Dicen que no se puede volver adonde fuiste feliz, y con Teenage Fanclub uno lleva media vida intentándolo. Empezaron haciendo ruido en “A Catholic Education” (1990), con las melodías enterradas bajo guitarras saturadas, y en cinco años las desenterraron a golpe de tres discos más grandes que la vida: “Bandwagonesque” (1991), “Thirteen” (1993) y “Grand Prix” (1995). En “Songs From Northern Britain” (1997) levantaron el pie del acelerador y enseñaron otra forma de ser ellos, más pausada y contemplativa, sin necesidad de subir el volumen. Ese era el sitio. Han pasado casi treinta años y, disco a disco, se han ido aguando.
“Do Not Dare To Dream” es el tercero sin Gerard Love, que se bajó del barco en 2018. Norman Blake y Raymond McGinley se reparten las diez canciones a medias y las llevaron sin arreglos cerrados a Black Bay Studio, en la isla hebridiana de Great Bernera, para que Francis Macdonald, David McGowan y Euros Childs terminaran de vestirlas. Lo más vivo del disco es Childs, con cuerdas de Solina en “Tomorrow People”, flautas de melotrón en “Take Time” y, de propina, el órgano de iglesia Domus del estudio asomando en “Over And Over”. Cuando es el teclista quien reparte la luz y la sombra, las canciones ya no se sostienen solas. Las que pueblan este disco están muy lejos de las de aquel trío que se pasaba el micrófono como quien se pasa un balón.
El título del LP parte de una de las canciones, “I Do Not Dare To Dream”, con el pronombre amputado: en ella Blake se ríe de esas frases de taza de desayuno que te animan a atreverte a soñar. Como en “Nothing Lasts Forever” (2023), hay aceptación después de la tormenta. Las letras hablan de quedarse en la cama hasta pasado el mediodía, de no reconocerse en el espejo, de buscar dónde aterrizar, y “There Was You” o “Day In The Sun” celebran una calma ganada a pulso. Todo está bien tocado y resulta amable, y ahí se queda.
El punch de los primeros noventa ya no está, y tampoco la magia serena de 1997, la que conseguía que una canción de tres minutos te arreglara la semana. Los directos de sus giras más recientes ya lo iban avisando y el disco lo pone por escrito. La madurez, aquí, suena a despedida, a banda que se mira las manos y sabe hasta dónde llegan. No pueden ser los que recordamos y tienen la decencia de no fingirlo, pero eso no basta para emocionar. Como cantaba Chet Baker, “the thrill is gone”, y no hay isla de las Hébridas que lo traiga de vuelta. ∎