El grupo de la década llegó al Movistar Arena de Madrid en la segunda parada de la gira europea que supondrá su consagración definitiva, alcanzada a la grupa de un álbum fabuloso como es “Dopamine Chamber”, publicado hace tan solo seis días. Pero ni el cantante Grian Chatten ni el guitarrista y teclista Carlos O’Connell hicieron nada en especial por ganarse al público, rendido de antemano. Mañana repiten en Barcelona.
Desde que su álbum de debut de 2019, “Dogrel”, se convirtiera inesperadamente en un éxito internacional, Fontaines D.C. ha estado actuando por todos los rincones del mundo, pero ha sido especialmente en el Reino Unido y Europa donde el quinteto dublinés ha alcanzado una notoriedad importante y ya es un grupo capaz de llenar estadios, aunque no aquí: ya sabéis lo hortera que es España, y eso que en la banda hay un miembro medio irlandés, medio español, Carlos O’Connell, que nació en Madrid en 1994 y vivió en Villanueva de la Cañada hasta los 18 años, pero decidió largarse a vivir a Dublín, una ciudad que consideraba, según me dijo en entrevista telefónica en octubre de 2019, mucho más interesante musicalmente que nuestra capital. Que fueran cabezas de cartel en el Primavera Sound de 2025 no contradice mi afirmación: a un festival se acude por TODO el cartel, al menos el de ese día y los que acuden a ver a un solo artista son minoría. Y aquí, anoche, a diferencia de la actuación que mañana ofrecerán en el Sant Jordi Club de Barcelona, donde ya se advierte de que no quedan entradas a la venta, sí quedaron entradas por vender en el Palacio de Deportes madrileño. No obstante, el céntrico recinto registró un aforo considerable que, sin haber recibido cifras oficiales, calculo en torno a los 12.000 o 13.000 espectadores. No puedo arriesgarme a cifrar cuántos eran irlandeses o británicos, pero sí se oían por doquier conversaciones en inglés.
En cualquier caso: ¡exitazo! Y eso que hacen rock, música anacrónica en esta época de Bad Bunnys, Shakiras, Aitanas, Rels B y Karol G… Sin embargo, el quinteto dublinés es un grupo excepcionalmente querido, hasta el punto de que los días antes del lanzamiento de su quinto álbum, “Dopamine Chamber”, publicado el pasado viernes, la expectación en los medios especializados era de las que se reservaba en el pasado para figuras estelares de la escena alternativa, casi al nivel de Nick Cave u Oasis.
Las expectativas no han fallado y “Dopamine Chamber” ha demostrado ser todo un señor álbum, una especie de segunda parte, mejorada, de “Romance” (2024), en la que hasta la portada ofrece una cierta sensación de analogía. Y apenas seis días después del estreno del disco ya los teníamos aquí, en la segunda fecha de su gira europea –que dio comienzo el miércoles en Lisboa– si no contamos un concierto benéfico que ofrecieron el 16 de octubre en el Roundhouse de Londres para tan solo 1500 personas. Un espacio infinitamente más pequeño de lo que precisaría en esa ciudad la banda irlandesa.
Lo dicho anteriormente acerca de lo hortera que es España no impide que los que estuvimos anoche fuéramos conscientes de que veníamos a contemplar la consagración de una banda que no me extrañaría que se convierta en la Gran Banda de Rock de lo que queda de década y, posiblemente, de la siguiente, unos más que dignos herederos del legado de U2, con los que no comparten ni estética ni parecidos, salvo el hecho de ser dublineses y que su futuro inmediato pase por llenar estadios de la manera que lo hicieron aquellos en los ochenta y noventa.
Fontaines D.C. se han traído como teloneros a la gira europea al dúo norirlandés Chalk, que debutó a principios de este año con su primer álbum, “Crystalpunk”, de sonoridad industrial, entre Nine Inch Nails y Killing Joke, y que en el escenario se convierten en cuarteto. Aviso para quienes acudan al concierto de Barcelona: la hora de su actuación no viene anunciada en la entrada, así que si no llegas a la apertura de puertas, las siete de la tarde, es posible que, como me pasó a mí, te los pierdas. Yo llegué a las ocho y media y la actuación de las estrellas de la noche –convertidos en sexteto para la gira, con la presencia del multinstrumentista Alexander “Chilli” Jesson, de Palma Violets y Crewel Intentions– no empezó hasta las nueve y se prolongó hasta más allá de las diez y media, con un total de 19 canciones. El repertorio de Fontaines D.C. en Lisboa y Madrid fue casi el mismo, con un ligerísimo cambio de orden dentro de las cinco primeras canciones: si en la capital portuguesa arrancaron con un regreso a sus orígenes con “Boys In The Better Land”, de “Dogrel”, en Madrid lo hicieron con el que puede convertirse en su éxito incontestable de “Dopamine Chamber”, “Tongue”, una canción fabulosa e hipnóticamente insistente y repetitiva, antes de lanzarse a tocar “Here’s The Thing”, “Nabokov” y “Boys In The Better Land”, la única canción de su primer álbum que interpretaron en el concierto. Luego le llegó el turno a “Marianne”, el primer single de “Dopamine Chamber” y su intento más evidente por crear un éxito pop (¡que ha funcionado!). En total, del último disco tocaron ocho de sus once canciones y solo se quedaron fuera “Demolition”, “One Man” e “Intimate”, descartes que considero incomprensibles en un disco tan completo y redondo como “Dopamine Chamber”. Sí hay que destacar que, de las 19 canciones de la noche, el grupo tampoco interpretó ningún tema de su segundo álbum, “A Hero’s Death” (2020), pero sí cinco del tercero, “Skinty Fia” (2022) –“Roman Holiday”, “Jackie Down The Line”, “Big Shot” “Nabokov” y “I Love You”–, y cinco de “Romance” –“Here’s The Thing”, “Favourite”, “In The Modern World”, “Bug” y su mayor éxito hasta el momento, “Starbuster”, una canción de las que solo salen una por generación–.
Que el concierto fue un éxito es indudable, pero que el grupo tiene que mejorar también. Su presencia escénica no transmite la energía que desborda su repertorio. El cantante Grian Chatten –que salió al escenario con una camiseta en la que se leía “Eire”, el nombre en gaélico de Irlanda, de agresiva tipografía– se comporta lánguidamente y no levanta a las masas. Al menos aquí. Y pese a que en Fontaines D.C. hay un madrileño que habla un castellano perfecto y podría comunicarse con el público sin problemas, O’Connell se limitó a dar las gracias un par de veces y a dedicar “Happy For You” a su profesora Rosa, de la que dijo que se encontraba anoche en el recinto. Apenas hubo intervenciones por parte de Chatten, que se limitó a gritar “Free Palestine” al finalizar “Big Shot”. Como el público estaba rendido de antemano, tampoco importó esa aparente desgana. A modo de curiosidad, Conor “Deego” Deegan III, el bajista, se pasó medio concierto con la capucha de su parca puesta… Si nosotros teníamos calor abajo, no quiero imaginarme cómo lo estaría pasando él, en su rol de fashion victim o esclavo de la pose.
El concierto –las quince canciones antes del bis– finalizó con Chatten cantando su parte y la de Rosalía en “Where Is Gone?”. Nadie ha dicho nada al respecto, pero de haber “sorpresa” esta se tendría que producir en la casa de la primera cantante invitada en la discografía del quinteto irlandés. Y después de las cuatro canciones del bis, cuando se encendieron las luces, la megafonía nos hizo escuchar “Some Velvet Morning”, el clásico de Lee Hazlewood y Nancy Sinatra, en la versión de Rowland S. Howard y Lydia Lunch. Nos fuimos satisfechos, pero no estará de más que “el grupo de la década” busque mejorar sus habilidades sociales. El camino que les espera es de baldosas amarillas… si saben apreciarlo. ∎