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Firma invitada / El sombrero de hélice (≠ Las elipsis de mis discos durante 20 años ≠)

Episodio 14: Julia, la cartera del Alto de la Llama, me vio en la televisión

Remate sigue compartiendo sus memorias por entregas con los lectores de Rockdelux. Alabado sea. Quienes hayan seguido de cerca su laaaaarga trayectoria ya saben que es poco amigo de convenciones. Los que hayan tenido la suerte de tratarlo en la distancia corta, aunque sea esporádicamente o en un contexto netamente profesional, habrán intuido que lo del autobombo no va con él y que la severa relación que ha ido manteniendo con su obra es peculiar. Quizá ahora –cuestión de tiempo y perspectiva, quién sabe– empieza a estar preparado para celebrarla como se merece.

E

n la página 38 del libro de May Sarton “Anhelo de raíces” (1968), la escritora reflexiona: “... Un escritor se siente mucho más cercano a un artesano, un granjero, un carpintero, a cualquiera que trabaje con las manos que a un oficinista o un contable”. No puedo estar más cerca de ella. En estas memorias la autora narra entre otras cosas la reforma de su casa, con sus diferentes oficios omnipresentes: albañiles, electricistas, cerrajeros... De todos aprendió y sintió una complicidad que nunca imaginó. A mí me pasó igual exactamente hace unos años. La alegría que siento con May Sarton es sorprendente.

Hay muchos otros ejemplos. Me gustan especialmente las portadas de ‘The Wire’ (no suelo conocer a nadie y muchas veces son músicos mayores), los profesores, los cocineros, los diseñadores de sonido, los montadores de cine, los contrabajistas, las floristas, los pintores de paredes, los naturalistas, los pívots que siguen la estela de Hakeem Olajuwon, los saxofonistas barítonos… Son personas que me inspiran y me dan ganas de hacer cosas.

Sin embargo, nunca me he sentido cercano a los que expulsan el humo del tabaco por la nariz ni a los que cogen el cigarrillo con los dedos de la mano estirados. Tampoco suelo sentir complicidad con los guitarristas, los coleccionistas (esto ya lo dije, perdón), con los que hacen tráileres en los que te cuentan toda la película, con los que interactúan, con los del criptoarte, con los que son una copia de sus padres. Me llevo mucho mejor con los directores de los bancos que con los emprendedores, no sé bien por qué. Y con los panaderos comparado con los ferreteros, aunque en este caso no me extrañe porque sé más de panes que de llaves inglesas.

Admiro mucho a una cartera del Alto de la Llama, en Asturias, en la Sierra del Sueve. Julia, con serios problemas de vista (sus gafas son de esas gordas), además dueña de un hostal-restaurante donde hemos dormido muchas veces. Por las mañanas recorre la comarca repartiendo el correo. En coche y caminando, y eso que, como su nombre indica, el Alto de la Llama no es precisamente una llanura. Cuando acaba su jornada en el servicio postal, cocina platos increíbles y atiende con energía su negocio. Claro que la admiro, porque es admirable. Es una señora a la que podría perfectamente haber dedicado una canción, pero no lo conseguí.

Anita y yo llegamos un día de casualidad hace una eternidad, más o menos 25 años, y se convirtió en un sitio imprescindible en nuestras vidas. Hasta Carlos Toronado estuvo con nosotros una vez. Es un hostal sumamente sencillo, apartado, un sitio de paso (ah, me encantan los sitios de paso) extraordinario por su naturaleza pero que no sería percibido a no ser que necesites descansar o comer. Tiene un punto espartano, hasta eremita. Hace muchísimo que no vamos. Tenemos que ir.

Una vez Julia me dijo que me había visto por la televisión. Ella y unos paisanos, en ‘Los conciertos de Radio 3’. Llamó a sus hijos para cerciorarse de que era yo. Estaban seguros, sí. Aunque solíamos charlar, yo no les había dicho nada de lo que hago. Y de repente fui un poco una celebridad en el Alto de la Llama. Salieron sus hijos a saludarme. Expliqué un poco acerca de mis canciones. Ya a punto de ponerme pesado surgió otra cosa, afortunadamente para todos.

Me ha costado años apreciar mis canciones. Durante mucho tiempo, cuando Anita o mis amigos ponían mi música lo pasaba fatal. Realmente mal. De diván. Les pedía casi histérico que la quitaran. Hasta que un día escuché algo que no sabía lo que era y me pareció que estaba bien. Era una canción mía. Creo que era del disco de Escarlata, el dúo que formamos Israel Marco y yo (o trío si incluimos a Carlos Toronado, quien tuvo la idea de juntarnos). Entonces pensé que a lo mejor no estaba tan mal. Me gusta mucho ese disco, ahora. Es de mis metafavoritos.

Tengo la teoría de que, como al nacer me sacaron con fórceps (tengo una cicatriz), soy bastante zote en algunas cosas, pero mucho, y tengo bastante intuición para otras. Ahora me doy cuenta de que hicimos discos, en plural, que tienen sentido. Y a veces pasaron cosas muy especiales gracias a muchos factores. En 2027 se cumplen 15 años de “Una araña a punto de comerse una mosca”. Anita estaba embarazada. Solo dimos dos conciertos con una banda XXL: Madrid (Joy Eslava) y Barcelona (La 2 de Apolo). En julio de 2012 nació Nelson, y paré. Y luego grabé otros discos. Acción-Reacción. Pero a lo mejor 15 años de ese disco sí merecen una celebración. (Continuará...) ∎

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