n el siglo XIX corrió el rumor de que Niccolò Paganini había vendido su alma al diablo a cambio de tocar el violín con una destreza imposible. Tanta gente se lo creyó que, cuando murió en 1840, la Iglesia se negó a enterrarlo en un cementerio católico y su cuerpo pasó más de treinta años sin sepultura definitiva. Un siglo después, en el sur de Estados Unidos, se contó algo parecido del bluesman Robert Johnson: según la leyenda, fue a medianoche a un cruce de caminos, le entregó su guitarra al diablo y, a partir de ese pacto, empezó a tocar como un virtuoso. Cada vez que un músico triunfa muy deprisa, vuelve a aparecer el mismo mito. En la primavera de 2024, una canción de un grupo de amigos de Ciudad Lineal empezó a pasar de móvil en móvil. Se llamaba “La vida cañón” y acabó llegando a Rosalía. Alcalá Norte llevaban cinco años ensayando versiones con el nombre del centro comercial donde se conocieron, y de pronto estaban tocando en el Primavera Sound, recogiendo premios y encadenando más de cuarenta conciertos. El 20 de febrero tocarán en el Movistar Arena de Madrid, delante de quince mil personas, y el 26 actuarán en Valencia. En marzo pasarán por Santiago de Compostela (6) y Barcelona (20). Y el 24 de abril, cita en el Foro Puebla de Ciudad de México.
“Dejémoslo como estaba” (Balaunka, 2026) es el nombre de su segundo disco, que se publica mañana. El diablo asoma en tres de sus canciones. En “El hombre planeta”, que recoge la leyenda de Paganini tal como la contó el poeta Heinrich Heine y la convierte en la historia de un asesino celoso. En “El endemoniao”, donde Nietzsche aparece poseído por un demonio. Y en “Icare (LFDL)”, su versión de “Fils de Lucifer”, una cara B de 1985 del grupo de heavy metal francés Icare.
Lo acompañan otros grandes nombres de la historia: Goethe en “Valmy”, Pitágoras en “Los llamados pitagóricos”, Dostoievski en “Campos de golf” o Shakespeare en “Oscar The Tiny One”. Todos deambulan por un disco en el que Goya convive con “El señor de los anillos”, igual que en la portada, donde unos monjes sacados de un dibujo goyesco miran a Arturo Soria trepar por un monolito con Mordor al fondo. Filosofía, historia y esoterismo pasados por el filtro del pop, en un trabajo que sus propios autores se toman con bastante sorna. Ellos también firman sus pactos con el diablo: pequeños, casi a diario, para que el grupo siga funcionando dentro de la industria. Conversamos sobre todo ello con Álvaro Rivas (voz y letras), Laura de Diego (teclados) y Carlos Elías (guitarra). El bajista Pablo Prieto también estuvo pero no intervino en la charla. Solo faltó el batería Jaime Barbosa, quien no pudo estar con sus compañeros en esta cita con Rockdelux.
En este nuevo disco hay ideas de las primeras canciones que reaparecen al final, como si el recorrido se cerrara sobre sí mismo. ¿Lo habéis pensado como un círculo o como una línea recta, a la manera de la Ciudad Lineal?
Rivas: No me extraña que lo notes, porque es justo lo que le pasó a Arturo Soria: su idea era hacer una calle larguísima, en línea recta, y el ayuntamiento de Madrid le dijo que por qué no la hacía circular, en torno al centro. Soria era un gran amante de Pitágoras, se consideraba el último gran neopitagórico. En la canción mezclamos su pasión por los poliedros con cómo acabó su proyecto urbanístico, y le vacilamos un poco con eso: después de pelearse con poliedros de muchas caras, siente que le debe algo a la esfera, la tira contra el suelo y la esfera se rompe. Ese es su círculo cercenado, porque de los cuarenta kilómetros que proyectó solo construyó cinco. Y que era pitagórico lo descubrimos después de escribir “Los llamados pitagóricos”. Lo del pitagorismo es una puta risa que nos ha permitido aupar a Arturo Soria a lo alto del monolito en la portada.
La portada toma el título de un dibujo de Goya y lo llena de monjes, de Mordor y de Arturo Soria trepando por vuestro monolito. Es un paisaje poco apetecible. ¿Qué es exactamente lo que hay que dejar como estaba?
Álvaro: La referencia que da nombre al cuadro es un dibujo del “Cuaderno C”, un grupo de dibujos que Goya hacía para su intimidad. De ese, realmente, solo hemos cogido al monje de la derecha, un monjecito mirando hacia el otro lado, y a sus pies había otro monjecito raro que aquí no aparece. Es un dibujo bastante críptico. Supongo que un experto en Goya diría que es algún tipo de comentario sarcástico sobre el clero. Y Carle Nadie, el autor de nuestro lienzo, explica su cuadro hablando de Arturo Soria y de su afán loco por un plan noble: “A cada familia un hogar, y en cada hogar un jardín y un huerto”.
Laura: El nombre nos gustaba porque estaba relacionado con el arte del disco, y también por la premisa de la que partimos para componer. Barbosa siempre hacía la broma: lo mismo, pero mejor que el primero. Teníamos que tener los mismos elementos que en el anterior pero hacerlo mejor. La primera canción que nació fue “Campos de golf”, y en sus primeros cuarenta segundos se escucha que es como las del primer disco.
El disco abre en Valmy, la batalla de 1792 en la que la Francia revolucionaria frenó a las monarquías europeas. Goethe estaba allí con el ejército invasor y escribió que aquel día empezaba una nueva era en la historia del mundo. Y vosotros tituláis el disco “Dejémoslo como estaba”. ¿Es una contradicción buscada?
Álvaro: En Valmy se decidía si la Revolución francesa triunfaba o fracasaba, y por eso tenía que abrir el disco.
Laura: A mí es una cosa que me da pena, porque ese “dejémoslo como estaba” para nosotros no se refiere a todo lo conservador que pueda haber ahí. Hombre, a mí sí me gustaría que ciertos derechos los dejemos como están. Pero el rollo conservador de “uy, no mucho cambio”, eso no.
Álvaro: A mí la contradicción me mola: el título viene de un Goya anticlerical y revolucionario, y es él quien dice “dejémoslo como estaba”. Lo que más lo aterraba era la violencia, y así entra Goya en el disco: en medio de estallidos revolucionarios y guerras, con la gente perdiendo la cabeza por el odio, se le escapan frases raras, turbias o que lo contradicen. Y la tensión de lo conservador me mola precisamente por lo que dice Laura: ahora sería superfácil construir un discurso que suene conservador porque quieres guardar cosas que están de puta madre. Somos conservadores porque estamos yendo hacia atrás, y no queremos que los derechos que hay ahora se pierdan. En el primer disco ya había una canción a partir de Léon Bloy, un católico ultraconservador y a la vez anticapitalista, el autor de “La sangre del pobre”, y la peña no entiende cómo un conservador puede escribir eso.
“Campos de golf” ha coincidido en el tiempo con “El tío que riega el campo de golf”, de Marcelo Criminal: dos canciones el mismo otoño sobre un césped verde regado en mitad de un país con sequía. ¿Qué tiene un campo de golf para ser una fuente de inspiración tal?
Álvaro: Musicalmente no tiene nada que ver, pero conceptualmente es muy similar. La metáfora original de la que parto era de Nietzsche: él usaba el desierto y yo la he transformado en campos de golf. En el “Zaratustra” el desierto crece: se puede leer en clave apocalíptica, con el cambio climático, y me gusta sostenerlo. Pero el desierto es la imagen del melancólico que ha perdido sus fuentes de sentido. El tío que riega un campo de golf en plena sequía expresa mejor el nihilismo activo que ese desierto, y por eso conviene actualizar la metáfora, como hemos hecho Marcelo Criminal y yo.
Vuestras canciones hablan de Stefan Zweig, de batallas napoleónicas y de pitagóricos, y no hay ninguna de amor. Aun así, en febrero tocáis en el Movistar Arena. ¿Por qué creéis que triunfa ahora un grupo con letras tan enrevesadas?
Carlos: Igual porque somos de los pocos que tienen once canciones en el primer disco y once en el segundo, con un total de cero canciones de desamor. No es que todas las bandas sean iguales, pero hay una inmensa mayoría de artistas que, por referencias o por los circuitos, acaban siendo homogéneos. Nosotros no es que estemos yendo en sentido contrario, pero cuando te separas un poco de esa homogeneidad, de repente se nota.
Laura: Y para disfrutar las letras no hace falta entender todas las referencias. La lírica de Rivas crea muchas imágenes poéticas y no hace falta leerse cada libro que traemos al frente. No creo que sea elitista.
Por el disco pasan Nietzsche, Goethe, Paganini y Arturo Soria, casi todos grandes nombres de la historia. Y de repente aparece “Claudia”, una canción dedicada a una limpiadora. ¿Quién es y qué hace en este disco?
Álvaro: Hay más mujeres, pero son víctimas: “El hombre planeta” es sobre un feminicidio. Supongo que corresponde a sesgos míos, como hombre, en los referentes que busco. Y a que en la historia habrán sobrevivido ideas femeninas con nombres de hombre. “Claudia” me fue sugerida en un viaje de propofol, la segunda vez que me operaron de unas cosas bien chungas en los intestinos. Me desperté cantando, le dije a mi señora: “Ponme el móvil en la barbilla”, y canté “Claudia” de corrido. Claudia limpia casas y ha limpiado la mía, pero no es una dedicatoria. No es mi primera canción sobre inmigrantes haciendo trabajos para ricos: yo trabajaba en Glovo y tengo “Supermán”. ¿Qué había en “Supermán”? Migración explotada y Cristiano Ronaldo. ¿Y qué hay en el estribillo de “Claudia”? Migración explotada y Cristiano Ronaldo: lo de “más o menos rico, más o menos guapo” viene de aquella declaración suya después de un partido, cuando dijo que le tenían envidia por ser rico y guapo. ¿Cómo lo voy a cortar por miedo a horrorizarme de lo que otros pueden pensar de lo que tengo dentro? Esto es ser autor, supongo. Tampoco me gusta el “estoy a favor de la inmigración porque alguien me tiene que limpiar el culo”. Todo eso está en “Claudia”. Ha habido muchas mujeres que me han cuidado en mi vida a cambio de un sueldo: Darling, Rosemary, Eva, Cristina, Leti, Lidia, Irma.
Laura: Contratar a alguien para las tareas de limpieza ha pasado a ser algo de lo que mucha gente se avergüenza, incluso pagando salarios. Si das de alta a esa persona y le pagas un salario digno, lo curioso es que el clasismo se vuelve aún más fuerte: hay una vergüenza de reconocer que una persona cubre esas tareas de forma digna, como si ese trabajo nunca pudiese tener dignidad. “Claudia” me gusta porque tiene un estribillo que parece decir frases muy concretas, pero están llenas de preguntas y de dobles sentidos.
Nietzsche dedicó buena parte de su obra a provocar a los pilares morales de Occidente y vosotros expresáis bastante interés por dicho autor. Vuestras letras juntan a Goebbels, a Tolkien y la Guerra Civil en la misma canción. ¿Cuánto hay de provocación en vosotros y cuánto de juego pop con las referencias?
Laura: La provocación me parece macarra y muy poco interesante. Me encanta la estimulación. Espero que nuestras letras no sean provocadoras, sino evocadoras. Alguna vez nos dijeron que permitían un pensamiento un poco soñador, incluso esperanzador, de otros mundos posibles. Ese es el rollo que a mí me encaja.
Álvaro: La autoría es lo que me empuja a la participación política, muchas veces contra mi voluntad. Como autor se me abre un terreno de libertad para contribuir al debate, y lo que me flipa es que, cuando el que debate conmigo tiene razón, eso para mí es ganar.
Las letras tienen un discurso mayoritariamente de izquierdas y, a la vez, prestan mucha atención a autores de la orilla contraria: Léon Bloy, Ernst Jünger, Martin Heidegger, incluso Goebbels. ¿De dónde sale esa fascinación al conservadurismo?
Laura: No sé si fascinación es el término. Es más la curiosidad y el pensamiento crítico de poder estudiar al enemigo. Y entender que las ideas, según cómo se ejecuten y se moldeen, te pueden llevar a unos caminos u otros.
Álvaro: Yo sé de dónde viene. He nacido en un hogar progre y mi manera de salir de casa, de pensar por mi cuenta, fue asomarme al otro lado. La Guerra Civil a mí me quita el sueño, ¿cómo no voy a prestar atención? De Goebbels nos reímos. Yo hago indie rock en español y Glutamato Ye-Yé son los putos amos: si tengo una canción en la que Goebbels va tirando barras de pan es lo más parecido al humor absurdo de Glutamato que puedo hacer.
Laura: Cuando entré en Alcalá Norte, y esto es totalmente verídico, les pregunté: “¿Sois estalinistas? Solo quiero que me quede claro antes de firmar ningún papel”. Se partieron el culo de mí. Pero entiendo a todo el que escucha algo y piensa: “¿Qué coño quiere decir todo esto en una canción de tres minutos y medio?”. Grupo político no creo que seamos. Hacemos política con nuestra existencia, como todos, y más como autores: cada vez que nos subimos a un escenario o publicamos una canción.
Entre un disco y otro ha entrado Laura en los teclados y habéis pasado dos años y medio tocando casi sin parar. ¿Qué ha cambiado en el sonido?
Carlos: Tenía que ser continuista. Hay sonidos muy concretos que escuchas y sabes que es Alcalá Norte: cómo suena la guitarra, el bajo aporreando. Sobre esa base, los sintes, que ya asomaban la patita en el primer disco, se han terminado de desarrollar con la incorporación de Laura. Con tantos elementos como hay, en vez de taparse unos a otros, cada uno tiene su sitio y explota donde tiene que explotar.
Laura: Hay leitmotivs que recorren el disco. Los sintes de “El hombre planeta” y “Campos de golf”, por ejemplo, son los mismos, porque las dos canciones hablan de un feminicidio.
Álvaro: Componemos como tocamos, porque nadie trae las canciones hechas: alguien lanza una idea en el local, la conectamos con otras tres que salieron el fin de semana anterior y, pum, ya hay canción nueva. Suena a lo que hacemos en los escenarios.
En el disco hay una canción en francés, “Icare”, y otra en inglés, “Oscar The Tiny One”. ¿De dónde sale la inglesa?
Álvaro: Es Shakespeare. Acabé con un “Hamlet” en inglés en la mano, en el inglés de la época. Me leí unas páginas, no entendí ni papa, pero me dio para pillar un montón de movidas del campo semántico de la traición y contar una historia de DJs. La persona que la inspira es un hombre que vive de limpiar retretes en Berlín y por la noche es una puta leyenda de los DJs.
Laura: Está bastante guapo escribir una historia de traición utilizando el léxico de Shakespeare.
En el disco hay un pacto con el diablo, un endemoniado y un Ícaro, el que voló tan cerca del sol que se le derritió la cera de las alas. En dos años habéis pasado de las salas pequeñas a los pabellones. ¿Cómo se gestiona un crecimiento así? ¿Habéis firmado vuestro propio pacto?
Carlos: “Icare” es una versión: la canción original se llama “Fils de Lucifer”, pero la llamábamos “Icare” en el local y se quedó así. Es un tema que nos importa más por lo musical que por la letra. El demonio se nos cuela por todas partes, como en “El hombre planeta”, y el tipo de esa canción no nos mola nada: es malísimo, un asesino, un celoso, un chungo que pacta con el peor de todos.
Laura: Cada día que nos dedicamos a esto pactamos con el diablo, porque la industria en la que nos movemos es la que es y todos lo sabemos. Hay muchos que no nos apetece hacer, más pequeños y más grandes. A algunos hemos tenido el privilegio de poder renunciar. Tenemos un montón de citas en el infierno. Nuestro mánager dijo una vez: “Esto es como si os tocara la lotería, pero hay que gastarla en el infierno”. Pienso en eso literalmente a diario. A nosotros nadie nos pone una pipa en la cabeza, pero para que tu curro siga funcionando tienes que hacer cosas que no te apetecen, y si eres muy punki no te apetecen desde la primera. Es el Monopoly gigante en el que vivimos, y es así. Ojalá con nuestra música podamos alegrarle los días a cierta gente y a otra hacerla pensar. ∎