El viaje de Marina Herlop dio un giro radical cuando, a partir de “Prypiat” (2022), la catalana selló un pacto enigmático y privado con alguna divinidad ancestral. Antes ya debía susurrarle cosas en la intimidad, y ella trató de balbucearlas al piano en el inuit de “Nanook” (2016) y en “Babasha” (2018) sin mucho éxito, pero en algún momento, haciendo “Prypiat”, Hernández López de repente debió hacer clic y comenzó a entender lo que aquellas lenguas trataban de decirle. Introdujo la electrónica en sus formas compositivas, el maximalismo exacerbado de la música orquestal, le dio más protagonismo a los sintetizadores y otro tipo de máquinas, y sobre todo empezó a comunicarse con expresiones folclóricas y en los términos del diccionario MIDI. En estos años ha logrado desarrollar su propio lenguaje, con el que trata de trasladarnos a través de la emoción musical, y no del verbo en sí, lo que los dioses antiguos le susurran. Y “Dja Dja” supone, en fin, una gran culminación.
Si hay algo que diferencia a este de sus dos trabajos anteriores (el mencionado “Prypiat” y un “Nekkuja” más o menos conceptualizado en torno a la música como jardinería) es que Marina ha dejado de buscar una belleza “natural” y ha conseguido, por fin, desfragmentar su sonido y conseguir que toda su verborrea creativa, su horror vacui, contribuya a crear un mundo artificial pero habitable, complejo como para adquirir vida propia y libre albedrío. En este sentido “Dja Dja” acerca más que nunca a Herlop a la idea de Jon Hassell del “cuarto mundo”: cada elemento, por discordante o contradictorio que resulte, se pone al servicio de la construcción de un universo unitario en el que no solo confluyen pasado y futuro a través del diálogo entre el folclore y la tecnología, sino todas las culturas y todas las eras; siempre digo que al final, si uno va hasta la raíz, todos los folclores se acaban tocando: Marina aspira a situarse en el punto cero, en el cruce de todos los caminos, en un futuro primitivo en el que todas las músicas –y todas las lenguas– son posibles, incluso las que están por inventar.
La naturaleza, evidentemente, está ahí, y ya no es que el disco la evoque constantemente a través de su vergel de musicalidad, sus alambicadas estructuras pastorales y su uso de los instrumentos orgánicos, con la especial adición de los vientos esta vez, gran novedad en la coloratura de Herlop. Directamente pueden escucharse, especialmente en “ツラ”, los cantos de los pájaros, el susurro del viento o el agua muriendo en la playa a través de grabaciones de campo y otros trucos técnicos varios. La paz alienígena de “Thálassa!” remite a los océanos, y “Vas volant” parece una égloga digital. También hay seres humanos y divinos, mitológicos y feéricos, representados por una infinidad de voces más o menos procesadas, más o menos inteligibles –a veces, como en “Siete mares”, tan solo balbuceadas; ¿sabes los NPC de los típicos pueblitos del “Zelda” que solo murmuran de forma exagerada, tópica y teatral lo que reza el cuadro de texto?–. Pero todo se desvela como autómatas al servicio de Herlop: ella es la arquitecta de este mundo, y sus dioses hace tiempo que entendieron que si para algo servía la tecnología era para tratar de recrear una naturaleza que es, paradójicamente, el primer gran sacrificio que exige la ultratecnologización. Del futuro se viene, claro, con la lección aprendida.
Para reforzar toda esta unidad, Herlop ha dispuesto este trabajo, también por primera vez, como un ciclo de canciones en torno a la idea del monomito que funciona como una sola gran composición. Hay temas musicales e incluso timbres que van y vienen y que terminan definiendo momentos clave de una gran epopeya o a sus personajes, como ciertos motivos vocales o el uso mismo de los idiófonos del gamelán (Marina ha viajado a Indonesia para grabar personalmente a orquestas y agrupaciones locales), de los crótalos o de las cuerdas y los metales. Y sobre todo hay piezas con muchísimo valor narrativo, ya sean las que evocan de forma intrínseca la idea épica del viaje del héroe (“Siete mares”; “Los dos lobos”, que parece representar el cruce de un peligroso umbral, o una “Muy heladas” final que marca la ascensión, la transformación, y que contrasta con el minimalismo onírico de “Heladas”) o las que construyen directamente vívidas escenas.
La naturaleza parece estremecerse ante la presencia de una diosa en “Lilit”, por ejemplo; cuando entra es solo una caja de música diabólica, y poco a poco se va desenvolviendo su melancólico y funeral tema, casi fallesco, pero cada nota de piano llega acompañada de un firme martilleo. “Los dos lobos” introduce un peligro prácticamente ancestral, inasible, invencible a través de una programación de percusiones militares, pads, glitches y clicks’n’cuts, golpes, gruñidos, fanfarrias e incluso cargadores, hasta el punto de que en la segunda mitad hay un momento que es como si a Kanye West le hubiera dado por hacer IDM; al final, hasta la tierra tiembla, disolviéndose ante la presencia de tamaña fuerza como lo hace ante la onda sísmica de un terremoto o de una erupción volcánica. La inevitable derrota llega inmediatamente en “You’ve Lost Your Muchness”, una frase que el Sombrero Loco le dice a Alicia en la versión cinematográfica de Tim Burton cuando siente que la heroína de El País de las Maravillas ha perdido ese algo especial, ese don sobrenatural que la convierte en la elegida única para acabar con las fuerzas del mal: como Link sin la Espada Maestra, como Frodo cuando parece sucumbir a la oscura seducción de Sauron, o como la travesía de Jesús por el desierto escapando de las tentaciones puestas por el Diablo, la voz de Marina se arrastra a estertores debilitada… hasta que un coro de ángeles le da esa fuerza que necesita, ese último aliento, y le susurra que aún puede sacar la Espada de Godric del Sombrero Seleccionador. Una Marina armada se levanta en “Average Evil”, su particular interpretación del concepto “final boss music”, entre cuerdas disonantes y samples de “Street Fighter”, choques de espadas, sellos arcanos, hechizos, fuegos fatuos y artificiales.
En este disco que es extremista en todos los aspectos, y que relata un triunfo trascendental del bien supremo contra el más diabólico de los males, Herlop comanda de manera férrea, implacable o estremecedora por momentos, como la líder del más poderoso aquelarre, invocando a placer todas las fuerzas de la naturaleza y los elementos. Lo suficiente fuerte como para alzarse contra los mismos dioses. En la portada, una criatura parecida a Sísifo es tan solo un amasijo de músculos, y funciona como una especie de sinécdoque: la parte termina convirtiéndose en el todo porque si es músculo lo que necesitas para empujar la roca ladera arriba, en músculo te convertirás: la propia carga de Marina se ha convertido en su todo, en un amasijo de músicas, y por fin su proceso no sirve a algo maravillosamente desconectado sino que alcanza la grandeza de una sinfonía. Siendo solo músculo, quizá Sísifo, después de todo, sea capaz de desafiar la voluntad del mismísimo Hades.
Más allá del concepto, el triunfo de Herlop es esencialmente musical. “Dja Dja” tiene momentos increíbles y fascinantes como la coral de “As meigas” y cómo deriva en un terrorífico aquelarre, como el drop de “Vas volant” –que llega tras una algarabía indescriptible que se mueve entre una samba lounge, un tema de Squarepusher, un organillo de San Isidro, un fondo new age y una mazmorra de rol en 16 bits– o como el concilio feérico y operístico de “ツラ”, donde todos los seres del bosque se unen en una advertencia disonante que a la vez también es súplica. La guitarra tratada de “Hay ángeles”, el sonido de los cascos del iPhone avisando de que queda poca batería, el apoteosis climático de la crucial “Jaque”, o la triunfalista “Bliss” que sí, se acerca a esa idea de pop que siempre define Marina y que hace pensar en una especie de reignición del “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” (2010) que sucede entre pantallas de videojuego, agujeros espacio-temporales y los planetas visitados por Caroline Polachek en “Desire, I Want To Turn Into You” (2023), por Björk en “Medúlla” (2004) o por Gang Gang Dance en “Saint Dymphna” (2008). Sí, en cierto sentido esta podría ser la preciosa y retorcida fantasía oscura de Marina Herlop. ∎