Cómic

Hughes Micol

GariGari › Mondo Cane, 2026

Los primeros mangas que leímos en nuestra generación eran a menudo cómics importados. Antes del desembarco japonés que siguió a la traducción a finales de los ochenta en Estados Unidos, luego en Europa, del “Akira” (1982-1990) de Katsuhiro Otomo, cabeza de puente para el despliegue imperial del manga en Occidente a lo largo de los noventa, ambas industrias del cómic eran insulares y herméticas. Por eso hasta entonces, salvo muy contadas traducciones, la única forma de acceder al manga era a través de ejemplares en japonés, con frecuencia sin entender los textos pero sí la narración gracias a su característica visualidad. Fue así como Frank Miller “leyó” sus primeros tankōbon de “Kozure Ōkami” (“El lobo solitario y su cachorro”, 1970-1976), de Kazuo Koike y Goseki Kojima, a la postre una influencia crucial en el “Rōnin” (1983-1984) del propio Miller.

Bajo ese punto de vista, tiene sentido que Hughes Micol (París, 1969) haya realizado este personal “manga” francés sin una sola palabra. Su “GariGari” (Cornélius, 2025; Mondo Cane, 2026) es completamente mudo, cero diálogos, cero onomatopeyas, y está dibujado en blanco y negro, como manda el canon del cómic japonés. Dinámicos e imaginativos diseños de página juegan con el espacio en blanco cambiante entre marcos de viñetas o con la continuidad entre ellas, al estilo de las tiras de prensa de Frank King (1883-1969), en las que un personaje avanzaba de viñeta en viñeta por un mismo fondo. Todo es una fantasía ambientada en el Japón feudal con clanes enfrentados, seres mitológicos y un joven ninja.

Hughes Micol, hasta ahora inédito en España, es un autor versátil e inquieto que se ha adentrado en territorios dispares: el wéstern esperpéntico en “Chiquito la muerte” (Delcourt, 2000-2001, con guion de Jean-Louis Capron), los superhéroes sui géneris a la francesa en “Prestige de l'uniforme” (Dupuis, 2005, con guion de Loo Hui Phang), el wéstern crepuscular en “Terre de feu” (Futuropolis, 2008-2009, con guion de David B.), la ciencia ficción porno-surrealista en “La planète des Vülves” (Les Requins Marteaux, 2010), el wéstern tremendista entre Goya y Cormac McCarthy de “Scalp” (Futuropolis, 2017) o el retrato realista sobre segregación racial en Hollywood de “Black-Out” (Futuropolis, 2020, con guion de Loo Hui Phang). Su dibujo, también de registros mutantes, ha practicado el pincel en blanco y negro a lo Blutch o el color directo pintado, como en “Le chien dans la vallée de Chambara” (Futuropolis, 2011), una incursión preciosista en el Japón feudal.

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En “GariGari”, que está dibujado de manera excelsa, se ha dejado llevar por el trazo de plumilla y las texturas cross-hatching de la tradición del grabado occidental. “Gari-gari” es una onomatopeya japonesa que representa el crujido de comer alimentos o el ruido al raspar una superficie, como la plumilla de Micol sobre el papel, pero también significa que alguien está flaco, como el ninja protagonista, capaz de meterse como un contorsionista extremo en una diminuta maleta de mimbre. O de transmutar su rostro como quien modela una máscara, en un par de secuencias que rinden homenaje al “Hokusai manga” (1814-1878), la colección de bocetos y caricaturas del famoso pintor y grabador japonés, de quien Micol toma igualmente su humor de retranca grotesca. La línea del dibujo, de garabato suelto y “despreocupado”, recuerda a ratos al Mattotti de “Guirlanda” (Casterman, 2018, con guion de Jerry Kramsky), pero sobre todo al propio Micol, que despliega sus alas tanto en las escenas acrobáticas como en las más contemplativas. Y la idea de narración visual sin palabras es un completo acierto porque genera una atmósfera poética con el misterio necesario para que la obra resulte convincente.

La edición española de Mondo Cane Books, editorial sevillana que apuesta por cómics de alto impacto gráfico, es algo diferente a la original de Cornélius, sobre todo por el lomo descubierto, con el cosido del hilo visto, un bonito detalle muy acorde al contenido “artesanal” y “medieval” del libro. La veterana Cornélius, dicho sea de paso, es una editorial francesa independiente cercana en espíritu y origen a L’Association, que se ha especializado en novela gráfica, cómic experimental y traducciones de autores “patrimonio” como el japonés Shigeru Mizuki (1922-2015). Este último es un referente importante en “GariGari” por su uso de criaturas yōkai del folclore japonés, territorio temático desarrollado por Mizuki en mangas como “Kitaro” (1965-1969; Astiberri, 2010-2024); su particular combinación de personajes caricaturescos y fondos de acabado hiperrealista con claroscuros de textura manual también parece haber inspirado el estilo gráfico de “GariGari”.

Por supuesto, la fantasía japonesa de Micol remite asimismo a los códigos del chanbara. Las historias de samuráis de los mangas de Kazuo Koike y Goseki Kojima o del cine de Akira Kurosawa, fuente “original” del asunto, sobrevuelan “GariGari” sin hacerse notar. Pero aquí existen influencias recíprocas, no unidireccionales. No olvidemos el poderoso influjo que ejerció la cultura estadounidense en Japón tras la Segunda Guerra Mundial, cuyo impacto fue decisivo en el manga y el cine nipón, ni que Kurosawa admiraba los wésterns de su maestro John Ford. Tampoco es casualidad que en Estados Unidos se hicieran dos remakes de su obra maestra “Los siete samuráis” (Akira Kurosawa, 1954) en clave wéstern –“Los siete magníficos”, por John Sturges en 1960 y Antoine Fuqua en 2016– y el resultado encajase como un guante. Hugues Micol viene también del wéstern, género muy querido por la bande dessinée francesa, así que podemos decir que su “GariGari” es también un viaje de ida y vuelta. ∎

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