La última vez que vi a Kelela en directo fue en el Primavera Sound de Madrid en 2023. Estaba con mi madre y mi hermana, entre otras personas, pero las menciono a ellas porque básicamente no tenían ni idea de quién era Kelela, y acabaron completamente hipnotizadas. Recuerdo aquel concierto, presentando la obra maestra que es “Raven” (2023), casi transformador, pero sobre todo lo recuerdo diametralmente diferente a lo visto anoche en la sala Lab/Wagon de Madrid. En el primero, Kelela, rapada al cero y vestida de túnica larga, siempre futurista pero aquella vez sobria y casi imperial, presidía en solitario el escenario fundiendo su sombra con psicodélicos visuales, poniendo su voz siempre en el centro, muchas veces incluso por delante de su presencia. Ayer, sin embargo, Kelela ni estaba rapada –más bien, de hecho, el nuevo mood de esta gira es melena al viento– ni estaba sola: la acompañaba una banda de tres músicos –guitarra, batería y bajo; classic rock– y no había visuales para acompañar ni nada que hiciera parecer la presencia de la artista de Washington etérea o inalcanzable. Ayer Kelela estaba presente, presente como nunca antes quizá –al menos por estos lares y por lo que este humilde cronista recuerda–, agarrada a una tierra hedonista y desiderativa, cercana y humana. Pero igualmente magistral.
La noche había empezado bien. La sala Lab es la vieja Macumba, un templo electrónico de la capital en los noventa y dos mil. La última vez que estuve juraría que era una fiesta de Space con Luciano y Adam Beyer, y yo debía tener unos 20 años. Todo sigue sorprendentemente igual: la triple altura de la pista, la bola de discoteca… el sonido imponente. Liim se aprovecha de ello desde el minuto uno. Tiene 22 años y seguramente sea la primera vez que pisa España, como tantos otros lugares, como telonero de Kelela. Nos pregunta que si jodemos con su mierda neoyorquina y la respuesta es sorprendentemente positiva; nos cuenta historias de una infancia en Harlem jugando al fútbol –allí soccer– sobre soul digital y hip hop alternativo de ese que no sabes muy bien si está en una costa o en otra, como un hijo perdido de Earl Sweatshirt; entre MIKE y Tyler, The Creator. Y se hace breve su divertido debut en nuestro país. El reloj aprieta y hay que preparar los instrumentos para la banda de Kelela. Está claro que es una noche especial, y casi no hay curiosos porque la mayoría tienen citas a priori más importantes como Fontaines D.C. o Band Of Horses, que se solapan también en la abarrotada velada madrileña.
El fervor se desata instantáneamente mientras se empiezan a desenredar los glitches de “Fooley” en su versión “LEECH Ambient Queen Remix”, y los bajos atronan y hacen vibrar el pecho. Kelela aparece entre el humo como una estrella ciberpunk: gafas rectas de sol, all cuero, all black. Al principio su voz es una distorsión radiofónica, luego un maleficio de deconstructed club –“I wanna go in!”– y al final es la seda que te envuelve para acomodarte y darte la bienvenida al viaje. Pocos artistas empezarían un concierto en la que podríamos considerar la primera gira “orgánica” de su carrera adaptando uno de sus remixes más abstractos y oscuros, pero no hay muchos artistas como Kelela. No hay respiro porque todos los temas están pensados, en directo, para montarse los unos con los otros; la banda cambia de ritmo a placer mientras los sintetizadores ya están avanzando otra base, y es la voz la que siempre ejerce de puente. Es interesantísimo cómo la guitarra se va haciendo hiperpresente pero muy poco a poco, según se van desenvolviendo los rasgueos alucinados de “goin down”; y cómo de repente está estallando ese crescendo contenido de “idea 1” y la voz de Kelela se confunde con sus resonancias metálicas embadurnada en un potente efecto flanger. De verdad que por momentos el Macumba parece un garito de culto de Night City, y me siento rodeado de hackers, transhumanos, ecoterroristas y corpos desertores; está sonando “Happy Ending” y queda claro que Kelela no se ha olvidado del jungle, tanto como que su idea es desplegar esta gira según la dualidad de un garaje: el warehouse ravero y el sudoroso local de ensayo con los amplificadores soplándote la nuca.
“Estoy muy orgullosa de mi público y me siento muy conectada con vosotros. Sé que estáis dispuestos a ir allá donde yo vaya, da igual el género, y me permitís explorar con cada disco una nueva faceta de mí misma a través de la música. Dentro de mí también había un lado guitarrero. Y sé que en vosotros también lo hay”. Así se dirigía una emocionada Kelela al público madrileño justo después de devolvernos al pasado con “Rewind”, una de las cimas emocionales del concierto. El resto de la noche iba a desenvolverse en esos términos en constante metamorfosis, entre los temas distorsionados y en general nebulosos y lobotomizados de “new avatar” (2026) y otra nebulosa más formada a partir de retazos de todos sus discos, clásicos intactos y estimulantes nuevas versiones. Los pulsos mórbidos de “crystalize”, por ejemplo, revelan una cara nunca antes vista de “A Message”, en la que no es que se cambie la intensidad electrónica por la de la guitarra eléctrica, es que las dos colisionan en una cacofonía de ruido shoegazer mientras la voz de Kelela flota angelical. Y la nueva versión de “All The Way Down” –qué cosa era “Hallucinogen” (2015), ¿eh?– es todo lo contrario: un remake cristalino que eleva el tema a alturas inexplicables, y que bien merece que no te pierdas, si puedes, esta gira o cualquier disco en directo que quieran sacar después.
Las revoluciones suben, finalmente y de forma muy climática, como una botella de cava al descorcharse, en el cuarto acto del concierto. Kelela se arranca la chupa revelando un top metálico con linterna incorporada, y por si no había quedado claro que esto era un garito ciberpunk monta “The High” a tope de humo en el “Teardrop” de Massive Attack, y todo tiene ese sentido quirúrgico y clínico que cualquiera como yo nacido en los noventa tiene asociado a ese tema que conoció, probablemente, por la banda sonora de “House”. Aunque vaya a estallar, aunque vaya a haber fiesta, todo viene siempre de una profunda intensidad, y esta progresa siempre por la distorsión de la guitarra y las modulaciones de un bajo por momentos apocalíptico. Y así, la ominosa solemnidad de “Sorbet” se convierte con éxito en un jaleo de drum’n’bass del mismo modo que un flirteo de philly club con pulsión hardcore se recoge hasta revelar la forma original de “linknb”, mucho más onírica y progresiva. Que le salgan movimientos tan arriesgados como estos, que consiga incorporarlos a la perfección en esta nueva narrativa instrumental y que contribuyan siempre a algo que no deja de moverse hacia delante, pese a estar muchas veces como detenido en el tiempo, es impresionante. Pero sobre todo es emocionante, como lo es que elija presentar algunos de sus temas más conocidos en formas mutantes.
Kelela se despidió ante una ovación a la altura de una artista como ella, demostrando una vez más la devoción y la enorme conexión de los fans. Cuando volvió para hacer “Contact” entre guiños a Aaliyah, el embrujo había sido tal que aquello parecía no un bis, sino más bien un espejismo, una proyección fantasmagórica, una alucinación por parálisis del sueño. Cada cual, como podía, trataba de aterrizar de vuelta en la realidad con el planeo más suave posible. Como lo haría la voz de Kelela. ∎