Tras el (no tan grave como se dijo) desliz de “No te preocupes, querida” (2022), Olivia Wilde recompone su carrera como directora regresando a la comedia, el género en el que la vimos debutar en esas lides en 2019 con “Súper empollonas”. A priori, la idea de otro remake de “Sentimental” (Cesc Gay, 2010), de la que ya se han rodado versiones en Francia (estrenada aquí: “Una cena… y lo que surja”, dirigida en 2024 por Olivier Ducray y Wilfried Méance), Corea del Sur, Italia, República Checa y Suiza, invitaba al desaliento, a las dudas razonables. ¿Dónde están las ideas originales en Hollywood? ¿Solo pueden darse en el terror de bajo presupuesto? Esa clase de preguntas.
Pero el prejuicio se viene abajo en poco tiempo, en el minuto o dos que tardas en ver que no, nunca has visto “La invitación.” (2026; se estrena hoy). Desde el principio, dirección, montaje y música marcan la diferencia. Si en el original se notaba siempre el origen teatral –Gay se basaba en su propia obra “Els veïns de dalt” (2015)–, aquí Wilde filma ese único espacio, ese apartamento recién renovado, con imaginación, ayudada en su intento de dotar de dinamismo a la claustrofobia por los brillantes cortes de Yorgos Mavropsaridis y Ant Boys. La música de Devonté Hynes, alias Blood Orange, está perfectamente dosificada; abrasiva y persistente cuando se necesita en un comienzo intrigante o ausente cuando es necesario.
La Angela de Olivia Wilde es mucho más nerviosa que la Ana original de Griselda Siciliani y, por supuesto, Rogen, el profesor de conservatorio Joe, vuelve a hacer gala de su mejor neurosis. También Edward Norton interpreta a un vecino libertino más divertido que el original y establece una fértil química bilingüe con Penélope Cruz. Grande Seth Rogen quejándose de sus diálogos en español. Solo una entre tantas quejas.
Según ha explicado Norton, cada actor y actriz se escribió, en esencia, su propio personaje y su propio pasado y se pudo guardar cosas que el resto no sabía. Además, mucho de lo que sucede en el filme es producto de la improvisación. Nadie lo diría, pero eso explica quizá la viveza de los diálogos y las situaciones, que el filme tenga ese cierto componente de hangout comedy –subgénero de la telecomedia basado en pasar el rato con los personajes– sin que, por otro lado, asome nunca el fantasma de la indulgencia ni la diabólica estructura dramática pierda fuelle.
Se ha hablado de “La invitación.” como comedia sexual por un motivo claro: Wilde y sus guionistas –Will McCormack y Rashida Jones ya escribieron “Celeste & Jesse Forever” (Lee Toland Krieger, 2012)– se atreven a llevar la intriga por los derroteros que uno esperaba que fuera “Sentimental”, para devolverla después, en un giro demoledor, a los mismos abismos de decepción madura. Montaña rusa lúdica y existencial, “La invitación.” puede pasar del slapstick tronchante a la reflexión resonante sin solución de continuidad. “¿Te follarías a ti mismo?” es una frase que da que pensar.
Todo fluye en la dirección correcta en un raro caso reciente de gran comedia hecha por y para adultos en formato largo. Es una película como de otra época, una verdadera rareza. Hoy en día no se puede nombrar a Woody Allen, pero Wilde ha citado sin problema la (evidente) influencia de “Maridos y mujeres” (1992). Este cronista quedó tan absorbido por los infinitos matices de lo que veía y de lo que no se ve que, de hecho, rápidamente se olvidó de tomar las notas de rigor y salió de la sala solo con un puñado de hojas en blanco. Eso con una película que, en teoría, ya había visto. ∎