Álbum

Caramuerto

Una suerte nueva › Màgia Roja-Humo Internacional, 2026

Detrás de una puerta de garaje pintada con símbolos ocultistas, en una calle de vecinos del barrio de Gràcia, funciona desde 2014 Màgia Roja, un local de socios que es también sello y asociación sin ánimo de lucro. Su fundador, Víctor Hurtado, pincha allí los fines de semana sesiones de hasta ocho horas en las que caben Silver Apples, Nurse With Wound, himnos cristianos, black metal y EBM, y en el mismo local nació Dame Area, el dúo industrial que forma con Silvia Konstance. En esas noches encontró su segunda educación musical Juan Molina García, Caramuerto. La primera había sido Berlín, en la primera mitad de los 2010, donde grababa cintas en su cuarto con guitarras en bucle y voces saturadas, un post-punk industrial de baja fidelidad que llegó a servir de banda sonora a un videojuego programado por su hermano. En Barcelona cambió las guitarras solas por secuenciadores y sintetizadores, grabó “Humo y espejos” (2018) para el sello de Hurtado, empezó a tocar en directo y, hacia 2020, paró. Seis años y dos conciertos después vuelve con “Una suerte nueva”, coeditado por Màgia Roja y el sello asturiano Humo Internacional y con una historia de amor y odio contada a dos voces.

Caramuerto hace música de secuenciador y guitarra donde todo llega ya quemado: la voz entra saturada, como grabada desde el otro lado de una pared, y los sintetizadores tienen el filo de las cosas que se han procesado demasiadas veces. La percusión suena a chatarra: cajas que golpean como una barra de hierro contra una plancha, bombos con el eco hueco de un bidón vacío y charles que raspan como una lima sobre un tornillo oxidado. Es la herencia del industrial de principios de los ochenta, pero aquí el metal está dentro de la máquina, sintetizado. Esos ritmos insisten a golpes y rara vez se sientan en un pulso de club durante más de unos compases: en cuanto el cuerpo encuentra el 4/4, el patrón se desplaza, se parte o se vacía. Así, “Una suerte nueva” es un título de esperanza para un disco que empieza brindando por nada, porque, dice la letra, ya no queda nada que celebrar. El tema titular arranca con la voz casi sola, entre silencios largos que de vez en cuando rompe un golpe de percusión industrial, breve y relampaguante, como un portazo en otra habitación. Hacia la mitad, con el verso “Subo al primer tren sin mirar el destino”, entra un ritmo constante que ya no se detiene: el que estaba quieto echa a andar, y la suerte nueva del título empieza a parecer posible. “La zona” describe un lugar fuera del tiempo donde “nadie tiene nombre y todos tienen nombre”, y el título remite casi inevitablemente a la Zona de “Stalker” (Tarkovski, 1979), el territorio prohibido donde las leyes físicas dejan de funcionar; aquí la electrónica se vuelve más abstracta y la voz habla más que canta. “El invierno que fuimos al sur” es la canción más cinematográfica: pide un motel de carretera con luces de neón mientras un barrido de ruido en estéreo cruza la mezcla de un lado a otro, igual que los coches que pasan por una autopista de noche, y la voz baja hasta el susurro entre chirridos de cuerda y sintetizador que parecen sacados de la banda sonora de una película de terror de los setenta. “Aguas tranquilas” es todo lo contrario de lo que anuncia, el regreso del grito y de la caja de hierro, y “Carrusel” es la pieza central del relato: “Prometo no volver a hacerlo”, dice una voz, y otra contesta “Mentira, es mentira, sabes que lo volverás a hacer”. Es un intercambio de llamada y respuesta entre gritos y susurros, con las voces superpuestas y cruzadas hasta formar una sola cabeza que gira sobre sí misma y se miente.

“Duermevela” trabaja con el silencio como material primordial: cortes absolutos, zumbidos de corriente que se interrumpen y vuelven, y un drone continuo por debajo que mantiene la canción respirando mientras todo lo demás se apaga. Y “Una suerte nueva 2”, la penúltima, es una despedida: el trayecto termina aquí, dice, y lo dice con el mismo título con el que el disco había prometido empezar de cero. Esa es la paradoja que sostiene el álbum, porque una suerte nueva puede ser lo que viene después de dejarlo todo atrás, incluida la propia historia, y la canción se lee a la vez como la última carta antes de morir. Caramuerto llega al deconstructed club desde el post-punk y el industrial de aquellas cintas, y por eso suena menos a laboratorio y más a local de ensayo con las persianas bajadas; este otoño lo presenta con Dame Area, el dúo de Hurtado. Esa red de garajes, asociaciones y sellos pequeños es la única manera de que un disco así exista en un país donde la música industrial siempre ha vivido en los márgenes. Seis años de silencio para un álbum que empieza brindando por nada y termina despidiéndose de todos. ∎

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