, no te ponen nada fácil gustarte…
“Pugnello” se toma al pie de la letra lo de noise rock y deja el post-punk –que también han facturado en discos anteriores– en un segundo plano y llena los huecos con fuertes influencias electrónicas y de techno difíciles de clasificar. Su sonido, que siempre ha destacado por su fuerza y empuje, es ahora notablemente más sombrío de lo habitual, lo que encaja bien con las letras sobre la pérdida, el duelo, la infancia y las relaciones familiares difíciles. Estos temas son extremadamente personales: el cantante Dara Kiely aborda sus propias experiencias –le han diagnosticado esquizofrenia–y, en el tema final “At The Gallop”, se pone en la piel de su padre, recientemente fallecido.
“Pugnello” no es un título elegido al azar, sino que procede de “Haunted Tongue”, una novela de terror –creo que inédita– de un tío de Kiely, en la que aparece un misterioso ordenador portátil en el que hay descargada una tipografía embrujada –pugnello– que empuja a quien la utiliza a cometer actos violentos. Este término serviría como emblema de los lenguajes secretos que se forman en los núcleos familiares, hecho de bromas privadas, recuerdos infantiles y traumas compartidos entre hermanos. Hasta aquí el trasfondo; la música se puede disfrutar perfectamente sin él. Con “The Angelus”, una especie de sueño febril polirrítmico, se abate sobre los oyentes: sin previo aviso, Gilla Band dan comienzo al disco con un colapso tonal. El bajo, la guitarra y la batería se alían para crear un ruido infernal que se asemeja a la explosión de una bomba.
En el siguiente tema, “Placeholder”, el sonido se va abriendo paso con tenacidad, flanqueado de forma austera por la batería y escuchando la voz de Kiely, que no logramos discernir si está a punto de explotar de rabia o de derrumbarse entre lágrimas. Y es que la intensidad es un aspecto fundamental para Gilla Band. Todo parece diseñado en torno al ritmo, que el grupo desmenuza, fragmenta y potencia a su antojo. Por eso el disco te atrapa como una telaraña: todos los compases están tan entrelazados que es imposible desconectarse, aunque algunas escenas parezcan repetirse eternamente. En “Jacobsons”, por ejemplo, hay un ritmo machacón y tan constante –que incide en la repetición del estribillo– que se mete en el cerebro y lo taladra como en aquel lejano “Motorslug”, el incisivo tema de Wiseblood, la banda formada por Roli Mosimann y JG Thirlwell, publicado en 1985.
El ruido que Gilla Band genera es, en realidad, catártico e hipnótico. Entre seductoras líneas de bajo que entran por la derecha y por la izquierda, tratando de atraparte como las sirenas de “La Odisea”, destaca la voz de Kiely, cuya forma de cantar se podría definir más como un desahogo que como “canto”. Pero escucharle vociferar a lo largo de “Pugnello” se llega a convertir en un auténtico placer, y eso que lo que hace es mostrar a las claras sus heridas, escupiéndonos a la cara lo más profundo de su ser. El único momento de cierto respiro –ruido contenido, más bien– se produce en “Computer Sadness”, el tema que se escucha junto antes de “Giraffe”, el primer single de este álbum, que no sé por qué se decidió publicar para anunciar el disco, porque, en comparación, con lo que se ha terminado demostrando que es “Pugnello”, aquella canción suena ahora casi aburrida:, aunque termine con cierta estructura de club.
Lo cierto es que, con su creatividad radical, Gilla Band ha logrado con “Pugnello” que este disco –como un trauma– no se olvide nunca. No tiene nada que ver con un éxito comercial, pero, con sus (numerosos) momentos sombríos y sus guiños irónicos, resulta ciertamente impresionante. ∎