Dan Bejar en su pura esencia. Foto: Alfredo Arias
Dan Bejar en su pura esencia. Foto: Alfredo Arias

Concierto

Destroyer, una absoluta lección en solitario

Como el gran artista que es, el canadiense Dan Bejar exhibe sus mayores virtudes al desnudo. El sábado 19 de septiembre nos dejó boquiabiertos a su paso por la sala Copérnico de Madrid, en un concierto incluido en el ciclo Momentos Alhambra –ayer actuó en Barcelona– que sonó con toda la enjundia posible.

Después de su último tour con banda –el de “Dan’s Boogie” (2025), con resultados sobresalientes que presenciamos tanto en Madrid como en el Primavera Sound de Barcelona–, una gira en solitario de Destroyer con acústica y voz podría presagiar un manjar menor. Pero no, cualquier exhibición de Dan Bejar está a la altura de grandes como Ray Davies, Bob Mould o Robyn Hitchcock. Y más si acude a los lugares recónditos de su cancionero: un fulgor de canciones brota desde su desván musical,

El canadiense parece encontrarse en estado de gracia. Las 200 personas que lo vimos el pasado sábado en la Copérnico de Madrid salimos tocados por el hechizo de la música. Qué suerte que la música mantenga la capacidad para sorprendernos en un formato reducido y nada complaciente.

Bejar puede presumir de una voz nada evidente pero cargada de experiencias. Sabe que sus canciones brotan de los márgenes, o de aquellas historias que conmueven y activan lo más esencial para continuar y, así, hacer que la experiencia merezca la pena. Despojando de arreglos a sus canciones –sin esa esencia que a veces llama a New Order, otras a Lou Reed y otras al free jazz–, lo de Destroyer en solitario es elevar el minimalismo a un estado superlativo.

Sin artificios. Foto: Alfredo Arias
Sin artificios. Foto: Alfredo Arias

“Bologna” abrió un concierto que quedará para la posteridad, a buen recaudo sentimental de los asistentes. “Crimson Tide” mantiene el pulso funk de su esqueleto incluso en este formato. Es como si el oyente, el espectador, pudiera intuir la estructura en la que gravita la canción. Pero el fantasma está ahí no ya solo para crear la magia invisible de la música, sino para expandir su poderío.

Recuerdo haber escuchado a Jeff Buckley en una radio belga conquistando el festival Torhout-Werchter y alucinar en colores. La experiencia en vivo de Destroyer en Madrid se ajusta más a lo que Buckley mostró en su incandescente directo “Live At Sin-é” (1993), pero con mayores dimensiones. Lo importante es que la base del espectáculo está en unas canciones que cobran vida propia sin florituras, con el magnetismo de su sustancia básica.

En “Helena”, Bejar se acerca al aura luminosa de Nick Drake o a la decadencia de Lou Reed, y el regocijo interior que nos envuelve es glorioso. Prosigue en ese trayecto con “Destroyer’s The Temple”, una canción de finales de los noventa, queriendo atrapar al trovador nato que habita en él. En “Times Square”, sin esos arreglos sublimes, exhibe la máxima grandeza en la zona del estribillo, con versos como “puedes seguir a la rosa allí donde crece”.

Bejar conecta con el público con pequeñas palabras, siempre mostrando su carácter irónico. Quizá la magia reside en el amor malogrado de “A Dangerous Woman Up To A Point”, que encandila con su tarareo: hay algo de John Cale en ese querer. Con “Tinseltown Swimming In Blood” evoca las evasiones del alma, intuimos las bases que remiten a New Order, pero su voz emerge de las cavernas y los secuenciadores imaginarios se sostienen en el vacío, en la lejanía: “I was a dreamer, watch me leave”.

El soñador. Foto: Alfredo Arias
El soñador. Foto: Alfredo Arias

Se ha creado un hilo invisible que nos tiene embobados. “Downtown” es un viaje, pero quizá girando sobre nosotros mismos. El poder hipnótico de la canción reside en la acústica y en esa voz cavernosa. No hay saxo, pero la atmósfera se intuye en una bruma mínima. Y recupera “Your Blood” como si nos embriagase la esencia de Yo La Tengo o The Smiths. El rock adulto o de querencia progresiva aparece en “Cue Synthesizer”: “Quizá mi lado más flamenco”, dice él. Experimenta que da gusto, pero aquí todo se reduce a una esencia comprimida de puro arrebato original. Sin misterios, solo argumentos totales.

Tambien nos empapa con el perfil melódico de “European Oils”, donde además exhibe su tamiz barroco enfundado en unos quiebros corales. Se desprende de las texturas electrónicas de “A Light Travels Down The Catwalk”, sobre la que navegamos, melodía en ristre, hacia buen puerto. Por si fuera poco, nos maravilla cómo interpreta “Foam Hands”, “What Road” y “Don’t Become The Thing You Hated”.

Para terminar, dos bises majestuosos, “Virgin With A Memory” y una “Chinatown” esplendorosa y mágica, como resumen de 70 minutos que han sabido a gloria. Una experiencia que puede recordar a bailar en la balsa de las melodías ocultas, de los arreglos imaginarios. Hemos asistido a la exhibición de Destroyer como un grande entre los grandes. Sin artificios, solo verdad. ∎

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