Tiene su aquel ver a Chaka Khan tratando de competir con Lizzo, Dua Lipa o Kylie Minoque a sus 73 años. Historial no le falta. Lo que no resulta tan estimulante, y desde luego menos convincente, es su apuesta por esta clase de álbum: la clásica maniobra tramada para agradar a casi todo el mundo y, precisamente por eso, no terminar de seducir a prácticamente nadie. La literatura promocional nos avisa de que aquí no hay baladas, solo activos pensados para la pista de baile. Es cierto. Pero cuando la de Chicago se sale del molde disco funk, la cosa embarranca. En ese sentido, en esa búsqueda de un común denominador, me recuerda a las últimas entregas de otras leyendas de la era de las bolas de espejos, como Nile Rodgers o Cerrone. Artefactos excesivamente aferrados a dos o tres cánones tallados hace décadas, como objetos inanimados de silueta tan bien definida como predecible, sin actualización alguna.
Entiendo que gran parte del debe ha de recaer en Greg Kurstin, el hombre capaz de lograr que hasta Foo Fighters suenen –relativamente– a objeto de deseo en un club nocturno (“Medicine At Midnight”, en 2021, al margen de otros trabajos para Beck, Adele o Sia, quien aquí coescribe con él y con Chaka todos los temas y aporta su voz en “Heart Of Gold” y “Cool You Down”), que es quien aquí se esmera en la producción del que es el primer disco de Chaka Khan desde antes de la pandemia. Desde “Hello Happiness” (2019), un trabajo más centrado en lo que mejor sabe hacer.
El tema titular, “Boogie’s In My Soul” (con rapeado de Snoop Dogg), “Curious Subject” (un poco más electro), “I Know You Can” y “Heart Of Gold” (ojo al solo de guitarra de Kurstin) son pelotazos de música disco sin complicaciones, y precisamente por eso funcionan. Tampoco está mal el giro R&B de “Cool You Down”. Pero las cosas se tuercen cuando le da por el mainstream ramplón en “Now And Forever” o en “Bring The Party”, esta última con un Lenny Kravitz que no aporta nada sustancial ni a la voz ni a la guitarra. Tampoco cuando “Always Love The Challenge” incurre en una sobreelocuencia que recuerda a Imagine Dragons. Ni siquiera cuando se sitúa en clave de afropop bien licuadito, al estilo de Burna Boy, Rema o Tems, en la final “Dreamy Stuff”. El artwork, imitando con guasa la figura de Godzilla que ya se colige desde el título, contribuye a redondear el anecdótico porte de este decimotercer disco en su carrera. ∎