El de Toundra sigue siendo un caso similar al de Mogwai –un paralelismo que no les incomodará– por su acendrada singularidad: pueden seducir por igual a los adeptos al metal, al shoegaze o al post-rock (aunque bien es cierto que en los últimos tiempos la camada de Deafheaven y compañía podría esgrimir lo mismo: en España son únicos en esto), y difícilmente localizaremos grietas en una discografía tan constante y marmórea, que se las ingenia más que bien para plasmar una solidez similar (no tanto, sería casi imposible) a la que se gastan en sus hercúleos directos.
Se nos dice que este nuevo álbum, para cuyo título no han vuelto a complicarse la vida porque en su caso el sonido es lo suficientemente elocuente para obviar cualquier palabra, la principal novedad es la notable aportación de los sintetizadores y el ingreso en la banda de Jorge García (miembro de Adrift, supliendo a un Esteban Girón que lleva años multiplicándose en labores de comunicación), pero ni los teclados dejan de sonar más bien como guitarras eléctricas ni la alteración del line up contribuye a que sus premisas éticas y estéticas dejen de ser las mismas. Si acaso, prima una mayor concreción en la duración de los temas: esta vez solo uno rebasa los siete minutos.
Su particular blitzkrieg decibélico, su acerado muro de sonido al servicio de composiciones de gran poder de evocación, sigue ahí, otra vez con la denominación de origen sellada en los estudios de Santi Garcia en la Costa Brava. Unas veces más ensoñadores (“Rapier”) y otras más tremendistas (“Eina”), más torrenciales (“Wispar”), más cerebrales (“Costa Roja”), más directos (“30960”), más serpenteantes (“Sizigia”) o más acumulativos (“Uniforme”). Pero articulando siempre un correlato sonoro, desde el amor por lo volcánico como corriente expresiva, a ese mundo que se nos deflagra en llamas cada vez más, parafraseando lo último de los Neurosis. Sin dar ni un paso atrás. ∎