Crecer sin desvirtuarse. Evolucionar sin traicionarse. Progresar sin autonegarse. Es evidente que Viva Belgrado han buscado eso durante los tres lustros que está a punto de rebasar su carrera, concretada en cinco álbumes. Han ido ampliando su campo de batalla, amplificando su rango estilístico con cada nuevo trabajo, en un proceso que alcanzó cumbre con el rotundo “Cancionero de los cielos” (2024), uno de los trabajos más sobresalientes (para quien esto firma) de la cosecha rock estatal de hace dos años. Ahora han decidido reforzar su veta más luminosa, la más abiertamente pop, en un trabajo con menos aristas, y que refulge como prendado de una mayor sencillez en estructuras y en textos, pero prácticamente reteniendo el halo cautivador de aquel. Tan solo Cándido Gálvez permanece como único miembro fundador, ya que el bajista Ángel Madueño dejó su plaza –hace casi dos años– para que la ocupara Cris G. Sánchez. En ese giro ha sido esencial la aportación de Ricky Falkner a la producción, tomando el relevo a Santi Garcia.
Permanece ese concepto físico del rock, de dinámicas tensionadas, de riffs de guitarras acerados y cambios de ritmo demoledores, tan propio de quienes se han curtido en la escuela post-hardcore, aunque esa impronta se vaya diluyendo con el tiempo: es algo que siempre acompañará también, por cierto, a sus amigos Cala Vento, quienes aquí prestan sus coros a “Menquitofla” (jugando con la palabra “flamenquito”), el verso más suelto del álbum por lo que tiene de adaptación de un palo flamenco a cierta sonoridad surf punk o incluso fronteriza, con el apoyo de la guitarra de Alain Johannes (Queens Of The Stone Age, Them Crooked Vultures, Arctic Monkeys). En cualquier caso, tampoco es exactamente la colección de canciones pop que podrían haberse marcado y que podríamos haber augurado tras el sensacional estallido melódico de “Súper futuro” (con guiño a quien fuera alcalde de su ciudad, Julio Anguita, en su letra), servida en su momento como adelanto y aquí cerrando el tracklist, y que cumple una función similar a la que jugó “Un tragaluz” en su anterior álbum o la que cumplió “Favourite” en el cuarto disco de Fontaines D.C., por ejemplo. Pero ni los dublineses ni los cordobeses se han entregado a una suerte de visión propia del jangle pop o del pop diáfanamente indie (ni mucho menos) en sus dos quintas entregas largas, separadas por solo una semana. Es todo un poco más complejo.
Las texturas ensoñadoras del shoegaze, una de sus filias, se cuelan en el estribillo de “Un andalucito más”, entre un arranque y unos puentes que brindan su proverbial contundencia instrumental (con otra referencia local, esta vez al vareo del olivo). Y también cobran poder de seducción en “Y fluye”, que alude al título del álbum: la metáfora del río para resaltar lo relativo de todo, nuestra propia insignificancia. No es de extrañar que la memoria sea uno de los ejes centrales de este trabajo. La encrucijada existencial y laboral, el preguntarse sobre sus propios trabajos y su rol como músicos en nuestra sociedad, que era una de las claves de su anterior disco, apenas asoma aquí en “Calienta que sales”, y lo hace desde una perspectiva menos angustiosa. Algo que es extensible a la adictiva “Demasiado pasado”, en la que los resabios del screamo apenas emergen en el puente que lleva a su estribillo. Hay incluso un espléndido medio-tiempo-casi-balada como es “Varios demonios”, un nuevo y sutil brote electrónico en “Amor a 136 bpm” (que está más cerca de Alizzz, por ejemplo, que del drum’n’bass que exploraron junto a Erick Urano en “Jupiter And Beyond The Infinite” hace dos años) y hasta una canción abiertamente de amor, “Amor en Em”. Vaya, me doy cuenta de que se repite la palabra “amor” dos veces. Significativo. Pero también nos brindan una breve andanada decibélica como es “El deber de ofender”, dos minutos abiertos con un descorche que me recuerda al de “Something Against You” de Pixies.
Fieles a su cadencia, espaciando y madurando sus entregas (aunque esta vez han tardado menos), el cuarteto cordobés sigue sin dar un paso en falso. Ojalá este disco contribuya al salto de audiencia que (creo) merecen. Tiene todas las trazas. Para que les descubra más gente. Para que espabilen y abran las orejas los despistados que aún piensan que Viva Belgrado y Viva Suecia juegan en la misma liga. De momento, el ritmo de la preventa del disco y el aforo de las salas que acogen su gira –a partir de enero– ya lo sugiere. ∎