Álbum

Asher White

Love Aggregates › Joyful Noise, 2026

En 2025, la escritora, activista, artista visual y música prolífica de trayectoria sumergida Asher White fichó por Joyful Noise, ese sello que desborda los confines del indie rock, el post- rock y el “folk” hacia territorios más experimentales, y que también ha editado a Deerhoof, The Folk Implosion o Wendy Eisenberg. En dos años había entregado bajo su paraguas un “8 Tips For Full Catastrophe” magníficamente caótico que era puro Jim O’Rourke –nonchalant a veces, tierno de más otras; furioso, ruidoso, fantasmagórico o electrónico por momentos pero a la vez tremendamente catchy– y una sorprendente revisión completa del debut homónimo de Jessica Pratt que se sumergía en su universo tanto como lo expandía en los términos de una Cindy Lee. El grano se disipa por fin en su tercer disco para el sello, un “Love Aggregates” que mira a la limpieza y a la sencillez de sus primeros trabajos independientes, que refuerza también el pop camerístico que tan bien maneja de la mano de varios colaboradores a vientos y cuerdas y que abandona la grandilocuencia de algunos lanzamientos recientes sin renunciar a esos detalles sorprendentes, experimentales y frikis que son también parte del ADN de la artista de Iowa. Habrá quien le tenga cariño a tal o cual lanzamiento oscuro de Bandcamp, pero siendo justos este es su trabajo más sólido y cohesionado hasta la fecha, y seguramente lo más parecido a lo que soñaban en Joyful Noise cuando le ofrecieron el contrato.

En general “Love Aggregates” es, sobre todo, un disco muy bien equilibrado. También muy pop, en el término más alternativo, soleado, psicodélico y pastoral de la palabra. Son canciones como “Jerryboy” o “Health Techniques” las que marcan el ritmo: números que empiezan en una melancolía íntima, baladística y folk como la que también protagoniza “White Castle Sad” y que poco a poco, según las guitarras van desenvolviéndose en arpegios y los pianos o las cuerdas meciéndose al sol, se arrancan por bailes de salón. La misma formulación casi progresiva se puede reconocer en “Atoll”, pero aquí se resuelve dejando espacio a detalles más experimentales dando lugar a una pieza casi ambient que se acerca a more eaze entre violines resonantes y arpegios de guitarra; la propia Mari, junto con Lila, ha contribuido a las cuerdas. Y aún más lejos en este sentido van la final “Come 2” –que se libera pasada la marca de los dos minutos en un climático todo de instrumentos, punteos acústicos, field recordings y ruidos y ecos de sintetizador– o una “Memory Patient (Motor Cycle Angel)” que evoca la parte más etérea, clásica y pianística de Alexis Taylor (Hot Chip) hasta estallar en una especie de psicodelia digital.

Lo mejor del disco, en cualquier caso, es que White no se encasilla en la melancolía y, aunque opte casi siempre por un tono agridulce, se deja contagiar por la alegría de vivir de bandas como los Beach Boys, Belle And Sebastian y Vampire Weekend, un tridente conectado y evocado aquí sistemáticamente pero igualmente trascendido desde la pura grandilocuencia, el ruido, la distorsión. “My Day At The Casino”, por ejemplo, se lleva a terrenos de lounge y kitsch jazz el indie rococó de Vampire Weekend, elevándolo a la teatralidad de un Father John Misty sin necesidad de exagerar demasiado y gracias a los vientos de Asa Turok y Jacob Davidson. “Stage Diva” captura la energía, los cambios dinámicos y los efectos retro (órganos Hammond, distorsiones analógicas, radiofonías…) de Cindy Lee o de Ezra Furman para emborronar maravillosamente lo que podría haber sido un tema de “The Life Pursuit” (Belle And Sebastian, 2006). Y los mismos Belle And Sebastian se encuentran de hecho con el groove de Vampire Weekend sobre una línea de bajo reminiscente del “Faith” de George Michael en la maravilla que es “The Eagle Is No Omen”, o prestan su orfebrería camerística para la preciosa “Nightingale Version (Sailor’s Moon)”. Son zonas conocidas, sonidos de confort y ensoñaciones románticas que tienen poco de original, pero que están tratadas con tanto brillo, con tanta elocuencia, con tanta atención a la melodía, con tanta pasión, con tanto amor –White ha cantado y tocado todo lo que se escucha en el disco excepto las cuerdas y los vientos– que es imposible no sumergirse por completo en su fantasía, ni que te derrita un poquito el corazón. ∎

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