Avalado por una extensa y prolífica discografía al frente de la respetada banda de Okkervil River, con la que recorrió el mundo entero y cosechó fans de la talla de Lou Reed o Barack Obama, Will Sheff se consolidó como uno de los compositores norteamericanos más lúcidos de su generación con discos como “The Stage Names” (Jagjaguwar, 2007), “The Stand Ins” (Jagjaguwar, 2008) o “The Silver Gymnasium” (ATO, 2013). Parece como si fuera ayer aquella actuación estelar en el Primavera Sound de 2008. Un pasado legendario que él mismo lleva un tiempo diseccionando en su monumental pódcast “The Audio-Biography”; un proyecto de memoria detallado que, cuando le preguntamos por la posibilidad de convertirlo en libro, bromea asegurando que “hace que la autobiografía de Keith Richards parezca un panfleto”. En 2022 decidió dar el salto bajo su propio nombre con “Nothing Special”. Ahora, con motivo del lanzamiento de “Extra Mile” (Solid Ghost, 2026), nos sentamos con él para charlar por videollamada.
Sheff aparece en pantalla desde una habitación; un espacio cálido donde la conversación fluye de inmediato entre confidencias analógicas, y que termina con algunos vinilos de Dan Reeder y Michael Hurley asomando desde nuestro lado. El músico nos cuenta que pisó España por primera vez a los 17 años –conviviendo con una familia entre Mataró y las afueras de Madrid– en una experiencia completamente transformadora, y confiesa que su última gira por el país supuso una de las vivencias más especiales de su carrera junto a su banda.
Después de tantos años con Okkervil River, ¿por qué decidiste publicar bajo tu propio nombre?
Creo que, cuando tienes una banda durante mucho tiempo, la gente sabe qué puede esperar o sentir cuando pone su disco. Si quiero evolucionar y hacer cosas nuevas, siento que no puedo usar a Okkervil River sin estirar tanto su concepto para que, al final, el nombre pierda su esencia. Me gusta la idea de crear una categoría lateral donde pueda hacer lo que quiera. El espacio de la banda con esas personas y esos recuerdos es sagrado, y aunque construyo estos nuevos discos con algunos de esos mismos amigos, no deja de ser una exploración más solitaria de temas propios.
Algunos discos anteriores han quedado injustamente reducidos a un concepto de pérdida o duelo. “Extra Mile” parece más expansivo y juguetón.
No es mi problema si la gente piensa que mis canciones son tristes. Para mí, el arte es un espacio seguro en el que podemos enfrentarnos a los sentimientos y hacernos las preguntas más importantes. Gran parte de la vida da miedo, la gente muere y no siempre nos sentimos como queremos. Siento que eso es algo bueno para explorar en la música, igual que la felicidad. No es que yo estuviera muy triste haciendo aquel disco y muy feliz haciendo “Extra Mile”, se trata de mirar las cosas con cierto nivel de honestidad. Si puedes entender que dos cosas opuestas sean verdad al mismo tiempo, la tristeza que está incorporada a la vida y el amor por las cosas buenas, entonces casi has entendido la vida.
Grabaste gran parte en un garaje cerca de las montañas de San Gabriel. ¿Qué terminó teniendo de especial ese lugar?
No fue algo buscado: era simplemente el estudio que encontramos. Pero acabó siendo muy bonito. Era un lugar tan pequeño que resultaba claustrofóbico si no abrías la puerta. Entonces la dejábamos abierta, entraba el aire y podías ver las montañas todo el tiempo. De algún modo, parecía que estábamos grabando fuera, y me cuesta pensar en ese espacio sin sentir, en mi memoria, que estábamos al aire libre.
Will Graefe es un colaborador muy importante en este disco. ¿Qué le aporta a tu música?
Empecé a tocar con él en “Away” (álbum de Okkervil River publicado en 2016), un momento en el que estaba examinando intensamente mi vida y quería encontrar colaboradores que aportaran algo que yo no hubiera experimentado antes. Le pregunté a un amigo quién era su guitarrista y persona favorita en Nueva York, y me dijo que Will. Me encantaba adónde iba su mente en términos de armonía y melodía, y su forma de tocar. Vemos muchas cosas de una manera muy parecida. Es maravilloso escribir con él y fue una mezcla muy natural.
También aparecen músicos como Griffin Goldsmith, Christian Lee Hutson, A.C. Newman, Peter Silberman, Saundra Williams o Amy Annelle, cuya voz ya formaba parte del universo de “Black Sheep Boy”, el tercer álbum de Okkervil River. Pero me tengo que detener en Jenn Wasner, que es fantástica... ¿Cómo surgieron estas colaboraciones?
Cuanto más avanzo en mi carrera, más me gusta cantar con otras personas. Le aporta una cualidad emocional muy fuerte que hace que las canciones se vuelvan tridimensionales. “Always Everything” es una canción tan inmensa que pensé: “Quiero a alguien con una voz potente y fuerte que pueda acompañarme en ese espacio”, y Jenn es una cantante increíble. Lo mismo ocurre con Saundra, que es corista de Mavis Staples. A veces, cuando cantas con otra persona, todo se transmite con mucha más fuerza.
“Extra Mile”, el tema de apertura, echa la vista atrás hacia una versión más joven de ti. ¿Qué recuerdos tenías en mente al escribirla?
Tiene que ver con esa sensación de mirar atrás, a cuando eras niño, y vivir un momento de revelación: “Dios, siempre he sido la misma persona”. Te das cuenta de que siempre has estado persiguiendo la misma estrella, incluso antes de tener conciencia de ti mismo. Y también te percatas de que nunca la vas a alcanzar; eso que persigues, como el final del arcoíris, simplemente no se puede atrapar.
“Send A Card To Your Mother” habla de ver envejecer a nuestros padres. ¿Te hizo reevaluar tus prioridades?
Sí. Vivo en Los Ángeles y mis padres en la Costa Este. Te diré algo: cuando vives lejos de cualquier persona a la que quieres, hay un número exacto de veces que vas a verlos. Si supieras cuál es ese número, probablemente volverías para estar más cerca de ellos. La canción trata sobre reconocer la suerte que es simplemente estar vivo, y la gratitud de existir y tener a gente que te quiere, a pesar de la imperfección de todo. No se la he puesto aún a mi madre porque vengo de Nueva Inglaterra y somos un poco como los ingleses: nos cuesta hablar de nuestros sentimientos. De hecho, acabo de grabar una canción con mi madre porque últimamente me ha dado fuerte por estar muy atento a mis padres, evocarlos y hacer referencia a ellos en mi música. Supongo que es el sueño de cualquier padre, aunque igual me paso tanto que se terminan cansando.
En este tema también aparecen figuras populares estadounidenses como Dorothy Day, Jesse James, Justin Bieber, Larry Bird, MC Hammer, King Arthur o incluso “Maga Mike”...
Pienso en todas esas personas como si estuvieran esforzándose por algo. A veces es algo muy grande y hermoso, y a veces es algo un poco estúpido. A veces, incluso, es justo lo contrario de lo que me gustaría que hubiera en el mundo. Pero se trata de observar a un grupo de personajes aleatorios que están en una especie de búsqueda para hacer que algo ocurra. Creo que viene un poco de ahí. También hay vínculos sutiles entre ellos.
En el pasado hablaste de intentar no pensar en las recompensas externas. ¿Sigue siendo una lucha?
El arte hace su trabajo cuando tú vibras en una frecuencia, alguien lo escucha y empieza a vibrar también, creando una conexión. El problema es cuando entra tu ego y quieres que esa conexión llegue a millones, ganar dinero o premios. Es un hambre que nunca se satisface y que tiene mucho que ver con el capitalismo, que convierte tu personalidad en materia prima para explotar. Con las redes sociales nos tratamos como una mina de la que extraer cosas para vender. Es imposible separarse del todo del deseo de aprobación porque vivimos en este sistema, pero trato de preguntarme siempre si quiero esto para gratificar mi ego o si es por una buena razón.
El tristemente fallecido Travis Nelsen y Jonathan Meiburg, ambos exmiembros de Okkervil River, han sido figuras clave en tu vida. Shearwater, el grupo de Meiburg, también ha publicado un nuevo disco. ¿Has hablado con Jonathan al respecto?
Nos enviamos nuestros trabajos cuando ya están terminados y siempre es un gran momento. Alguna vez nos hemos dicho abiertamente: “Por cierto, con esto solo busco piropos; si hay algo que no te gusta, guárdatelo”. Cuando escucho un nuevo disco de Shearwater lo percibo como en cinco dimensiones: los años de conocerlo, lo mucho que lo aprecio como persona, lo que me fascina de su música, cómo cambian esas cosas y esa dimensión extra que aporta el tiempo. Seguir su obra es como avanzar en un sidecar que corre profundamente ligado a nuestra amistad.
Para terminar, sueles reivindicar a Michael Hurley y Bill Fay. ¿Algún otro nombre que quieras destacar?
Admiro su trabajo, pero lo que de verdad me fascina es cómo se relacionaron con el mundo. De Bill Fay me inspira la manera en que su fe guiaba todo lo que hacía, y de Michael Hurley cómo marchaba a su propio ritmo. De hecho, este es un consejo que suelo dar a los artistas jóvenes: tienes que elegir bien a tus héroes. ¿A quién te quieres parecer? ¿En quién te ves reflejado? Se trata de buscar un buen modelo para la clase de persona que eres. Me encantan músicos como Mick Jagger o Loudon Wainwright III, pero cuando miro sus vidas no pienso “Ah, ese es el tipo de persona que quiero ser”. En cambio, con Bill Fay, Michael Hurley o tipos como John Hartford y Mayo Thompson sí que lo siento. Me atraen los artistas que están en paz consigo mismos. ∎