Álbum

Alcalá Norte

Dejémoslo como estaba › Balaunka, 2026

Las segundas partes nunca fueron buenas. Alcalá Norte lo saben de sobra, y quizá esa sea la razón por la que han decidido titular su nuevo disco “Dejémoslo como estaba”. No es falsa modestia, tampoco miedo o atrevimiento. El grupo ha redoblado su apuesta con once canciones más que añadir a su repertorio de rock de barrio con tintes épicos, a veces trascendentales. Suenan mucho más severos y contundentes que en su álbum de debut, tanto a nivel musical como en las letras. Prueba de ello es el final de “Arturo Soria”, canción seminal donde las haya: “¿Quién es el señor de las manos en la espalda? ¿Quién es ese man que me suena que te cagas?”. Se refieren, cómo no, al urbanista y geómetra que desarrolló las calles en las que crecieron, y también a Sauron, a Pitágoras, a Paganini… A todos ellos los une lo sobrenatural, el virtuosismo en lo suyo, el heavy metal.

Lo cierto es que había mucha expectación por ver cuál era el nuevo hit después de “La vida cañón”, algo con lo que ellos mismos bromeaban en redes. Sin embargo, las mejores canciones de este nuevo álbum se sienten más cerca de “La calle Elfo” por la maestría técnica que demuestran todos sus integrantes, sin excepción. Ahí está la modulación vocal de Rivas en “Los llamados pitagóricos”, un pick me-boomer instantáneo para todos los pacos de Madrid; la riqueza de la batería de Barbosa, que, antes que a post-punk estándar, ahora truena con puro heavy metal (ojo a esos redobles de platos y timbales en las partes más intensas), o los desarrollos del teclado de Laura, que infunden un aire barroco y mágico a los temas. Tampoco se quedan atrás las guitarras de Carlos Elías, el cerebro sonoro del grupo junto con Pablo Fergus, el productor, que se atreve hasta con el tapping; y, por último, el groove milimétrico de Admin (Pablo Prieto) al bajo, que resulta sencillamente infalible.

Se aprecia la intención de realizar una segunda lectura de muchas de las canciones de su anterior trabajo. Por ejemplo en “El endemoniao”, que mira fijo a “Los chavales”. También una pretensión de ahondar en los conflictos de clase en lo letrístico: canciones como “Campos de golf” parecen escritas en plena fiebre de movilizaciones por la vivienda, con dedicatoria a la presidenta. En “Claudia” retuercen más esta crítica social: a veces uno gana o pierde, pero todo el mundo quiere ser Cristiano Ronaldo y, para ello, necesita de una Claudia que le limpie la casa y esté por debajo. Lo único que no se entiende, y que muchos seguidores ven una boutade, son las dos canciones en francés e inglés, “Icare (LFDL)”, a modo de homenaje a la banda francesa de heavy metal Icare, y “Oscar The Tiny One”. Ambas parecen intros de anime.

Se las podían haber ahorrado para no alargar tanto la espera de “La Venta Nueva”, el temazo absoluto de esta nueva entrega. Irresistible por su eco de guitarras al revés, la entonación de Rivas –nunca nadie pronunció con tanta finura la palabra “Madrid” al final de un verso– y, sobre todo, por su letra, síntesis de un imaginario que en este nuevo disco adquiere el trazo grueso de Goya gracias a la portada de Carle Naide. Con ellos permanece ese “olor a porro, fritanga y gasolina” que no los abandona a pesar de su éxito y de haber creado “ocio y escuela”. ∎

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