Álbum

Eels

Cookie Happened › E Works-[PIAS] Ibero América, 2026

El gruñón de Mark Oliver Everett regresa más travieso que nunca con su nuevo álbum de misterioso título, “las galletas sucedieron”, que remite a Barrio Sésamo, el Monstruo de las Galletas –muy curiosamente, un personaje con acento extranjero en la versión original– y la filosofía estoica que desprende el personaje (además de los restos de bizcocho que salen de su entrañable voracidad cuando se los come): hay que alegrarse por lo bien que lo hemos pasado y no deprimirse cuando ya no nos queden más galletas, o no las podamos saborear porque estemos muertos. En realidad, es un pensamiento epicúreo: ¿para qué preocuparnos de la muerte si cuando ella está nosotros no y viceversa?

A lo largo de sus doce canciones no hay rastro del “Mah nà mah nà” (1968), del gran Piero Umiliani, que al año siguiente versionó Giorgio Moroder y, un poco más tarde, lo siento, no Cookie Monster, sino otro personaje olvidado del mismo barrio llamado Bip Bippadotta. Entre las canciones que sí aparecen en el decimosexto álbum de Eels, todas originales –coescritas, según el caso, junto con Kelly Logsdon alias Koool G Murder y, menos, el guitarrista Michael Sawitzke aka P-Boo–, destaca “New Story”, aunando inventiva y accesibilidad para plantear de paso la vieja dicotomía existencial entre determinismo y libertad: “¿Necesito magia o soy libre para salir de este infierno?”. Pero que nadie se haga ilusiones, “Cookie Happened” no repasa la historia de la filosofía occidental, sino que remite, empezando por “Clobbered” (“apaleado”) desde su pole position, ya no a la vida del autor, sino a la de cualquier tipo medio que lleve ya unas décadas chapoteando en la finitud. En este sentido, las canciones de E son verdades universales.

Ese contraste entre luminosidad –musical– y pataleo –lírico– se repite a lo largo de un trabajo diésel, de esos que van de menos a más, que también requieren de repetición y que recuerda un poco a Bill Fay por el fraseo vocal de Everett y las referencias religiosas –“Cap In Hand”–, aunque el californiano se regodee en la amargura y la autocompasión: “Cuando averigüe hacia dónde voy, será demasiado tarde para cambiar”, se lamenta en “All Forgotten”. Su base eléctrica y orquestal, similares a las del anterior “EELS TIME!” (2024), marcan las premisas sonoras de un álbum más de Eels que se las apaña para no aburrir con variantes como la balada jazzística “One Razzle, One Dazzle”, un tema que no desentonaría en el “Nighthawks At The Dinner” (1975) de Tom Waits.

La grandiosa “I’m On Standby” parece cambiar la narrativa pesimista del disco, ya a pleno gas, combinando su melodía memorable con pop electrónico y los arreglos sinfónicos precitados. Bajo la forma descafeinada del optimismo realista, la esperanza alumbra al fin las desavenencias con la vida del protagonista de “Cookie Happened”, haciendo de alguna manera realidad su leitmotiv sin desairar el humor negro clásico de Eels –¡esa calavera baloncestística de la portada augurando un futuro sin galletas!–, y aunque en la sencilla “Dum Dums” declare “Me gustaría que el mundo fuese un lugar hermoso, con una sonrisa hermosa en cada rostro, gente de buen corazón compartiendo su riqueza, pero el mundo está lleno de bobos y zorritas”. Ya sabemos que E no va a renunciar al personaje a estas alturas de la película. Lo dice con claridad meridiana en “The Way That I Was Made”, la pieza que cierra el disco bianual de rigor de Eels, el mejor en lo que va de década. ∎

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