Desde la remarcable “Parásitos” (Bong Joon-ho, 2019) hasta “No hay otra opción” (Park Chan-wook, 2025), desde los zombis de “Train To Busan” (Yeon Sang-ho, 2016) hasta el fenómeno televisivo “El juego del calamar” (Hwang Dong-hyuk, 2021-2025), hablar del audiovisual surcoreano más reciente implica, de una manera u otra, trasladar el pensamiento al conflicto de la diferencia de clases. En una potencia en desarrollo y expansión cultural como es el país exportador del bibimbap, no resulta extraño imaginar que la inmersión completa en el capitalismo traiga consigo las mismas diferencias salariales que se puedan replicar en otras regiones como Estados Unidos o Europa. Pero si algo diferencia al cine de este país a la hora de retratar estamentos es su particular sarcasmo sobre la desgracia: en muchas ocasiones, sus pobres diablos del infortunio tienen la oportunidad de visitar (se mira, pero no se toca) ese ático minimalista de aquellos montados en el dólar o en el won; o esa casa de verano con playa privada.
Una frontera así de invisible, pero palpable, se demarca en “Un amor posible” (2026; se estrena hoy), Gran Premio del Jurado en el Festival de Venecia. El matrimonio formado por la vitalista y encantadora Mi-ok (luminosa Jeon Do-yeon) y el derrotado Ho-seok (Sul Kyung-gu) está sumido en la apocada danza rutinaria de la vida, desde que a él le despidieran de la empresa tras unas traumáticas manifestaciones obreras. Ella entra en contacto con Ye-ji (Cho Yeo-jeong), una documentalista interesada en aproximarse a la crónica de la lucha obrera y, concretamente, al relato de Ho-seok. A su vez, la cineasta está casada con Sang-woo (Zo In-sung), un atractivo hombre de negocios con quien Mi-ok parece entablar cierta conexión. El mundo del privilegio y el del deseo, físico y monetario, se entremezcla en el séptimo largometraje del responsable de “Secret Sunshine” (2007) y “Burning” (2018).
Chang-dong provoca activamente la separación constante de los cuerpos, pese a habitar un mismo espacio o un mismo encuadre. Desde la sala del tanatorio donde se conocen los personajes hasta la casa de clase media de la pareja protagonista, o incluso el cuarto de baño donde los hombres comparten un inolvidable y bochornoso momento fraternal, las distancias entre unos y otros se vuelven físicas a través del vacío entre un personaje y otro, en la puesta en escena del director. En medio se suma, en su mayoría de veces, la cámara escudriñadora del personaje de Ye-ji, que establece una dinámica de violento poder: el privilegio de los que observan sobre los que son retratados. Así, las líneas entre el honesto activismo y la compasión más turística se difuminan en el gran conflicto que propone el director, encarnado en el personaje de Ye-ji, con la particular genialidad de que en el orden inverso también funciona: ¿es sincero el cariño que siente Mi-ok hacia su nueva amiga o tan solo idolatra su forma de vida?
Con un arraigo muy sustentado en la realidad sociopolítica de su país, pero también con una sensibilidad sobre la psicología de sus personajes, Lee Chang-dong no pierde la oportunidad de ofrecer genuinos diálogos de ironía, en un inteligente pero repetitivo relato de príncipes y de mendigos, sobre la hipocresía de la sociedad en la que vivimos y los seísmos ajenos a la intimidad, que son capaces de hacer tambalear el matrimonio como institución. Quizá la historia de estas cuatro almas desangeladas no cuente nada nuevo en sus vaivenes de modestia sonrojante y altruismo dudoso, pero sí cataliza un generalizado sentimiento de impotencia ante el bloqueo meritocrático. Llama especial atención que, coincidiendo en cartelera y hallando en sus núcleos los zarandeos sociales de la pareja, pero siendo obras tan diferentes, “La invitación.” (Olivia Wilde, 2026) y esta película lleguen a conclusiones tan similares. Quizá no haya posibilidad de evolución en la escala socia, pero, desde luego, en ningún sitio como en casa. ∎