Hubo un tiempo –y no tan lejano– en que existía un star system en el mundillo del videoclip. Realizadores que cambiaron el paradigma audiovisual de su línea temporal y de cuya obra hasta lanzaron colecciones en DVD como “The Work Of Director” (2003). Uno de aquellos incontestables fue Chris Cunningham. El británico obtuvo un ingreso vitalicio entre los grandes realizadores de todos los tiempos con material perenne como el que centra estas líneas. Un artefacto que se desprendió de la veta promocional asignada para convertirse en catalizador del vídeo musical como obra artística. El receptor no fue otro que Aphex Twin, otro artista alterando las placas tectónicas de su área. De su comunión creativa surgieron algunas de las señales más brillantes de los noventa.
El recorrido de “Windowlicker” se inicia mediante un largo prólogo. Dos negros con aspecto de pandilleros circulan con su coche descapotable por las calles de Los Ángeles cuando se topan con dos mujeres a las que intentan conquistar con modales groseros. Podría resultar una escena eliminada de “Los chicos del barrio” (John Singleton, 1991) o del Spike Lee verborreico y callejero de sus primeros filmes. Pero esa puesta en escena, naturalista y muy dialogada, queda violentamente interrumpida con el choque de una limusina extra larga en cuyo interior aparece la versión grotesca de Richard D. James. Ese punto de inflexión genera una colisión frontal con el videoclip mainstream que podría haber insinuado desde el inicio mediante esas representaciones tan ligadas al mundo del rap, donde se manifiesta el ego de los artistas: alardeo de dinero, mujeres deslumbrantes y coches de lujo. Pero lo que sigue es el más desconcertante desenfreno de la historia del videoclip. Esa especie de transición a lo hermanos Zucker da paso a una coreografía malsana en el momento en que arranca la música y el rostro perturbador de Aphex Twin se traspasa hacia bustos femeninos. Y es en esa fusión imposible, como si un Prometeo urbano hubiera sido jaqueado por Harmony Korine y David Lynch, basculando entre lo grotesco del rostro y los cuerpos perfectos de las mujeres que lo acompañan en el interior de la limusina, y en las playas de la ciudad californiana, cuando brota un magnetismo que deja al espectador atrapado en la incomodidad de un deleite enfermizo.
El combo británico no solo supo parodiar el ego que predominaba (y predomina) en el audiovisual del rap, sino también dejar un recado de aquello ridículo que asoma en su sobreexposición, la del lujo obsceno y la cosificación. Incluso anticipó la fiebre del deep fake y de los filtros absurdos. Y lo hacía utilizando esos códigos que ponía en tela de juicio, haciendo aún más flagrante su recepción como espectador. Un artefacto que supo sabotear la expectativa del visionado de clips e irrumpir como una crítica feroz de los estilemas visuales dominantes, y todo ello sin perder de vista su pericia visual y unas coreografías alucinantes que no han podido envejecer. Como toda esta obra. ∎