Jeff Tweedy –cantante, guitarrista y principal compositor de Wilco– no podía dormir. Sufría de insomnio. Las noches se le hacían, más que largas, infinitas. Fue en una de aquellas madrugadas en vela cuando, buscando algo con lo que distraerse y dejar de dar vueltas a la cama, descubrió “The Conet Project. Recordings Of Shortwave Numbers Stations” (1997), un disco cuádruple publicado por Irdial Discs, sello independiente fundado a mediados de los años ochenta especializado en las formas menos convencionales de la música electrónica.
Aquella compilación, por ejemplo, reunía infinidad de horas de grabaciones de las llamadas Numbers Stations. De tan fácil y tan rudimentario parece imposible que pudiera funcionar, pero fue el procedimiento que durante la Segunda Guerra Mundial y los años de la Guerra Fría utilizaron gobiernos y agencias de inteligencia de todo el mundo –como la CIA, el KGB, el MI6 o el Mossad– para enviar mensajes cifrados a sus espías desplegados en el extranjero. El método tan solo requería de una radio común de onda corta que pudiera sintonizar estas frecuencias en las que se lanzaban mensajes en los que de repente se escuchaba una voz monótona –a menudo de mujer o de niño– o una voz sintética leyendo listas interminables de números, letras o palabras del alfabeto fonético de la OTAN, el sistema de deletreo establecido por la Organización del Atlántico Norte y la Aviación Civil Internacional en 1956, cuyo objetivo era garantizar la claridad absoluta en las radiocomunicaciones y evitar confusiones entre letras con sonidos similares: (a) alfa, (b) bravo, (c) charlie, (d) delta… Comunicaciones que eran imposibles de descifrar si no se disponía de la clave de la libreta de un solo uso, el one-time pad.
Jeff Tweedy estaba obsesionado con aquellas emisiones de onda corta. Para el líder de Wilco, el grupo que había fundado en 1994 tras abrir brecha en el country alternativo al frente de Uncle Tupelo, aquellas grabaciones eran la metáfora perfecta de la desconexión que la humanidad empezaba a sufrir a inicios del nuevo milenio: voces que gritaban en la oscuridad buscando desesperadamente que alguien al otro lado las entendiera. En el álbum había una pista titulada “Phonetic Alphabet – NATO” que le intrigaba especialmente. Era una voz femenina repitiendo una y otra vez el código yankee-hotel-foxtrot. Acabó añadiendo un sample de aquella transmisión de cadencia inalterable, inexpresiva, casi robótica, al final del tema “Poor Places” del disco que estaba grabando con su banda. Volvedla a escuchar. Se cuela a partir del minuto 3’48”. Primero aparece tímidamente, luego va ganando presencia entre el marjal de guitarras distorsionadas que marcan la coda de la canción. “Yankee... hotel... foxtrot... yankee... hotel... foxtrot…”. El efecto tiene algo de inquietante. “Yankee... hotel... foxtrot... yankee... hotel... foxtrot…”. Resuena turbador. “Yankee Hotel Foxtrot” (Autoeditado, 2001; Nonesuch lo publicó en formato físico en 2002) acabó siendo el título de uno de los álbumes más influyentes en la historia del rock.
“¿Hubo algún momento mientras hacías el álbum ‘Yankee Hotel Foxtrot’ en el que supieras que era bueno?”. La pregunta se la lanzaba a Jeff Tweedy el periodista estadounidense David Fricke, uno de los más reputados críticos musicales contemporáneos. Fue en febrero de 2002, en una charla que acabaría publicada en la revista británica ‘Mojo’. “Bastante pronto”, respondía el líder de Wilco sin titubear. “De hecho, una cierta ambivalencia por parte del sello ayudó a eso”. Y aquí Tweedy se echaba a reír. “El hecho de que ellos no estuvieran entusiasmados me hizo sentir que estábamos haciendo algo bien. Alguna parte mística y contraria en mí se sintió satisfecha por eso”.
El primer gran salto del grupo que Tweedy puso en marcha junto a John Stirratt (bajo), Ken Coomer (batería), Max Johnston (violín, mandolina, banjo) y Brian Henneman (guitarra) llegó con “Being There” (Reprise, 1996), el segundo largo de Wilco, disco doble en el que la banda de Chicago, empujada creativamente por un Tweedy cada vez más interesado por la vanguardia, ya empezaba a experimentar con los límites restrictivos de la americana y el country alternativo, género del que, como decíamos, había sido una de las piedras angulares. Alguien describió a Uncle Tupelo como “Bob Mould encabezando Soul Asylum en una versión acelerada de una canción de Gram Parsons”. No hay explicación más precisa para ilustrar la música de una banda que acabó dejando un legado de obras referenciales: “No Depression” (Rockville, 1990) o “Anodyne” (Sire-Reprise, 1993).
Como el crío que ha hecho nuevos amigos y estos le están descubriendo que hay vida más allá de su barrio, Jeff Tweedy pasó el verano de aquel dos mil jugueteando con O’Rourke y Kotche. De aquellos días de calor y composición salió una demo de seis canciones que con el tiempo acabarían formando parte del primer álbum de Loose Fur, homónimo, publicado en 2003. También fueron el encendido del motor del nuevo trabajo de Wilco, al que provisionalmente titularon “Here Comes Everybody”. Para finales de 2000, ya tenían suficiente material como para publicar el álbum, pero había dos cosas que atormentaban a Tweedy. La primera de ellas eran las baterías de Ken Coomer, por aquel entonces aún en la alineación titular de la banda. Tweedy buscaba algo más etéreo y deconstruido, menos convencional, tarea para la cual Coomer, inflexible también a la hora de alterar su metodología de corte clásico, no le servía. La solución fue despedir a Coomer y unir a Glenn Kotche a la causa. Peor aún era la tensión que estaba aflorando entre Tweedy y Jay Bennett, el multinstrumentista que se había unido a Wilco a partir de “Being There”. Bennet era un polo creativo que estaba luchando por disponer de su espacio inventivo en un grupo en el que el norte magnético lo marcaba Jeff Tweedy. El líder de Wilco había accedido a que Bennett ejerciera como ingeniero de sonido de la grabación, pero sus propuestas no encajaban con el puzle sonoro que Tweedy tenía en mente para su nuevo largo. Ese pulso de egos por hacerse con el control del álbum queda perfectamente reflejado en el documental “I Am Trying To Break Your Heart. A Film About Wilco” (Sam Jones, 2002): si aún no lo has visto, está enterito en Youtube. Especialmente gráfica es esa escena en la que Bennett y Tweedy discuten sobre cómo ejecutar la transición entre el apagado final de “Heavy Metal Drummer” y el inicio distorsionado de “I’m The Man Who Loves You”. La secuencia termina con Tweedy vomitando por estrés en los lavabos del estudio. De una cuestión aparentemente irrelevante, al menos para todos aquellos que no nos dedicamos a grabar discos, acaban aflorando todas sus discrepancias. Muy probablemente aquel fue el punto de partida de muchas de las cosas que sucedieron después.
Hasta ese momento, Wilco habían publicado todos sus discos en Reprise Records, discográfica histórica que había fundado en 1960 Frank Sinatra y que, por entonces, formaba parte de conglomerado de la multinacional Warner. La banda siempre había contado con el apoyo del presidente del sello, Howie Klein, quien no ocultaba ser el mayor fan de los de Chicago. Todo cambió cuando Warner se fusionó con el titán de las telecomunicaciones American Online. Aquella operación implicó el despido de 600 personas. Entre estas, Klein. En este nuevo escenario, Reprise encargó a su A&R Mio Vukovic que se encargara del seguimiento de “Yankee Hotel Foxtrot”. Cuando Vukovic escuchó el álbum, se le quedó la cara del que huele una ventosidad entre la multitud de un concierto. Creía, como siempre creen las multinacionales, que siendo un disco tan experimental en su forma no tenía ningún sencillo que pudiera funcionar comercialmente. Tampoco entendía unas letras que consideraba demasiado metafóricas, cuando no inconexas y sin sentido. Era un trabajo anticomercial que, según su criterio, necesitaba diversos cambios para poder publicarse.
“Tengo un sentido innato del bienestar”, rememoraba Tweedy entre risas en su charla con David Fricke. “Realmente no me importó. Pensé: ‘Vaya, sé que algo va a pasar y que habrá una batalla’. Pero no estaba preocupado, porque estaba convencido de que el disco era genial. Así que lo terminamos, tal vez un mes después. Se lo enviamos y no supimos de ellos en dos semanas. Cuando tuvimos noticias, tengo entendido que nos pidieron que hiciéramos algunos cambios. No pensaban que fuera publicable. Creían que necesitaba trabajo. Y nadie decía en qué podría consistir ese trabajo. Y antes de que tuvieran la oportunidad de hacerlo, dijimos: ‘Está realmente terminado. Esto es por lo que estamos contratados: entregar un disco. Y aquí está. Este es nuestro disco’”. La postura de Reprise tampoco varió: si no se avenían a hacer de “Yankee Hotel Foxtrot” un trabajo más comercial según sus parámetros y criterios, ellos no lo iban a publicar. En julio de 2001, el sello rechazó oficialmente el disco, proponiendo a la banda que se hicieran con los derechos del álbum para publicarlo de forma independiente a cambio de 50.000 dólares. Mientras Tweedy, su mánager y su abogado dilucidaban qué decisión tomar, llegó una segunda propuesta de Reprise: que cogieran el disco y se fueran dónde quisieran, les otorgaban la carta de libertad y les concedían gratuitamente los derechos de “Yankee Hotel Foxtrot”.
Pocos días después de aquel triste 11 de septiembre, se empezaron a filtrar en Internet ficheros en baja calidad de algunos de los temas de “Yankee Hotel Foxtrot”. Las teorías conspirativas apuntan a que fue Jay Bennett quien, todavía contrariado y despechado por su expulsión, colgó las canciones en la red. Puede. En una época en la que justo se empezaba a considerar internet como un peligro para la industria discográfica, con los archivos de los estudios y los CDs promocionales circulando de mano en mano sin ningún tipo de control, pudo haber sido cualquiera. Bennet nunca lo admitió y Wilco jamás lo acusaron de ello. Pero la banda de Chicago reaccionó a la filtración de una manera totalmente innovadora: colgó el disco entero y en alta calidad en su web. Aquel primer día 50.000 personas se descargaron el álbum, multiplicando por ocho el tráfico habitual que registraba habitualmente el lugar. Unas cifras que hoy suenan ridículas, pero que en una época en la que internet aún no había llegado a todas las casas eran una barbaridad.
Aquellos números pusieron sobre aviso a diversas discográficas. Decenas de sellos llamaron a las puertas de Wilco ofreciendo publicar en formato físico su nuevo disco. Jeff Tweedy se decantó por la oferta de Nonesuch Records, sello de prestigio principalmente dedicado a la clásica, el jazz y la world music. Lo paradójico e irónico del desenlace de esta historia es que Nonesuch Records era una disquera que formaba parte del conglomerado de sellos de Warner, por lo que la multinacional acabó pagando dos veces por el mismo disco: la primera cuando Wilco aún pertenecían a Reprise y adelantó el dinero para financiar la grabación; la segunda, cuando ficharon por Nonesuch. “Antes de publicar ‘Yankee Hotel Foxtrot’ nos echaron de la discográfica en la que estábamos porque los directivos creyeron que no era un álbum lo suficientemente comercial. Cuando por fin apareció, en un sello que formaba parte del mismo grupo que la discográfica en la que estábamos antes, resultó ser el disco más vendido en la historia del grupo”. Me lo comentó el mismo Jeff Tweedy la tarde del 15 de octubre de 2012, poco antes de actuar en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, en una entrevista que apareció publicada en la revista ‘Esquire’. “Seguramente sea el protagonista de uno de los momentos más irónicos en la historia del rock”. “Yankee Hotel Foxtrot” se publicó en formatos físicos el 23 de abril de 2002. Desde entonces se han vendido casi 700.000 ejemplares del álbum.