Víctor, en 1982: rockabilly con denominación de origen.
Víctor, en 1982: rockabilly con denominación de origen.

Fuera de Juego

Víctor Coyote: una verbena en el cielo

El inesperado fallecimiento de Víctor Coyote a mediados de agosto ha oscurecido el horizonte pop español este verano, desplegando un velo de postración y melancolía más allá del ámbito musical, porque el artista gallego cultivó su inabarcable talento en muchas disciplinas. Tenía 68 años.

El 13 de agosto se apagaba una de las estrellas más fulgurantes que ha dado la música española en el último medio siglo. Fulgurante no por una carrera llena de éxitos, sino por ser poseedor de una personalidad deslumbrante y única, capaz de aunar las referencias musicales más dispares y de realizar los giros estilísticos más acrobáticos e inesperados. Un camaleón que, sin embargo, mantenía siempre un sello personal e inimitable. Tan impredecible fue que incluso su muerte ha sido una triste e insospechada sorpresa para quienes lo conocíamos y lo queríamos. Buen deportista como era (todavía recuerdo cuando hace años, en un encuentro fortuito en Palencia, me comentó que al día siguiente se iba a ir a practicar piragüismo en un río cercano), su cuerpo fue encontrado semiinconsciente al lado de su bicicleta en Marugán (Segovia), adonde había ido a contemplar el eclipse de sol con unos amigos el día anterior. Por lo demás, el nombre de su grupo y su apelativo artístico no podían ser más certeros, ya que el coyote (canis latrans) es un mamífero de la familia de los cánidos que habita en una gran variedad de ecosistemas (tropicales, templados, áridos) y que, aunque a veces se reúne en manadas, en general es solitario. Difícil encontrar una mejor radiografía de Víctor Coyote (1958-2026).

Su vasta y polifacética trayectoria es la de un personaje enormemente creativo, tanto en su faceta musical como en su inspiración a la hora de escribir unos textos incisivos y originales, y como en su inestimable labor como dibujante e ilustrador con sello propio. No es por recurrir a paralelismos fáciles o gratuitos, pero ¡vaya diferencia entre el trato mediático prodigado a Robe Iniesta y el dispensado a Víctor Coyote en el momento de sus respectivos fallecimientos! Algo incomprensible cuando la figura del gallego, renacentista y poliédrica, se agiganta a cada día que pasa. No estaría de más un disco homenaje a una personalidad tan extraordinaria como inabarcable.

Extraños en el paraíso

Nacido en 1958 en Tui (Pontevedra), justo en la frontera con Portugal, ese hecho pareció presagiar su vida futura, ya que Víctor María Aparicio Abundancia –su verdadero nombre– siempre fue un personaje fronterizo, tanto por las diferentes artes que practicó (música, arte, cómic, cine, televisión, ilustración), como, sobre todo, por los distintos y numerosos estilos musicales que transitó. Pronto su inquietud cultural lo llevó a trasladarse a Madrid para estudiar Bellas Artes a finales de los años setenta, y allí viviría los inicios de la movida. Al igual que sucedía con muchos grupos ingleses, surgidos a partir de las prestigiosas escuelas de arte británicas, Víctor creó Los Coyotes, que grabaron su primera maqueta en 1980. Por entonces, se trataba de un grupo de rockabilly y rock’n’roll clásico –llegaron a telonear a Matchbox– que estaba formado por Víctor (voz), su fiel escudero Fernando Gilabert (guitarra), Ramón Peñas (contrabajo) y Fernando del Valle (batería). Pero el influjo de The Cramps y The Meteors, así como el gusto por lo bizarro y lo freak de Víctor, hicieron que Los Coyotes viraran hacia el psychobilly. Así, en esa longitud de onda, es como editaron sus dos primeros discos, el genial single “Extraño corte de pelo” (GASA, 1982) y el maxisingle “Ella es tan extraña” (GASA, 1983), cuya portada, que venía acompañada de gafas 3-D, estaba claramente inspirada en la de “Off The Bone” (1983) de The Cramps.

Los Coyotes más psychobillys: el single “Extraño corte de pelo” (1982) y el maxisingle “Ella es tan extraña” (1983).
Los Coyotes más psychobillys: el single “Extraño corte de pelo” (1982) y el maxisingle “Ella es tan extraña” (1983).
Tras varios cambios en su seno, llegaría la formación más clásica del grupo, que estaba compuesta por Víctor (voz y guitarra), Fernando Gilabert (que se pasaba al contrabajo), Celes Albizu (batería) y Ramón Godes (guitarra y teclados), y que grabaría su gran obra maestra, el álbum “Mujer y sentimiento” (3 Cipreses, 1985), fruto de la unión/colisión entre dos cerebros privilegiados, los de Víctor y Ramón Godes, que juntaron sus señas personales de identidad para crear un híbrido que se conocería como rock mestizo o rock latino, adelantándose en tres años al primer álbum de Mano Negra. En su debut largo, Los Coyotes combinaban con gracia y naturalidad –sin que pareciera nunca un pastiche– el rockabilly, la coladeira caboverdiana, el calipso, los ritmos latinos, la rumba, el tex-mex y un penetrante y reconfortante aroma de verbena, lo que no es de extrañar viniendo de un gallego, ya que en Galicia las verbenas adquieren casi el rango de religión. Ahora ese tipo de mezclas nos pueden parecer más o menos normales o habituales, pero en aquel tiempo en que todos querían sonar como el último grupo inglés de moda, Los Coyotes eran unos auténticos bichos raros que preferían mirar a África o a Latinoamérica antes que a Londres o Nueva York.

Como el título español de una de las películas de Jim Jarmusch, eran unos extraños en el paraíso de la movida de los ochenta. Y quizá por ello, y por los continuos virajes en su línea de navegación, no adquirieron el éxito y la fama que sí alcanzaron algunos de sus coetáneos. Lo cual no impidió que, en el mismo año que se editó “Mujer y sentimiento”, Víctor sustituyera a Carlos Berlanga –que por entonces tenía alergia a tocar en directo– como guitarrista de Alaska y Dinarama en una larga gira por España y Latinoamérica para presentar su disco “Deseo carnal” (1984). En cualquier caso, y aunque para conservar a algunos de sus antiguos fans hacían conciertos de rockabilly con el nombre de Las Hienas, en el horizonte de Los Coyotes se adivinaba un nuevo cambio de dirección, fruto de la incesante curiosidad musical del de Tui.

Los Coyotes, época “Mujer y sentimiento” (1985): Víctor, Ramón Godes, Fernando Gilabert y Celes Albizu. Foto: Ramón Andión
Los Coyotes, época “Mujer y sentimiento” (1985): Víctor, Ramón Godes, Fernando Gilabert y Celes Albizu. Foto: Ramón Andión

Los colores del camaleón

Esos cambios continuos derivaron también en disensiones en el seno del grupo que acabaron con la salida de Ramón Godes y Celes Albizu, quienes, en cualquier caso, realizaron pequeñas colaboraciones en el segundo álbum de Los Coyotes, “Las calientes noches del barrio” (3 Cipreses, 1987), en el que constaban como miembros únicamente Víctor y Fernando Gilabert. Era un disco grabado sin batería y con programaciones electrónicas en cuya portada –foto en blanco y negro, Víctor con el pecho al aire mostrando su siempre cuidada vertiente de sex symbol– el líder parecía emular a Prince, uno de sus referentes de aquel momento. Un álbum de funk retorcido, tecno y sonidos oscuros que recogía el zeitgeist y que volvía a ir contracorriente de lo que sus fans quizá estaban esperando.

Como buen camaleón, Víctor volvería a cambiar de color de piel y regresaría a los tonos más vivos y festivos con sus dos siguientes álbumes, “De color de rosa” (3 Cipreses, 1988) y “Puro semental” (3 Cipreses, 1989), en los que parecía encontrar su línea más personal, cercana a un funk electrónico, latino y verbenero, con hits como “Esta noche me voy a bailar”, “El típico español” o “Corazón de reloj”. De hecho, estos dos discos se editaron bajo el nombre de Los Coyotes de Víctor Abundancia, dando a entender que el grupo era él y sus distintos colaboradores: Luis Miguélez, Roberto Timaná, Luis Carlos Esteban... Era el evidente preludio de la carrera en solitario de un artista que a los ojos de la gente podía ser arrogante y chulesco, pero que en realidad era entrañable, afectuoso y cordial. Y, por supuesto, desconcertante e imprevisible, que es lo mínimo que se puede pedir a los grandes artistas. Todavía con el nombre de Los Coyotes de Víctor Abundancia editaría “Tocando sus éxitos” (3 Cipreses, 1991), grabado con músicos profesionales que daban nueva forma a su repertorio dorado, en un último intento de convertir en triunfo una carrera plagada de hermosos y bienaventurados fracasos. Los Coyotes se volvieron a reunir en muy contadas ocasiones, siendo especialmente reseñables la de enero de 2007 en la sala madrileña El Sol con motivo de un ciclo de conciertos conmemorativos del 25º aniversario de la movida (con la participación estelar del oscense Juanjo Javierre, del grupo Mestizos), y la de agosto de ese mismo año en el Jai Alai de Huesca, donde con su formación original (incluido Ramón Godes) compartieron escenario con Mestizos, a quienes los unían lazos fraternos desde sus inicios, cuando Godes produjo los dos primeros discos de la banda oscense.

“Esta noche me voy a bailar”, canción synthfunk que abre “De color de rosa” (1988).

Coyote solitario

De 1991 a 1994, se concentró en sus otros proyectos artísticos (cómic, pintura, ilustración, cine y televisión), hasta que a mediados de la década de los noventa volvería a la música, ya como Víctor Coyote, para editar su primer álbum oficial en solitario, “Lo bueno, dentro” (DRO, 1995), retorno a un sonido más orgánico, con gran peso del influjo del folclore latinoamericano pero sin renunciar a ese amasijo sonoro marca de la casa en el que tenían cabida el reggae, el tex-mex, la cumbia, el hip hop o incluso el pop, con ese “Jaguarundi” que fue sintonía de la Vuelta Ciclista a España de ese año y que podía haber cantado perfectamente Miguel Bosé.

Pero como no podía parar quieto, cinco años después lanzaba su álbum más raro, “Lucha de migajas” (Grupo Salvaje-Boa, 2000), su disco techno, su particular “Trans” (Neil Young, 1982), en el que textos rapeados se ven envueltos en originales y experimentales texturas sintéticas. Y tras un maxisingle junto a Fangoria –“Amor apache”, editado en 2002 por el Club Fan Fatal– y un miniálbum más rockero –“¿A qué viene ahora silbar?" (Munster, 2004)–, el sello de Fernando Vacas se encargaría de publicarle sus dos siguientes álbumes, “Dos años luz y cuarto” (Eureka, 2011) y “De pueblo y río” (Eureka, 2014), en los que del tono de costumbrismo heterodoxo de algunas de sus letras últimas pasaba a un intimismo más confesional o popular. Musicalmente son dos discos en los que predomina el sonido orgánico y acústico, más folk-rock en el caso del primero, más cercano a referentes como la milonga, el fado y los folclores latinoamericano, griego o portugués en el del segundo, dedicado a versionar canciones populares.
Su testamento se publicó el año de la pandemia: “Las comarcales” (El Volcán Música, 2020), magnífico álbum en el que, consciente de su posición como cantautor disidente e iconoclasta, enhebraba folk, blues, rock y un reguetón acústico y sabroso. El año pasado se publicó “El propio” (El Volcán Música, 2025), un recopilatorio que reúne parte de lo más granado de su discografía en solitario e incluye un genial tema inédito, “Así me tratan ahora”, un sarcasmo sobre algo que a él le tocó muy de refilón: los días de gloria que se desvanecen.

En 2020, cuando su último disco, “Las comarcales”, lo volvió a poner de actualidad. Foto: Óscar García
En 2020, cuando su último disco, “Las comarcales”, lo volvió a poner de actualidad. Foto: Óscar García

Otros mundos

La música escasamente da de comer, salvo si estás en su primera –o como mucho segunda– división. Así que Víctor Coyote siempre tuvo otros asideros económicos a los que agarrarse. No solo eso, sino que siempre pensó que tenía menos limitaciones en las artes visuales que en la música. En los años noventa creó junto a Pepo Fuentes el estudio de diseño Pocateja, en el que se dedicó a hacer carteles y diseños de portadas de discos –para Los Secretos, Def Con Dos, Rosendo o Juan Perro– y de libros, entre otras actividades. Por otro lado, además de anuncios publicitarios para todo tipo de asuntos, Víctor diseñaba también los pósteres de sus actuaciones y las portadas de sus discos. Y siguiendo con su prolífica y heterogénea trayectoria artística, cabe decir que demostró ampliamente su personalidad poliédrica: realizó varias exposiciones, escribió y dibujó cuentos infantiles como “Tío Budo y el elefante blando” (Fulgencio Pimentel, 2014), compuso la música para el popular programa infantil ‘Xabarín Club’ de la televisión autonómica de Galicia y para la imprescindible serie “Poquita fe” (Pepón Montero y Juan Maidagán, 2023-), tuvo un pequeño cameo en el filme “¡Átame!” (Pedro Almodóvar, 1989), ideó una pieza de microteatro para una exposición sobre Julio Verne, montó el espectáculo infantil “Ruido bajito” junto con Javier Santos, colaboró con el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza poniendo música a cuadros de su colección que él mismo seleccionaba, realizó performances, escribió “Cruce de perras y otros relatos de los 80” (Visual Books, 2006) y fue autor del libro de collages “Servilleta de bar” (Blur, 2007), en el que mostraba su pasión coleccionista por estos objetos y otros como los azucarillos. También dibujó muy estimables cómics como “Días de alarma” (Salamandra, 2020), sus diarios de la reclusión en la época del COVID; “Entresijos. Barrios, estampitas y persons de Madrid” (Autsaider, 2023), un peculiar retrato de la cotidianidad madrileña; o “El cóndor y la caníbal” (Astiberri, 2024). Y a todo esto hay que añadir que fue un magnífico entrevistado, que decía cosas inteligentes y divertidas con su retranca gallega. Por eso duele releer su entrevista selfi publicada en Rockdelux en enero de este mismo año, en la que a la pregunta “¿Cómo te ves y dónde dentro de 20 años?”, él contestaba “Espero que vivo y con algo de salud”. Algo que, tristemente, no ha podido ser. Perro verde, coyote solitario, heterodoxo irredento, verso suelto, freak de las músicas populares y bailables de medio mundo o camaleón bowieano con filtro latino, lo que está claro es que se nos ha ido un ser maravilloso –lo prueba la impagable y afectuosa esquela que le han dedicado en la ciudad fronteriza portuguesa de Valença do Minho, hermanada con su Tui natal– y una figura absolutamente insustituible en la música española, que a estas alturas ya estará montando una verbena en el cielo con Celia Cruz, Prince, Bana y Lux Interior. ∎

Breviario de un alma libre

LOS COYOTES
“Mujer y sentimiento”
(3 Cipreses, 1985)

Su obra cumbre y, sin duda, uno de los discos imprescindibles del último cuarto de siglo XX en España (Rockdelux lo escogió en 2004 entre los 100 mejores álbumes nacionales del siglo: en el puesto 59). Fruto de una conjunción astral entre Víctor y Ramón Godes, el álbum de debut de Los Coyotes discurre entre guitarras que parecían convocar a Link Wray, Bo Diddley, Armando Tito, Scotty Moore y Lucho González. Baladas conmovedoras, ruidoso tex-mex, rumba sabrosa y dos esplendorosas versiones –el calipso “El mono”, su visión de “Monkey” del jamaicano Lord Flea, y la arrolladora coladeira “Lenga-Lenga” del caboverdiano Henrik Lanjele– en un disco sin desperdicio.

LOS COYOTES
“Las calientes noches del barrio”
(3 Cipreses, 1987)

El segundo álbum de Los Coyotes fue un disco tristemente incomprendido. Envuelto en una reconocible foto en blanco y negro de Alberto García-Alix, y como siempre a contracorriente, el disco era como un tirar piedras a su propio tejado y contra sus fans. Pero es una joya absoluta y un disco adelantado a su tiempo, en el que caben desde su revisión latina de Prince (“La estación del amor” o “Razas”) hasta una balada erótico-marciana en onda cold wave a lo John Foxx (“Muy macho, muy lanzado, muy caliente) o incluso un cruce imposible entre Devo y los Stray Cats (“El hijo del rocker”).

VÍCTOR COYOTE
“Cruce de perras y otros relatos de los 80”
(Visual Books, 2006)

El título completo del libro es bastante elocuente. Se trata de una visión muy personal del Madrid de la movida a través de una serie de relatos, que se debaten entre la realidad, la ficción y la autoficción, con reflexiones del autor sobre aquellos años y episodios divertidísimos como el posible romance entre Víctor y Alaska, la afición de Poch por la biología o el enfrentamiento constante entre Víctor y Santiago Auserón, quien supuestamente le robó su pasión por la música latina, con la que triunfó Auserón y él no, todo ello tratado desde la ironía y no desde el resentimiento. El libro fue reeditado por Autsider Cómics en 2025, con distinta portada y un nuevo epílogo con la perspectiva que dan los años transcurridos.

VÍCTOR COYOTE
“Entresijos. Barrios, estampitas y personas de Madrid”
(Autsider, 2023)

O de cómo un gallego de Tui llegó a convertirse en cronista de la Villa y Corte. Es una lástima que Víctor Coyote no se prodigara más como dibujante de cómic porque sin duda fue uno de los más singulares de nuestro país, dueño de un estilo muy personal y reconocible. Aquí reúne sus páginas dibujadas para la revista ‘eme21mag’, impulsada por el Ayuntamiento de Madrid con el ánimo de recuperar el espíritu de la mítica revista de cómic ‘Madriz’. En estas páginas Víctor sintetiza la vida madrileña desde un punto de vista neocastizo: desde el desfile del Orgullo hasta los conciertos de Los Caballitos de Düsseldorf, pasando por el carnaval, la arquitectura de la ciudad o la vida que bulle en bares, parques y piscinas.

VÍCTOR COYOTE
“El propio”
(El Volcán Música, 2026)

Un bellísimo disco recopilatorio de toda su etapa en solitario, que incluía también, a modo de insospechado epitafio, un resumen de su excepcional actividad cartelística. El disco, que reunía a muchos de los músicos que lo han acompañado en esta etapa, incluía un tema inédito (“Así me tratan ahora”), además de sus increíbles versiones de “Havemos de ir a Viana” de Amalia Rodrigues, “Puerto Rico en el corazón” de Mort Shuman y “Ego o Xenos” (aquí “Yo, el extraño”) de Stratos Dionisiou (composición del griego Takis Mousafiris) y temas icónicos como “Joven de cuello vuelto”, “Cumbia de milagro” o “Jaguarundi”, que son, como sugiere el subtítulo del disco con el humor y la ironía que lo caracterizaron, “lo que podríamos llamar sus éxitos”. ∎

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