Una camiseta de Swans que defiende la castración pública. Adolescentes que queman iglesias en el país más avanzado de Europa. Steve Albini cantando una canción basada en un pueblo en el que todos sus habitantes abusan sexualmente de sus hijos. Cruces gamadas, esvásticas y devoción por asesinos en serie o líderes de sectas satánicas, tanto en la escena industrial de Throbbing Gristle o Psychic TV como en el folk oscuro de Death In June.
Todos estos elementos contraculturales propios de las vanguardias artísticas y musicales que desafiaron a la sociedad burguesa acomodada y blanca del siglo XX han devenido ahora en un peligroso nihilismo reaccionario y violento que tiene un impacto real en los gobiernos y sociedades occidentales difícil de contener. Esta es la tesis que defiende Manuel Moreno (Madrid, 1977), escritor y editor al frente de Libros Walden, en su nuevo libro “Extremo. Cómo la cultura de la transgresión y su censura nos han llevado al fascismo”. Con voluntad enciclopédica, Moreno analiza con precisión quirúrgica en más de 400 páginas todo el arte incómodo del pasado siglo y sus distintos formatos, incluido el cine de David Cronenberg, David Lynch o Pier Paolo Pasolini, los cómics de Alan Moore o las novelas de Chuck Palahniuk y Bret Easton Ellis, sin olvidar al padre de todos ellos, William S. Burroughs. También se detiene en crímenes violentos que conmocionaron al mundo entero –desde los perpetrados por la familia Manson hasta las niñas de Alcàsser– y masacres de inspiración nazi como la de Anders Breivik en Noruega, que sirve de inspiración para grupos aceleracionistas de extrema derecha diseminados por todo el mundo y escondidos en el filtro burbuja de Internet y sus redes, de Discord a 4chan.
Todo confluye en un punto de no retorno: el nuevo milenio, cuyo acontecimiento estrella es el 11-S, “la mayor obra de arte de todo el cosmos”, como diría el músico Karlheinz Stockhausen, que coincide a su vez con el nacimiento y el auge de ese nuevo depósito de lo abyecto que es la red de redes. Esa declaración, por la que el compositor alemán fue muy criticado, lo convirtió en una de las primeras víctimas de la cultura de la cancelación de nuestros días, en la que Moreno también repara en los últimos episodios del libro.
Del mismo modo, cita al artista visual neoyorquino Joshua Citarella para demostrar cómo la energía juvenil que antes se canalizaba en la música ahora se proyecta en la política. “En lugar de pósteres de bandas, los chavales cuelgan banderas en su cuarto”, asegura Moreno. “Las ideologías son subculturas en el sentido en que antes lo podían ser las tribus urbanas, en esa mezcla de sentirse diferente y, a la vez, encontrar una comunidad que te otorgue pertenencia”. De ahí la política a golpe de meme que actualmente vivimos, en especial dentro de la burbuja reaccionaria pero también en el movimiento contrario, lo woke, con bromas virales sobre asesinatos públicos como el de Charlie Kirk echando más leña al fuego en una guerra cultural que no deja de recrudecerse. Mientras tanto, la alt-right y sus voceros –Moreno menciona incluso a Vito Quiles, Javier Negre y demás agitadores de extrema derecha– se escudan en ese viejo argumento repetido de que “ya no se puede decir nada”.
¿A dónde nos ha llevado esto? Según sugiere Moreno, a una domesticación del arte y la cultura. “Ningún riesgo, ninguna originalidad, todo calculado y contrastado con el algoritmo para triunfar y, sobre todo, para no ofender a nadie”, remarca en las páginas finales. Tal vez por ello, su colega Oriol Rosell, autor de “Un cortocircuito formidable. De los Kinks a Merzbow: un continuum del ruido” (2024), libro que explora sendas culturales similares, afirmó que ya no tiene sentido apostar por un mensaje violento o incómodo en toda obra artística. De ahí la carta de arrepentimiento de Steve Albini en 2021. Ya no había ningún pedófilo al que idolatrar. Básicamente, porque lo más revolucionario hoy en día es el silencio y la invisibilidad. Apagar la pantalla, salir a la calle. ∎