“El amar y el querer” es una de las baladas románticas más legendarias compuestas por el tándem que formaban Manuel Alejandro y su esposa, Purificación Casas (1946-2021), fallecida por el coronavirus a los 75 años. Lo interpretó el propio Manuel Alejandro en su álbum “Canto a la vida” (1974), pero se hizo popular tres años después en la icónica versión del cantante y actor mexicano José José, que la convirtió en éxito mundial. A partir de entonces han sido legión los artistas que han interpretado el tema, casi siempre cantantes melódicos como Rudy Márquez, Cristian Castro, José Luis Rodríguez “El Puma” o Raúl Di Blasio, entre muchísimos más, incluso en versiones aflamencadas como las de Falete o A Dos Velas…
Ahora quienes la interpretan nos sorprenden, porque se trata de Sofía Comas y Nacho Vegas. La canción formará parte de “Tecuán Caroca”, el inminente tercer álbum –saldrá el 24 de abril y este es su quinto single– de la cantautora española nacida en Montreal en 1985 por el desplazamiento laboral de sus padres. Sofía la descubrió hace unos dos años, en su primer viaje a México. Era la canción favorita de un amigo suyo, que pidió a un trío de serenatas de Coyoacán que la cantaran, y ella se enamoró inmediatamente de las canciones “con palabras mayúsculas” de Manuel Alejandro y profundizó en “20 triunfadoras” (1982), un recopilatorio de grandes éxitos de José José.
De hecho, casi todos los intérpretes de “El amar y el querer” son de esas grandes voces melifluas masculinas hegemónicas en lengua castellana a ambos del Atlántico en los años setenta, porque la canción no ha sido interpretada por grandes voces femeninas famosas. Entre las mujeres que la han cantado, las más reconocidas son la chilena Denisse Malebrán y la mexicana Adrianna Foster. Sofía y Nacho no son cantantes de voz en chorro a lo Francisco –que también la interpretó– o Marta Sánchez. Sus voces distan mucho de ese concepto, pero eso no es óbice para que ambos la hayan acometido con un respeto encomiable, fruto de los nuevos tiempos sin complejos que vivimos: recordemos que sus autores la escribieron distinguiendo entre “el amor” verdadero entendido como entrega total y sacrificio, y “el querer” superficial: simple goce egoísta. Una dicotomía moral que ya era trasnochada entonces en Europa por encima de los Pirineos y en los Estados Unidos. Y que ahora parece no serlo.
Qué ha visto una chica moderna, de orígenes indies y amante de la experimentación en un tema tan de Rocío Jurado o Julio Iglesias es un misterio para mí. Afortunadamente, los singles previos –“El precipicio”, “La menudita”, “Ojalá la vida” o “Ranchera protectora”– también respiran clasicismo e influencias de folclore iberoamericano, pero son completamente actuales no solo por ser recientes, sino por los arreglos instrumentales que los adornan. Porque, culpa mía, la canción me trae recuerdos de los programas de Don Francisco en Univisión o Mirtha Legrand en el Canal 13 de Buenos Aires, o de la música ambiental (¡en directo!) de los piano-bar de los hoteles de cinco estrellas de las capitales iberoamericanas. Cosas todas ellas que, por edad y circunstancias personales que no vienen a cuento, he conocido personalmente. ∎