Los hermanos Alejandro y Estevan Gutiérrez son ya claramente dueños de un sonido propio, uno que admite variantes sin dejar de ser, en esencia, el diálogo intuitivo entre dos guitarras cargadas de reverb, conversación enmarcada en paisajes vastos y solitarios, siempre muy cinematográficos, como de neowéstern. Siete discos después, siguen recordando a los Calexico de hace dos décadas, como ha señalado el propio Joey Burns en alguna entrevista: los mismos ritmos latinos, los mismos silencios tan importantes. Pero hay algo en su paciencia como compositores y músicos que los aleja de la americana, los acerca al ambient y los hace únicos.
Hablábamos al principio de variantes. En el explícitamente titulado “Sonido cósmico” (2024), producido con equipo vintage por Dan Auerbach (The Black Keys), se atrevían a cultivar no solo lo espacioso, sino también lo espacial. Y en este nuevo disco, también del brazo de Auerbach, abandonan los escenarios desérticos o astrales para dejarse inspirar por los paisajes y el espíritu de los Andes, que atraviesan de lleno Ecuador, el país donde nació su madre, en Playas, en concreto; el cóndor del título es el de su bandera. En sus viajes allí como niños conocieron, según explicaron al ‘GQ’ mexicano, “una ternura y un cariño” que no han vuelto a encontrar.
Quizá por eso ya desde la inicial “Canto andino” se nota una suavidad todavía mayor en su forma de acercarse a las cuerdas. El corte de apertura remite a ese nuevo horizonte, a un recorrido en tren por la cordillera andina. Alejandro se atreve con el charango, esa pequeña guitarra característica de la región, como en otros tres temas. Por su parte, Estevan toca en cada pista con la guitarra acústica que su padre le regaló cuando tenía 8 años y con la que de niño tocaba milongas, una tradición presente en “Alma mía”, solo que revisada estructuralmente para acercarla a los Hermanos Gutiérrez: una larga introducción, un giro rítmico a mitad de tema, una outro para desaparecer dentro, etcétera.
El corte titular empieza como “Hotel California” de los Eagles, pero esto va de otra ave rapaz, de su sabiduría. Las largas notas de lap steel parecen musicar su vuelo planeador. “Yanantin”, homenaje a la montaña sagrada, lleva la delicadeza del dúo al extremo: guitarra clásica, slide y leves detalles de órgano y armonio. “Tren Macho” adopta el ritmo esperable en un tributo a un ferrocarril de rica historia, inaugurado en 1926 para unir los pueblos de Huancayo y Huancavelica. “Waway” avanza ya desde su título, en cierto modo, el juego con el wah-wah, conexión con la atmósfera sideral del anterior disco.
En conjunto, otro monumento al minimalismo que ayuda a replegarse y, por qué no, meditar en tiempos de ruido ensordecedor y distracción constante. Que sugiere en lugar de imponer. La ausencia de letras y el espacio entre las notas nos invita a completar la visión, a incorporar nuestras propias imágenes a la película. ∎