uando sea mayor quiero ser Manuel Delgado. Manuel, alguien que ha escrito tanto de la vida en la ciudad, expresa a menudo su deseo de ser enterrado sonando esta canción: “Caminando por la calle yo te vi / Yo un día, yo me enamoré de ti”. Vehemente lo subraya: “Sí, quiero que en mi entierro suenen los Gipsy Kings. La canción define mi único propósito en la vida. Eso mismo, ir caminando por la calle y, ¡ah!, de pronto enamorarme”. Le contaba yo esta historia a Nicolás Reyes, de los nueve autores que tiene la canción, el más relevante junto a Rubén Blades y su voz cantante. Sensiblemente emocionado, Nicolás indicó a su hijo –estabamos en su casa de Arlés– que le trajera su guitarra. Con los ojos nublados, expresó, en su musical castellano: “Este Delgado es un poeta”. Y sonaron los acordes de la canción, su brevísima y sintética letra, demorándose maravillosamente en el ayeo que hace vibrar la calle, el amor, el enamorarnos.
A finales de los años ochenta, más o menos cuando salió esta canción en “Mosaïque” (1989), el disco que consagrará a los Gipsy Kings, estalló una polémica menor en Sevilla. El gran Ricardo Pachón había bramado en una entrevista para un conocido suplemento cultural contra la sección de flamenco de El Corte Inglés, los populares almacenes: “Allí hay de todo, copla, sevillanas, rumba, hasta los Gipsy Kings están expuestos en esa sección y, claro, así, se confunde al público”. Antonio, así se llamaba el dependiente encargado de la sección, un tipo muy aficionado al género, se tomó el asunto en serio. Separó los discos de flamenco de los de canción española y demás y los mantuvo en un expositor autónomo. En Sevilla la gente se toma estas cosas muy en serio. Antonio prohibió a las limpiadoras que quitaran el polvo a la sección de CDs de flamenco y también del mueble que contenía los otros subgéneros. Al cabo de los meses, la sección de flamenco tenía una capa considerable de polvo, mientras que la copla o la rumba se encontraban brillantes y lustrosas. “Nadie ha venido ni a remover los discos de flamenco y ahí están, a ver si viene Ricardo Pachón y lo ve”. La anécdota tiene algo de chusco, pero a mí me dejó pensando largo tiempo. En tiempos de revalorización del género, así llaman a los años que siguieron al Concurso de Cante Jondo de Granada en 1922, se intentó diferenciar entre, precisamente, “jondo” y flamenco, entre lo supuestamente auténtico y lo espurio. La misma operación la acometió José Carlos de Luna con aquella tontada de “cante chico” y “Cante Grande”, o Antonio Mairena con aquello de cante gitano-andaluz. El aficionado siempre se ha querido distinguir como un entendido. No sé si conocen ese artículo taurino de Rafael Sánchez Ferlosio que llamó así, “El entendido”, en el que cuenta por qué decidió dejar de ir a la plaza cuando bien como un aficionado había perdido toda su mañana ideando la manera de introducir ilegalmente en el coso decenas de rollos de papel higiénico, que pretendía tirar a Curro Romero nada más aflojara en su faena. Ferlosio entendió que aquel nihilismo era abominable y que ya había prendido en su magnífica vacuidad una sociedad de consumo alienante que construía también con el odio su cuenta de beneficios. El aficionado muchas veces se comporta así, eso que ahora llaman “haters” en las redes sociales, y necesita afirmar sus delgadas convicciones con rollos de papel higiénico. A mí siempre me ha parecido bien que el flamenco, desde luego, apele a un campo más allá de lo estricto del género. Obviamente, es lo mismo que ocurría con los puristas del blues con respecto al jazz, al rock’n’roll y no digamos al pop o a eso que ahora llaman música urbana. Sabemos lo que es flamenco y lo cerca que están del género la copla, la rumba, las sevillanas o eso que ahora llaman flamenquito. Flamenco es un campo expandido que, ¡ojalá no me equivoque!, se seguirá extendiendo. Desde el “Study nº 12” de Conlon Nancarrow hasta Camela el aficionado, aquel que tiene en su corazoncito a La Niña de los Peines y a su hermano Tomás Pavón, sabe muy bien qué es flamenco y cómo reconocerlo en la voz de Marifé de Triana, de Sal Marina, de Los Chunguitos, de la Banda de Música Soria 9, de Triana, de Mëstiza, de Manitas de Plata, de La Chirigota del Selu, de Emilio el Moro, del Pastor de Andorra, de Manuel de Falla, de Amalia Rodrigues, de Sílvia Pérez Cruz, de Rosalía o de Estrella Morente, por poner algunos ejemplos. ¡Y claro que los Gipsy Kings son flamenco!
Los “reyes gitanos” se llaman así porque Reyes es su apellido. El padre de Nicolás Reyes, su flamenquísimo cantante, era José Reyes, un notable cantaor gitano seguidor de Porrina de Badajoz y Calderas de Salamanca, también de Farina, en fin, especialmente conocido por ser la voz en los discos de Manitas de Plata, un guitarrista único –“en su propio estilo es el más grande”, dice José Manuel Gamboa–. Recordemos que Manitas de Plata es el único flamenco que apareció con un LP en una famosa y reciente lista que hacía balance de la música popular grabada desde finales del siglo XX. Manitas es verdaderamente fabuloso en su excentricidad, y José Reyes –no se pierdan sus “performances live” con el mismo Salvador Dalí–, una voz notabilísima, singular, que ha heredado su hijo Nicolás. Si pueden, lean “Cante moro” de Nathaniel Mackey, una excelente indagación poética sobre el rastro del flamenco y de Lorca en la poesía negra norteamericana, en la poesía misma; vaya, un texto que arranca con José Reyes, precisamente, para escándalo de puristas.
Pues bien, Nicolás Reyes con su primo Tonino Baliardo a la guitarra, hijo obviamente de Manitas de Plata, se pusieron a hacer rumba catalana; de hecho, lo que más le pedían en los saraos donde actuaban. El grupo crecía tanto por el lado de los Reyes como el de los Baliardo dependiendo del presupuesto, hasta que ficharon a Chico Bouchikhi, hijo de marroquí y argelina –su hermano Ahmed fue asesinado, por error, por agentes del Mossad israelí–, casado con una hermana de Nicolás, que disparó la ambición del grupo y los hizo subirse a lomos de la industria hasta convertirse en el fenómeno mundial que aconteció. Los discos de los Gipsy Kings tienen unas producciones lateras, de sonido brillante, como de laca, marcadas por la época, pero gracias a internet podemos tenerlas en miles de fiestas en directo donde suenan a gloria. Muchas veces se les acusa de comerciales y se me queda la cara a cuadros cuando se llega a tan arriesgada conclusión, en fin. Para mí, su versión de “Hotel California”, la que suena en “El gran Lebowski” (Joel y Ethan Coen, 1998), es muy superior a la de los Eagles.
Es importante entender la geopolítica de esta zona del sur de Francia para saborear bien el triunfo de los Gipsy Kings. Desde que Antonio Mairena institucionalizara la folclorización del flamenco como folclore, valga la redundancia, de los gitanos caló de la Europa meridional, hay que asumir que el flamenco no es algo exclusivamente andaluz ni español. La geografía del flamenco, muy ligada siempre a la historia colonial, abarca ya toda la península ibérica, incluida Portugal, el sur de Francia y también la cornisa del norte de África que recorren el Sáhara, Marruecos, Argelia y Túnez. Es increíble, por ejemplo, escuchar en los alrededores de Marsella, en Port de Bouc, a los Bolecos, una familia que huyendo de miserias y guerra fue arrastrada desde Almería primero a Ceuta, después a Marruecos, a Argelia y desde allí finalmente a Marsella, atravesados claro por la guerra hispano-marroquí, la Guerra Civil española y la Guerra de Liberación de Argelia. Toda esa memoria suena en una guitarra antigua, anterior al Niño Ricardo, que hace que Triana suene a Miguel Borrull y a Sabicas. En fin, todos sabemos que aunque la Cataluña española prohibió la fiesta de los toros, no fue así en la Cataluña francesa –donde el catalán sigue siendo minoritario– y Nimes y Arlés acogen ahora los mejores carteles y la afición más exigente del planeta. Además, la Camarga acoge simbólicamente a los gitanos de media Francia cuando convoca a Santa Sara en la romería de Saintes-Maries-de-la-Mer. En fin, es un fenómeno apasionante este de la invención de la Provenza, de la Camarga, un paraíso fundado primero en el imaginario sioux que trajo a Europa el Circo de Buffalo Bill y, después, en una Andalucía digna de Francis Lopez, el popular compositor vasco-francés de “La bella de Cádiz”. En fin, ya digo, las condiciones materiales que producen un fenómeno como los Gipsy Kings no fueron flor de un día. Entender su complejidad es también entender la complejidad del flamenco, curiosamente.
En los últimos tiempos hay varios proyectos que recogen el legado de los Gipsy Kings y por toda la región grupos diversos de gitanos, magrebíes y payos desarrollan la rumba catalana con una vitalidad que se ha perdido ya hasta en el Barrio de Gràcia. De hecho, ahora que se pretende que la UNESCO patrimonialice la rumba catalana –¡en fin, qué locura estos empeños heteropatriarcales!–, se están produciendo alianzas académicas y los antropólogos están dispuestos a inventar una escena global de la rumba catalana que incluya a todos los pueblos que pueden pulsar esa expresión a uno y otro lado de la frontera –no sé si se incluye a Andorra–. El musicólogo Faustino Núñez insiste cada poco en su provocadora tesis de que el problema de la rumba catalana es que no es catalana. Obviamente, la rumba catalana no es tanto un desarrollo musical como un constructo identitario imaginado por los gitanos catalanes y, sí, por supuesto, Peret, El Pescaílla o El Chacho son sus protagonistas. Como recuerda Faustino, en la grabación de su milonga Antonio Chacón ya incluye los rasgos musicales con los que quieren diferenciar al género rumbero catalán. Y no digamos “Recuerdos de La Habana”, rumba flamenca del año 1914, que grabó Pepe de la Matrona y que ya es eso, ventilador incluido. Cuentan que Antonio Mairena visitó Barcelona en busca de unos tangos sabrosos que recogían la memoría antigua de los gitanos andarríos por la Península. Estaba organizando su propia antología del cante flamenco y apostaba por lo enciclopédico, no quería dejar escapar nada. Sin embargo, escuchó a viejos gitanos de la Cera y Gràcia y aquellos tangos, farrucas y garrotines no le parecieron sino rumbitas catalanas, juguetillos que para él no tenían demasiada relevancia.
En fin, en fin, las cosas de Mairena. Es obvio, escuchas una rumba catalana y sabes lo que es, no se trata de origen, no se trata de patrimonializar nada. Los negocios de la UNESCO no han logrado acabar con el flamenco, así que la rumba catalana no tiene nada que temer. Fíjense, ahora que Bad Bunny recupera la bomba y la plena y a grandes como Rafael Cortijo o Ismael Rivera, los catalanes pueden volver sin duda a los orígenes del género. Escuchen al Chacho, a Peret, al Pescaílla –que con Lola Flores triunfó en las listas puertorriqueñas con su “Bomba gitana”– y verán las huellas de Cortijo tocando en los clubes del puerto de Barcelona desde finales de los años cincuenta su “El Chivo de la Campana”. En fin, la diversidad de la música caribeña va más allá de un grande como Miguel Matamoros por más que la musicología se empeñe en calas filogenéticas. Me temo que las músicas populares son más epidérmicas y no dependen tanto de la fuente. A Peret y al Chacho se les atravesó Cortijo y lo hicieron suyo. Es lo que hicieron a finales del siglo XIX los flamencos con la petenera mexicana “¡Ay, soledad, soledad!” y acabaron llamándolas soleares. Así que el ridículo de la patrimonialización UNESCO no puede desviarnos de qué significa una identidad móvil como seguirá siendo la de la rumba, les pese a los Antonio Mairena lo que les pese. La rumba catalana lo es no por patrimonio ni por arraigo, sino por transferencia, por desplazamiento, por movilidad. Todo lo demás es fascismo, eso mismo.
Así que Nicolás Reyes, verdadero rey de la rumba catalana aunque sea la del norte francés o el sur provenzal –toda posición geográfica es relativa–, me explicó emocionado cómo se cuajó aquella canción. Parece ser que estaban preparando una versión de Rubén Blades y Nicolás ya no se acordaba ni del título. Camino del estudio, donde el mismo Rubén Blades los esperaba, Nicolás iba tarareando un tema que se le iba olvidando a cada paso de cebra. Llegando al estudio ya no recordaba nada más que un hilo melódico y en ese había apoyado la improvisada letra: “Caminando por la calle yo te vi y, ¡ay!, me enamoré de ti”. Eso fue lo que le cantó a Rubén Blades, e improvisó un ayeo emocionantísimo para compensar que no se acordaba de nada más. Nicolás le dijo a Rubén que acabara él la letra, pero el panameño, emocionado, decidió que al tema ya le bastaba. Estaba redondo. No había mucho más que decir. La autoridad de Rubén Blades se impuso a las opiniones del productor y de los empresarios diversos, que dudaban de la efectividad de una canción con una sola frase, por larga que fuera. Siete fueron los autores que decidieron compartir la autoría: Jacques Baliardo, Jahloul Bouchikhi, Nicolás Reyes, André Reyes, Maurice Baliardo, Tonino Baliardo y Rubén Blades Bellido De Luna, por dar la nómina de apellidos completa según se registra en autores. La nómina de autores es más larga, por cierto, que la letra de la memorable canción. Lo más bonito del sincero relato de Nicolás es que, creo, efectivamente, que el flamenco se construyó así, más con el olvido que con la finalidad de ninguna cepa genética. La canción es eso mismo, un poema perfecto de Baudelaire. “Caminando por la calle yo te vi”, ¿no es esa la expresión que Aby Warburg buscaba para la Gradiva, la muchacha que camina? En efecto, “pathosformel”. Así discurre el ritmo, el son de las guitarras que, sí, parece que van andando. Y esos toques AOR de saxofón, algo que roza lo “pompier”, el adorno inútil pero que funciona. Después, Nicolás suelta ese ayeo continuado que no es lamento sino aspiración, esperanza. “Me enamoré de ti”. Y sigue el instrumental, el largo scherzo musical que destila la aspiración puesta en esa visión, en esa esperanza, en ese enamoramiento. Literalmente un scherzo, o sea, un jugueteo, un encabalgamiento, un trote musical. ¿No construimos así nuestros días? Yo me imagino perfectamente esa alegría, ese regocijo de quien vaya a despedir a Manuel Delgado y escuche como marcha fúnebre esta canción. Así, sí. Así, sí. Así, hasta merece la pena morirse. ∎