My Morning Jacket estaban en su pico de popularidad cuando en 2013 los llamaron para participar en Americanarama Festival Of Music, una gira conjunta por EEUU liderada por Bob Dylan & His Band y formada también por Wilco, Richard Thompson y Ryan Bingham. Llevaban años sin bajarse de los escenarios, haciéndose de hecho valer como banda gracias a sus poderosos directos –algunos tan legendarios como el del Bonnaroo en 2008: cuatro horas bajo un incesante diluvio–, pero aquella experiencia les dejó un sabor agridulce porque por lo visto les habían vendido que el propio Dylan los había escogido para formar parte cuando realmente el viejo Bob no tenía ni idea de quiénes eran, y lo peor de todo es que seguramente tampoco tenía ningún interés. El bueno de Bob…
En ese momento decidieron darse un descanso, y Jim James aprovechó para poner toda la carne en el asador de su carrera en solitario, deshojando en “Regions Of Light And Sound Of God” (2013) algunos pétalos más de la margarita musical de la banda (un matrimonio de la americana y la psicodelia) y dejándose llevar completamente por su pasión por el góspel y el soul, por la espiritualidad y por la teatralidad, aterrizando en algún lugar entre Wayne Coyne, Destroyer y Father John Misty. Desde entonces My Morning Jacket y Jim James han ido estrechado aún más sus caminos paralelos: proyectos como este debut o el supergrupo con Elvis Costello, Marcus Mumford, Taylor Goldsmith y Rhiannon Giddens (The New Basement Tapes) se filtraron en la composición aislacionista, meditativa y onírica de “The Waterfall” (2015), y el hastío de otra gira maratoniana con MMJ fue el estímulo de “Eternally Even” (2016). Y mientras James seguía apostando por una prolífica carrera en solitario, My Morning Jacket no cumplían por primera vez el habitual ciclo de discos que tenían pactado con ATO y tenían que inventarse, en 2017, una gira veraniega para seguir reteniendo la atención.
Recuerdo que, de hecho, llegó a rumorearse con fuerza que el manojo de conciertos que dieron en 2019 tras más de un año de parón iban a ser los últimos de la banda, y que la prometida segunda parte de “The Waterfall” nunca vería la luz, cerrándose el círculo con la edición especial de su debut, “The Tennessee Fire”, en su veinte aniversario. Pero llegó la pandemia y de algún modo todo se reactivó: My Morning Jacket lanzaron “The Waterfall 2” en 2020, en 2021 lo siguieron con un disco homónimo que quería funcionar como una especie de reboot de la banda, en 2023 regresaron a Europa para actuar (en España lo hicieron en el Primavera Sound) tras ocho años de ausencia en el continente... Básicamente no han parado. Y esto ha mantenido a James alejado de su producción en solitario hasta ahora, cuando entrega de la nada “Wowed Out” siete años después de aquella incursión orquestal que fue “The Order Of Nature”. Por ponerlo en perspectiva: siete son los años, de 2012 a 2019, en los que el líder de My Morning Jacket había entregado prácticamente el 100% de su catálogo.
Digo que “Wowed Out” sale “de la nada” porque realmente todas las canciones forman parte de un archivo de principios de los 2010 con bocetos originalmente pensados para el cine y trabajados junto a Brian Reitzell de Redd Kross –colaborador habitual de Air que había llegado, a través de ellos, a convertirse en uno de los aliados sonoros de Sofia Coppola–, en una época en la que la música “indie” y la gran pantalla “sundancer” demostraban sobrada viabilidad comercial. Y en general se mantiene ese espíritu cinemático, como si esto fueran canciones completamente atemporales, versiones de versiones que llevan enterradas demasiado tiempo y que salen por fin a la luz para poner banda sonora a emociones universales; en cierto sentido progresivas y épicas, pero a la vez concretas y reflexivas. Es la gran diferencia de este disco con el momento actual de My Morning Jacket: no hay necesidad de explotar ni de cumplir unos mínimos festivaleros; no hay necesidad de ser más-grandes-que-la-vida ni nadie a quien rendirle cuentas más allá de sí mismo.
James medita aquí sobre el devenir de la vida y del amor, de la rendición absoluta de “Baby Dear” o “We Love Our Life” al divorcio de “Whole Heart (Into It)”. Y “se maravilla” a lo Lola Flores con el simple ver la vida pasar, con la belleza de la naturaleza, con la pureza del amor e incluso por momentos –“Home (Green)” se desmarca del discurso general con una reflexión para la Humanidad:“Can it work? This Humanity? Will something else come and take our place? Only in time will it be known. Will we cultivate? Or destroy our only home?”– con la melancolía. Hay algo naíf en todas las letras, y ese mismo espíritu se traslada a un disco con trazas de neón y nocturnidad, con atmósferas trasnochadas de canción-salón y de yate a la deriva. No se puede decir que revele nada nuevo de la personalidad musical de su autor, pues su mezcla de rock psicodélico (“Come Again”), cósmica americana (“We Love Our Life”), espiritualidad (“Home (Green)”), art pop (“Wowed Out”), soul progresivo (“Lost Child”), pastorales hippies (“Baby Dear”), momentos funk (“Rewind It”) y detalles electrónicos es marca indeleble de la casa. Pero sí sirve para presentarla de una forma concisa y minimalista que no habíamos visto hasta ahora: aunque falte hippie y sobre yatch, Jim James sigue demostrando, sobre a todo nivel melódico y armónico, que forma parte del gran libro de la canción norteamericana. ∎