¿Hay que tomarse en serio “Hope” (2026; se estrena hoy) o conviene verla, degustarla u odiarla como un mero divertimento? ¿Se toma en serio a sí misma, como película de monstruos, o es una especie de parodia de las franquicias de este estilo producidas en Hollywood? Mucha gente lo tiene claro en uno u otro sentido. A mí me cuesta más posicionarme. Me parecen más relevantes y personales los tres largometrajes anteriores de su director, Na Hong-jin. Son tres thrillers reconvertidos en estudio de la violencia que tratan diversas tendencias temáticas en el género: detective transformado en proxeneta y enfrentado a un asesino en serie en “The Chaser” (2008); mafia, inmigración y supervivencia en “The Yellow Sea” (2010), y folk horror sobrenatural en “El extraño” (2016). Las tres tienen más puntos de unión entre sí que con “Hope”, aunque todas ostentan el habitual y desmesurado metraje, cada una un poco más larga que la otra: 123, 141, 156 y 160 minutos, respectivamente. Lo de las duraciones es siempre un problema, porque resulta fácil decir que una película es muy larga, pero ¿dónde cortas?, ¿eliminas secuencias enteras?, ¿aligeras otras? “Hope” es la más exagerada de todas en este sentido, pero resultaría difícil cortar aquí o allí porque el filme está construido en función de un vértigo narrativo que, eliminando uno o dos planos, puede descompensarse. Aun así, es una película agotadora.
Uno también puede tomársela por su lado más político, en consonancia con muchas películas de criaturas monstruosas y mutantes del cine estadounidense o la mejor de las cintas surcoreanas en este sentido, “The Host” (Bong Joon-ho, 2006). La acción acontece en una pequeña ciudad rural, literalmente devastada y con muy poca gente en sus estrechas y laberínticas calles desde el primer momento: antes de que empiece la acción y sepamos a lo que van a enfrentarse los protagonistas, ya es un paisaje después de la batalla. Se nos dice que está rodeada de un campo de minas. Un cartel en la carretera incentiva a la gente a que denuncie a los espías. En otros carteles puede leerse “protejamos a la nación de la infiltración”. Pero ese clima de alerta generalizada del país no tiene más incidencia en el relato, porque la infiltración y la amenaza llegan por otro lado. ¿O quizá sea una metáfora y los monstruos representen a los vecinos norcoreanos? Podría estar ambientada en los años ochenta del pasado siglo, aunque no se especifica.
En los primeros 60 minutos de película, realmente espasmódicos y adrenalínicos, con todas las virtudes y excesos del cine fantástico coreano, se suceden las situaciones extrañas que, si bien no nos crean inquietud a nosotros, los espectadores, se la crean a los personajes de la ficción. Por ejemplo, a pesar de que inicialmente aparecen toros y vacas descuartizados, en el lugar de las matanzas huele a pescado. Después vemos cadáveres humanos en el asfalto al lado de peces muertos. Hong-jin se toma su tiempo en visualizar a la criatura, bastante más que el empleado por Joon-ho para enseñar por primera vez a la suya en el río Seúl en “The Host”. Allí el monstruo era producto del vertido de residuos químicos. Aquí no hay ninguna justificación, al menos en la primera mitad del filme. Cuando aparece por vez primera, la gigantesca criatura con facciones más o menos humanas recuerda al Frankenstein de largo pelo negro dibujado en su momento por Bernie Wrightson. Sus movimientos son veloces pero descontrolados. Parece un recién nacido, tan torpe cuando corre como letal cuando despedaza personas o arroja automóviles por el aire. En esa primera mitad el filme pertenecería al fantástico urbano, aunque la pequeña ciudad no tenga la envergadura de la Nueva York asolada por King Kong o el Tokio destrozado por Godzilla. En la segunda parte, “Hope” se encuadra en el fantástico rural, con un bosque como decorado y tiroteos a caballo y grandes ramas de árbol como armas arrojadizas, aunque la larguísima persecución en la carretera nos sitúa en un punto intermedio entre espacios. El título en inglés significa una esperanza que no se encuentra a lo largo de todo el metraje. Es más bien un lugar sin estado de ánimo preciso: se habla en el filme de la inmobiliaria Hope y del embalse Hope. Hope es el nombre de la localidad. Sin más.
Como ocurre en “The Host”, y en tantas películas del mismo Joon-ho, Park Chan-wook o Kim Jee-woon, los elementos cómicos se desperdigan sobre el drama y la acción puramente física, pero son humorísticos, en muchos casos, porque así los percibimos en Occidente. Esto crea cierta distancia, una forzada distensión; rompe, deliberadamente o no, un tono determinado. Tras la apabullante persecución en coche que corona el último tramo de la película, la aguerrida oficial de la policía le dice gritando al que ha disparado contra una de las criaturas que parece una estrella de cine muy sexi. Todo muy histriónico siempre. Sí que funciona bien la secuencia en la que un anciano relata cómo descubrió a varios monstruos en el bosque, se ocultó en la vegetación y tuvo que contenerse porque tenía diarrea, colocándose la mano en el ano para no hacer ruido, pero no impedir el olor. Esto solo se le puede ocurrir hoy día a un director de cine popular coreano. El cambio genérico dentro de la misma trama resulta algo forzado: el cine de monstruos y el folk horror dan paso a la ciencia ficción, con una nave extraterrestre que recuerda al inicio de “Alien, el octavo pasajero” (Ridley Scott, 1979) y unos seres que parecen los de “Avatar” (James Cameron, 2009). Por allí andan las voces y captura de movimiento de Michael Fassbender y Alicia Vikander para rematar las comparaciones. El final es abierto, pero puede ser una broma a costa de las grandes franquicias hollywoodenses. Si se rueda una continuación, el filme ha sido un gran éxito desde su presentación en el pasado festival de Cannes, entonces no habrá sido una broma. ∎