Amor y canciones. Foto: Alfredo Arias
Amor y canciones. Foto: Alfredo Arias

Entrevista

Morreo: “El distanciamiento de una amistad no se trata en la cultura tanto como el desamor de pareja”

El dúo formado por Joseca y Germán –los hombres detrás de Morreo– se ha afianzado como una propuesta de lo más singular en el panorama alternativo con su tercer álbum: “Plato combinado”. Lejos de la egomanía individualista, la agresividad comercial y la estética aburrida, estos andaluces afincados en Madrid firman un alegato en favor del color, la comunidad, la nostalgia retro y los dobles sentidos.

A ver, colegas, vosotros sabéis tan bien como yo que a quien le gusta la música, a quien le gusta de verdad, no como a esos mirmidones de los diales principales, lo que le va es desempolvar tesoros. Los melómanos de corazón nos dedicamos a ir con el detector de metales por toda la actualidad musical, ajustando la frecuencia para distinguir lo precioso de las latas de conserva. ¿Y qué pasa cuando una pepitilla dorada asoma? Que la atesoramos y, como buenos idólatras politeístas, la colocamos en un colmadísimo altar –formato panteón hindú– para darle nuestras bendiciones y rezos de vez en cuando.

Morreo, la banda formada por la encantadora pareja (en el sentido romántico y, esperemos, sexual del término) de Joseca Luna y Germán Marchena, es una gema que el aquí escribiente ha colocado en un estante bastante fardón de su presbiterio con su tercer disco: “Plato combinado” (Mushroom Pillow, 2026). Lo que se me ha olvidado mencionar antes es que cada uno de los ídolos bautizados encierra sus propios axiomas, sus dogmas particulares que pueden versar sobre abrirse el cráneo a golpetazos contra las paredes en un hype de anfetamina, achucharse con un cojín de terciopelo empañado en lágrimas o menear el cuerpo a la manera de Vanesa Ferlito en “Death Proof” (Quentin Tarantino, 2007).

Bien, el postulado del nuevo disco de Morreo es un pop irónico de brillantina y mala leche, sin caer por ello en la chabacanería obscena y cómica de puta España musical. Presentar tus respetos a ese ídolo del altar es caer absorbido por una secta del pop de melodías ochenteras donde la muerte son los huevos fritos, el humor las patatas y las amistades la panceta del menú. Oh, ¿y la sal y la pimienta? Un puntapié que busca patear a córner la hiperaceleración –de la que son desganados consumidores– y el normativismo estético: ya sabéis, la homologación es la mayor forma de fascismo en la sociedad de consumo, como decía Pasolini. Porque en la secta popera de Morreo se baila con trajes de gusiluz fluorescente y raya americana. Hortera, pero elegante.

En una madrileña terraza de la plaza de Comendadoras, cerca de donde habita la pareja, Morreo aparca con sus metafóricas túnicas a defender que juntos, en un cumbayá de amor y conciencia de muerte, podemos hacerle alguna que otra peineta a la mala sangre de la sociedad en la que vivimos.

“PIM PAM PUM”, uno de las temas de “Plato combinado”.

Bueno, primero de todo, un tercer disco en pareja. Eso de no cagar donde comes o no meterla donde tengas la olla, ¿cómo se digiere a la larga? Porque una cosa es un disco de pandemia, pero tres ya es una declaración de intenciones.

Joseca: Bueno, en realidad empezamos en 2018 sacando singles, así que súmale dos años más (risas). Pero lo llevamos bastante guay. La gente se sorprende porque estamos acostumbrados a que las parejas o los proyectos rompan constantemente por culpa del ego y del “esto es mío”. Sin embargo, como somos tan parecidos en referencias, gustos y en el día a día, somos prácticamente como una misma cabeza pensante.

De dónde nace esa pasión por lo que yo llamaría un estilo retrohortera que impregna tanto vuestro trabajo.

Joseca: Principalmente nos movemos por la estética; al fin y al cabo somos diseñadores y es lo prioritario en nuestro día a día. Creemos que antes las cosas se hacían con un gusto, una sensibilidad y una parte naíf que hoy en día se han perdido entre tanta herramienta digital. Antes existía ese perder el miedo al ridículo: desde Valerio Lazarov haciendo zum continuamente hasta un videoclip de Nino Bravo montado en un cochecito de bebé paseado por su madre.

Germán: Eso nos parece increíble. Hoy la gente vive atenazada por el qué dirán, tanto al vestir como al convivir. Nosotros disfrutamos de ese humor y de esa forma de vida, y no tenemos miedo de samplear cualquier gilipollez en una canción si nos hace gracia.

Mencionáis la pérdida del miedo al ridículo frente al exceso de control estético actual. La artista Seba Calfuqueo habla de la estética glossy, en oposición, pero también parece que todo lo que sale de la norma pasa a ser etiquetado negativamente.

Joseca: Es que cuando algo sale de la norma, sobre todo en el movimiento queer, enseguida se señala como “vaya circo” en lugar de apreciarse como un movimiento increíble. Hay una pérdida generalizada del color, tanto estético como sonoro; todo se está compactando. Vas a comprarte un coche y ahora todos parecen mecheros grises, negros o mate. Ya no ves un coche amarillo chillón en la calle. Mi abuelo tenía uno amarillo que estuve años buscando hasta que lo encontré en un desguace.

Germán: ¡Vivimos atrapados en la era de los salones beige y los sofás verdes! Horrible. De sofás verdes y salones aburridos.

“Creemos que antes las cosas se hacían con un gusto, una sensibilidad y una parte naíf que hoy en día se han perdido entre tanta herramienta digital. Antes existía ese perder el miedo al ridículo: desde Valerio Lazarov haciendo zum continuamente hasta un videoclip de Nino Bravo montado en un cochecito de bebé paseado por su madre”

Joseca Luna

Reivindicar el brillo y el color desde vuestra propuesta –empezando por el propio nombre del grupo– parece un acto casi revolucionario. Respecto al sonido de este nuevo álbum, aparte de las referencias habituales a La Casa Azul, ¿qué influencias os han marcado esta vez?

Germán: A diferencia de otros discos donde íbamos directo a los sesenta, setenta u ochenta, aquí quisimos hacer un homenaje a bandas de los noventa que a su vez versionaban o imitaban a los clásicos de los sesenta. Hemos vuelto a Los Ángeles o Los Canarios, pero también nos hemos fijado mucho en grupos actuales como Gente, en el último disco de Lewis OfMan o en Black Country, New Road. Este último nos impactó muchísimo por su sentido de lo colectivo. Ver a un grupo de músicos celebrándose a sí mismos y celebrando la amistad sin el ego de la figura solista nos ayudó enormemente a componer.

Es un antídoto contra el nihilismo narcisista del músico moderno. Hoy la industria vende al individuo como un producto rápido y masticado, alejando al público de la experiencia colectiva.

Joseca: Es que la industria ha capitalizado la música para consumirla en la más absoluta soledad. Pero la música, igual que el cine, es un arte colectivo por paradigma. No solo en los conciertos, ¿por qué no escuchar un disco entero en comunidad? Por eso nos encantan iniciativas como las listening parties. En este trabajo abrimos la puerta a nuestros bajistas y batería para componer juntos, e invitamos a amigas a cantar. Queríamos recuperar la juerga y el pasarlo bien sin la presión comercial ni la obsesión por ser virtuosos. No hay mayor virtud que ser uno mismo.

En vuestras entrevistas flota siempre la idea de crear una “secta del pop”. En la canción “Locos por el ritmo” decís que el pop nos salvará. ¿De qué manera nos salva?

Joseca: El disco habla mucho de la muerte en todas sus formas. Cuando la gente se siente perdida, tiende a aferrarse a sectas o ideas colectivas. Nos pareció divertido crear una secta propia basada en el pop de los noventa y los dos mil. Nos inspiró mucho una película de Iván Zulueta, “Un, dos, tres... al escondite inglés” (1970), sobre un colectivo que quería sabotear Eurovisión haciendo música no comercial desde una superioridad moral muy naíf. Un pop colorista de mil melodías que te da gustito.

Germán Marchena  y Joseca Luna. Foto: Alfredo Arias
Germán Marchena y Joseca Luna. Foto: Alfredo Arias

Mencionas la superioridad moral, que además la citáis en una canción. ¿Cómo la encajáis en vuestro universo?

Germán: Riéndonos de ella, la verdad. Salió de una coña, un amigo diciendo que la superioridad moral debería volver a la música independiente. Cuando eres de un sitio pequeño y descubres a una banda que no escucha nadie más, te sientes especial, como si hubieses descubierto un secreto.

Joseca: Y esa secta pop se refleja en canciones como “Vamos a morir”, que es casi un suicidio colectivo.

En “Vamos a morir” o “PIM PAM PUM” hay melodías que parecen sacadas de los Teletubbies o de Doraemon, pero con letras oscurísimas. Creáis una trampa: todo pintado en un tono rosa pastel, pero con un fondo negro y turbio. Hay mucho de la tradición folclórica o quinqui en esa contradicción de cantar a la tragedia tildándola de fiesta.

Joseca: De hecho “PIM PAM PUM” se llamaba originalmente “Rumba de la cárcel”. Nos fascina cómo el cine quinqui o la rumba contaban historias problemáticas sin caer en la literalidad aburrida de hoy. Curiosamente, con el verso “que me metan preso por robarte un beso”, la gente no para de decirnos que suena al caso Rubiales, aunque no tiene nada que ver; Rubiales nos parece un gilipollas integral. Nos gusta el doble sentido. Pasa igual en “Gracias por su visita”, que parece tratar sobre cerrar un bar pero habla de un fantasma que viene a verte.

Y luego está “El peligro”, que conecta directo, para mí, con el coqueteo de la autodestrucción. ¿Habéis sentido esa tentación de quemarlo todo para crear?

Joseca: La verdad es que no. Siempre hemos sido bastante tranquilos. Nos identificamos mucho con Hidrogenesse: hablan de cosas sesudas y catastróficas sin necesidad de autodestruirse. La autodestrucción se ha romantizado mucho en la música, pero cuando estás en la mierda de verdad no tiene ni puta gracia. Y si te vas a autodestruir, mejor hacerlo en compañía.

Germán: La autodestrucción siempre es negativa, pero cuando la vives en soledad es destructiva al cien por cien. Ahí es cuando falla todo el sistema.

“Aquí quisimos hacer un homenaje a bandas de los noventa que a su vez versionaban o imitaban a los clásicos de los sesenta. Hemos vuelto a Los Ángeles o Los Canarios, pero también nos hemos fijado mucho en grupos actuales como Gente, en el último disco de Lewis OfMan o en Black Country, New Road”

Germán Marchena

Hablando de comunidad y de la necesidad de apoyarse, en el disco hay un trasfondo muy claro sobre el duelo de la amistad y el deseo de convivir con tus amigos.

Germán: Cumples 30 años y ves cómo los amigos de toda la vida van desapareciendo porque se casan, tienen hijos o se mudan. El duelo por la pérdida o distanciamiento de una amistad no se trata en la cultura tanto como el desamor de pareja. Queríamos crear un espacio onírico donde esa unión no muera.

Joseca: Con 20 años decir “me mudaría a una casa con todos mis amigos” era un sueño utópico. Hoy en día, con los precios del alquiler, los jóvenes se plantean compartir piso como la única forma real de independizarse y sobrevivir. Es una paradoja jodida: una sociedad individualista que te aísla, pero que te obliga a colectivizar espacios por pura necesidad económica. En ciudades como Madrid es facilísimo caer en la soledad y la depresión mientras gestionas tu agenda en Google Calendar.

¿Y cómo vais a trasladar toda esta filosofía al directo?

Germán: Estamos volcados en ello. Tras parar la gira anterior, quisimos reflexionar. Hoy todo el mundo apuesta por macroespectáculos gigantescos. Nosotros queremos diseñar la gira que a nosotros nos gustaría disfrutar como público, sin artificios vacíos.

Joseca: Aquí lo más importante es que todos son bienvenidos a la secta. ∎

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