“No podría haber previsto cómo saldrían las cosas o cuántos años duraría la banda”, explica Molly Hamilton desde su apartamento en el barrio de Bushwick, en Brooklyn, Nueva York. “Al principio nos inspiraban mucho las bandas con carreras largas, Yo La Tengo y Bill Callahan o Smog. Me encantan los artistas que siguen haciendo lo suyo y no necesariamente reinventan su sonido una y otra vez, sino que simplemente profundizan en él. Siempre esperé ser ese tipo de banda, pero hubo muchos momentos en los que pudimos haber tirado la toalla”.
Vocalista y compositora, los años han armado a Molly de confianza. Le han permitido superar el tremendo miedo escénico que hacía que en sus primeros discos su voz sonara casi hundida en la reverberación. No solo se siente más cómoda sobre el escenario sino también a la hora de escribir. “Empecé muy insegura de mí misma”, recuerda. “Miro atrás y amo canciones de una manera diferente, porque son frescas y crudas. Con el tiempo eso se ha vuelto mucho más cómodo y propicio para que las canciones surjan de manera orgánica. También significa que profundizo más en las canciones porque puedo saltar a ellas desde un punto un poco más profundo. Me presiono para ser mejor escritora. Ahora disfruto lo que significa que al escribir canciones, siento que puedo desafiarme. Y nos movemos alrededor del núcleo de la banda, hay un sonido y no nos desviamos demasiado”.
La carrera de Widowspeak –el dúo lo completa el guitarrista Rob Earl Thomas, pareja no solo artística de Molly– ha estado ligada desde sus inicios al sello independiente de Brooklyn Captured Tracks, hogar también de Mac DeMarco, DIIV o Wild Nothing. Widowspeak llegó en una era floreciente para la escena de Nueva York antes de que se desvaneciera y se llevara por delante a muchos de aquellos grupos que sonaban cuando lanzaron su debut. “Siento que a veces no éramos la banda más emocionante”, admite Molly. “Siempre salía alguna otra. Tal vez somos un poco no olvidables, pero en el contexto de la música, siempre estuvimos haciendo lo nuestro tranquilamente. Ser una banda de moda probablemente pueda poner mucha presión para intentar hacer cosas que den continuidad a ese momento. Puedo ver cómo eso fractura las relaciones personales. Y si eres un artista solista, aún más, porque tienes más presión sobre ti mismo. Lo vimos un poco cuando empezábamos, aunque para nosotros fue genial, porque pudimos tocar con bandas grandiosas y salir de gira. Pero muchas de esas bandas ya no existen. Supongo porque subes muy alto y luego es difícil mantener esa energía”.
El dúo decidió abandonar Nueva York en 2014, “cuando la escena de Brooklyn se estaba desmoronando”, recuerda Molly, y no parecía tan importante estar atados a la ciudad. Primero asentados en el estado natal de ella, Washington, y luego de nuevo al norte del estado de Nueva York. “Siempre estábamos intentando encontrar un equilibrio entre un alquiler barato, un sistema de apoyo y salir de gira. Washington estaba lejos de nuestras conexiones musicales. Me encantaba, pero era un poco más difícil. Y el ‘upstate’ de Nueva York era realmente mágico, pero empezamos a sentirlo somnoliento. Así que regresamos a la ciudad en 2020, aquí es donde empezamos y aquí la banda se guarda en su corazón”.
Llegados a este punto es inevitable sacar a relucir el nombre de Geese y todo lo que ha rodeado al grupo desde su verdadera irrupción el año pasado y la explosión final de los últimos meses. “En Nueva York se habla mucho de que las guitarras han vuelto. La controversia sobre si lo de Geese ha sido algo prefabricado o no está ahí. Creo que quizá todo está probablemente sucediendo detrás de una escena y simplemente no lo sabemos. Pero cualquier cosa que lleve a la gente a un concierto o festival en el que estén emocionados por la música me parece bien. Una cosa es fabricar ‘hype’ en internet, pero si eso lleva gente a conciertos y la música indie empieza a revivir un poco con una nueva generación, en última instancia, es algo bueno”, asegura, y dibuja paralelismos con la gran escena indie de hace dos décadas: “Cuando tuvo ese momento cumbre, muchos eran solo chicos que escuchaban algo genial y luego querían subirse al carro. La idea de la autenticidad en la escena musical me importa mucho, pero no todo el mundo sabe de qué se trata. Necesitamos sangre fresca. En la música indie hubo un bache; cualquier cosa que reviva eso significa que va a haber nuevas bandas, nuevos locales…”.
Si la música de guitarras ha revivido, y no solo en Nueva York, es gracias a una nueva escena de grupos y artistas, algunos de ellos con un nexo en común, Alex Farrar. El productor de MJ Lenderman, Wednesday o Snail Mail también está detrás del sonido de “Roses” (Captured Tracks-Popstock!, 2026), el séptimo álbum del grupo. Explica Molly: “Decidimos trabajar con él basándonos en que nos encantaba lo que había hecho. Me encantó cómo era capaz de hacer que esos álbumes se sintieran grandes pero también íntimos, y de alguna manera extraer un equilibrio genial. A veces existe esta idea de hacer las cosas muy grandes y creo que sus discos tienen este equilibrio. Habíamos grabado el disco en Grecia y Rob lo produjo, pero todo lo que teníamos estaba bastante crudo, necesitaba una mano experta para mezclarlo de la manera adecuada. Creo que Alex hizo que el disco sonara como suena en el sentido de afinar dónde se asentaba cada cosa. Creo que hay algo muy especial en los temas que suenan crudos, pero también creo en un poco más de producción”.
¿Por qué Grecia?, cabe preguntarse. “¿Y por qué no?”, dice ella, con toda la razón. “Nos enteramos del estudio y cuando mirábamos cuánto costaba en comparación con grabar en Nueva York en enero, decidimos ir allí. Cuando estás en casa tienes tus comodidades, puedes ir a trabajar y al estudio. Pero a veces estar en un estudio del que no puedes salir beneficia a la música. Estar en una hermosa isla griega en temporada baja se prestó para hacer un disco un poco más enfocado, un poco más suave”.
Molly menciona el precio de la vida en Nueva York y el hecho de compaginar la música con trabajos estables, algo que Widowspeak ha hecho desde sus inicios: “Creo que Nueva York es demasiado cara. Esta no es la gran revelación, pero está llegando a un punto en el que los artistas no están haciendo un arte tan bueno como podrían si no tuvieran que trabajar para pagar el alquiler. De los que vas a oír hablar seguramente son los que tienen padres ricos”. Aunque tampoco sea algo nuevo: “Incluso en los viejos tiempos, cuando todos pagábamos la mitad de alquiler, había gente con padres ricos solo holgazaneando por la ciudad. A veces veo a personas de mi edad, a finales de los treinta, a quienes sus padres todavía les pagan el alquiler. Espero que algo cambie con Mamdani de alcalde, porque se preocupa mucho por bajar el coste de vida. Quizá haya más flexibilidad para que las artes sigan teniendo apoyo, porque tienes que tener tiempo, es lo más importante. Cuando tienes que trabajar 50 horas a la semana no vas a tener tiempo para trabajar en el arte”.
Hamilton no solo escapa a esa mitificación de la figura del artista. No esconde su trabajo como camarera en un restaurante e incluso plasma esas sensaciones en algunas de las canciones de “Roses”, como “Hourglass”. “Debemos tener trabajos estables porque no estamos de gira constantemente. Nos ayudan a no tener que depender de la música, lo cual, creo, nos quita presión. Podemos trabajar en ella lentamente, escribir canciones y hacer un disco cuando estemos listos. Es realmente importante para mí durante el proceso artístico no tener la presión de sobrevivir de esto”, afirma. “Con el tiempo me he sentido muy cómoda con la idea de que no hay nada de qué avergonzarse. Por alguna razón, con la música a veces existe esta presión de decir ‘esto es todo lo que hago, estoy cuidando la imagen de quién soy y cuál es mi valor en la sociedad al hacer parecer que tengo el control de mi mundo, de mi tiempo’. Esa es una ilusión con la que la gente lucha. El trabajo puede ser esta cosa que te aterriza, hacerte poner todo en perspectiva y que todo lo que haces en tu tiempo libre valga más la pena. Mientras que si solo haces un trabajo que es creativo o musical o autorreferencial, te hace concentrarte demasiado en ti mismo y menos en cómo existes en el mundo o en lo que el mundo está haciendo”. ∎