Gregorio Paniagua, personaje único.
Gregorio Paniagua, personaje único.

Fuera de Juego

Gregorio Paniagua, un gamberro con frac

Retirado de la vida pública desde hace varios años, el pasado sábado 10 de enero falleció en su casa de la colonia Camorritos, en el municipio serrano de Cercedilla, Gregorio Paniagua, el hermano mayor de una saga familiar dedicada a la música antigua supranacional. El 2 de febrero habría cumplido 82 años.

Es una sorpresa que la muerte de Gregorio Paniagua (1944-2026) haya pasado bastante desapercibida para la enorme importancia que el músico, compositor y musicólogo ha tenido en la historia de la música española del siglo XX. El madrileño fue el mayor de ocho hermanos, cuatro chicos y cuatro chicas. Era hijo de un médico entusiasta de la música clásica que lo bautizó con su mismo nombre. Cuando tenía 20 años fundó Atrium Musicae, pronunciado musiche, un conjunto dedicado al rescate e interpretación de la música antigua europea del Renacimiento y Barroco con instrumentos de época, al que fueron incorporándose varios de sus hermanos pequeños. Se sumaron todos los varones –Carlos, Eduardo, Luis– y dos de las mujeres, Carmen y Cristina.

De sólida formación intelectual, sus estudios iban mucho más allá de limitarse a tocar un instrumento. Como se lee en su web, estudió medicina en la Universidad Complutense y en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid –abandonó a falta de un curso– y su formación artística incluyó clases de pintura con su abuela materna, María de Calderón, alumna de Vicente López. Como músico, además de sus estudios de violonchelo en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid –que también abandonó a falta de un curso–, estudió viola da gamba con August Wenzinger, director de la Schola Cantorum Basiliensis, y dirección de orquesta con Sergiu Celibidache. Más datos extraídos de su sitio oficial: a los 22 años decidió dedicarse a la musicoterapia, a la que dedica su tesis doctoral: “Tarantule-Tarantelle” –después fue álbum de Atrium Musicae, grabado y publicado por Harmonia Mundi en 1976–, y al estudio de los códices y manuscritos musicales antiguos.

También dedicó su considerable talento a otros instrumentos como la vihuela, el laúd y la zanfona. Y con el paso del tiempo, a medida que el prestigio de Atrium Musicae crecía, su interés por la investigación musicológica lo llevó a crear su propio taller, donde reconstruyó numerosos instrumentos históricos desaparecidos. Sus reproducciones se basaban en miniaturas de manuscritos, pinturas, bajorrelieves y cerámicas policromadas, desde monumentos griegos clásicos hasta arte románico, gótico y renacentista en España y en toda Europa.

En un vídeo de 1975 se ve a Gregorio Paniagua explicándole a una joven Paloma Chamorro, para el programa “Cultura 2” de Televisión Española, cómo reprodujo un organistrum –instrumento medieval de cuerda frotada, empleado como acompañamiento de la música sacra– a partir de la imagen que de él aparece “en la clave del pórtico del tímpano de la fachada principal de la catedral de Santiago de Compostela”. De ese interés por hacer revivir el pasado nació también la vocación de lutier de su hermano Carlos, arquitecto de formación pero considerado desde hace décadas como un especialista de talla internacional en la construcción y reparación de instrumentos musicales de cuerda históricos, étnicos y modernos.

Entrevista a Gregorio Paniagua de Paloma Chamorro en ‘Cultura 2’, programa de RTVE (1975).

Atrium Musicae alcanzó fama internacional por sus ambiciosos proyectos discográficos y giras. El grupo permaneció activo unos 25 años y por su seno pasaron numerosos músicos de los más variados orígenes. Personajes como Cristina Úbeda o Beatriz Amo (que fueron su primera y segunda esposa, respectivamente), Pablo Cano, Begoña Olavide (cantante e intérprete de salterio, esposa de Carlos Paniagua), Marcial Moreiras, Cristina García, Mariano Martín, Rosalía Peraita, Eugenio Urbina, Javier Coello, Máximo Pradera, Jacobo Durán-Loriga, Luis Delgado, Javier Bergia, Ezequiel Cortabarria o Andreas Prittwitz, entre otros nombres.

Entre las obras del conjunto se encuentran grabaciones de “Las Cantigas de Santa María, de Alfonso X El Sabio” (Hispavox, 1968), grabado en la colegiata gótica de Covarrubias. Esa grabación recibió un Disco de Oro en el Festival Internacional de Arte de Tokio en 1971. Otro proyecto emblemático, “Musique de la Grèce Antique” (Harmonia Mundi, 1979), presentó reconstrucciones de la música griega antigua y se publicó en una edición patrocinada por la UNESCO en apoyo de la restauración de la Acrópolis de Atenas. El grupo también grabó “Musique Arabo-Andalouse” (Harmonia Mundi, 1977) y álbumes como “La música en Cataluña hasta el siglo XIV” (Hispavox, 1968), “El códice de Las Huelgas (S.XIII-S.XIV)” (Hispavox, 1970), “Música Iucvnda. Siglos XII al XVII” (Hispavox, 1976), “Diego Ortiz / Recercadas” (Harmonia Mundi, 1979), “Las Indias de España. Música precolombina y de archivos del viejo y nuevo mundo” (Hispavox, 1981) o “La Spagna. XV, XVI, And XVII Centuries” (BIS, 1986).

Música antigua según Gregorio Paniagua.
Música antigua según Gregorio Paniagua.

Su discografía llegó a alcanzar alrededor de 25 lanzamientos en sellos internacionales y obtuvo elogios constantes de la crítica. Como director de Atrium Musicae, dirigió numerosos estrenos de obras antiguas inéditas y de sus propias composiciones, presentadas en salas de conciertos, iglesias, catedrales, teatros y museos de Europa, América, Asia y Australia. También colaboró con universidades y cursos especializados dedicados a la música antigua.

Atrium Musicae se disolvió a principios de la década de 1980 y varios de sus miembros, entre ellos su hermano Eduardo Paniagua, emprendieron exitosas carreras en solitario. Gregorio Paniagua siguió grabando y experimentando, colaborando en proyectos como Codex Gluteo, Batiscafo, Fandango y Canto Antiguo Español, y explorando tanto instrumentos históricos como los primeros instrumentos digitales.

Paralelamente a sus actividades musicales, mantuvo una carrera continua, aunque en gran parte privada, como pintor. Realizó exposiciones en su adolescencia en Madrid, Mojácar y Almería, y más tarde presentó una muestra privada con la galerista Juana Mordó. Gran parte de esta obra visual permaneció reservada hasta hace pocos años, cuando comenzó a aparecer públicamente.

La filosofía de Gregorio Paniagua

Gregorio Paniagua defendía la idea de que la música no es ni antigua ni moderna: es música. Y es siempre cambiante. “La música antigua no es algo que se resucita”, le decía a Paloma Chamorro en el programa ya citado. “La música en el momento en el que se interpreta es siempre diferente. Si hoy dirige usted una sinfonía de Brahms con una orquesta y la vuelve a dirigir mañana con los mismos instrumentistas, esa sinfonía no tiene tantos años más un día o más dos días, sino que es nueva, es de ese instante, y la interpretación de hoy nunca será igual a la de ayer. La música no es antigua: es del instante en que se interpreta. Cuando se ‘desentierra’ un códice del pasado y se interpreta la música que en él está escrita, la música siempre será ‘actual’ y contemporánea. Para la música no hay tiempo: se proyecta a la eternidad hacia atrás y hacia delante”.

Máximo Pradera, el popular escritor, guionista y comunicador, popular especialmente por haber presentado en televisión el irreverente programa de entrevistas y humor “Lo + Plus”, recuerda que conoció a Gregorio Paniagua a principios de los setenta, cuando Pradera era un chavalín de 13 o 14 años y quiso apuntarse a clases de guitarra y algún conocido le habló a su familia de Paniagua, que ya era un músico famoso. “Paniagua era un tipo que ya había triunfado con las ‘Cantigas de Alfonso X El Sabio’ en el Museo Metropolitano de Nueva York y estaba, como decía aquella, ‘en el candelabro’”, explica por teléfono Pradera. “Pero redondeaba sus ingresos con las clases, que eran supercaras para entonces. Creo que me cobraba mil pesetas, cuando un profesor normal cobraba cien o doscientas. Eso sí, venía a casa, aunque a veces iba yo a la suya cuando vivía en Torres Blancas, que estaba relativamente cerca de mi casa en Arturo Soria”. Pradera lo recuerda como un personaje muy divertido aunque “en realidad, dotes pedagógicas tenía pocas. Era muy buen músico y tenía un oído muy fino. A mí me descubrió mucha música y me enseñó a leer partituras, porque yo hasta entonces tocaba la guitarra pero tocaba con cifra”.

A los mandos del violonchelo.
A los mandos del violonchelo.

La integración de Máximo Pradera en Atrium Musicae se produjo pocos años más tarde. “Dejamos de vernos porque cada vez tenía más giras y no podía dar clases y más adelante yo entré en crisis con mis estudios de Filología y quise intentar dedicarme a la música. Entonces decidí llamarlo y me dijo que en vez de darme clases, podíamos hacer ‘algo mucho mejor: que te integres en Atrium Musicae’. Yo formé parte del grupo desde 1977 a 1980, y cuando lo conocí era una especie de negocio familiar porque tocaban varios de sus hermanos”.

“La única condición que me puso para integrarme en Atrium Musicae fue que me comprara un frac”, cuenta Pradera. “Actuábamos con frac de levita. No bastaba un traje simplemente elegante, sino un frac, porque a él le gustaba el contraste entre lo gamberro que podía ser a veces el grupo, que a veces éramos como Les Luthiers, con eso del frac”. Pradera afirma que esa fue una época muy divertida y esplendorosa. “Salían conciertos muy chulos: de repente había que ir a Provenza a grabar para el sello Harmonia Mundi, que era muy prestigioso, o dar un concierto en el Rijksmuseum de Ámsterdam en 1978, en el que actuamos delante de uno de los cuadros más famosos de Rembrandt, ‘La ronda nocturna’, y entre el público estaba lo que Gregorio Paniagua definió como ‘un póquer de reyes’ (lo estuvo repitiendo durante todo el viaje) porque estaban Juan Carlos I, la reina Sofía, la reina Juliana de los Países Bajos y su esposo, además de la hija de estos, la entonces princesa Beatriz y su marido, Nicolás. Nosotros éramos los teloneros de Teresa Berganza. Durante una época, creo que desde 1976 hasta mediados de los años ochenta, los reyes se la llevaban siempre a sus viajes internacionales para que cantara para ellos. Vamos, ¡un chollo de la hostia! Gregorio tenía mucho criterio para armar los programas: no solamente seleccionaba muy bien las piezas, sino que las distribuía perfectamente a lo largo de las partes del concierto y el concierto fue muy exitoso, porque cuando se curraba los ensayos tenía muy buen directo. Yo viví una época en la que podíamos estar tres o cuatro meses sin dar conciertos, y en ese tiempo no se ensayaba y cuando llegaba el concierto había que quitarse el óxido y a veces salían conciertos desastrosos, porque iba todo con alfileres y la música era muy difícil. Lo del frac también servía para ganar respetabilidad, porque era un músico muy brillante pero muy inseguro. En realidad como muchos otros artistas”.

Pese a esa “respetabilidad” de dar conciertos para la realeza europea, Atrium Musicae era también una formación que se permitía muchos alardes vanguardistas. Luis Delgado –al que los lectores más inquietos conocerán por su labor vanguardista junto a Eugenio Muñoz en Mecánica Popular, además de por su participación en formaciones de música antigua y andalusí y como coleccionista de instrumentos musicales de todo el mundo y propietario y director del Museo de la Música Colección Luis Delgado en la localidad vallisoletana de Urueña– entró en los últimos tres años de Atrium Musicae, en los que se ofrecieron infinidad de conciertos por todo el mundo.

“Los conciertos eran muy divertidos”, explica. “Gregorio no estaba dispuesto a aburrirse ni un solo segundo de su vida. Estar con Gregorio era una experiencia en la que acababas agotado. A varios de nosotros casi nos doblaba entonces la edad, pero nos llevaba a punta de látigo con todo tipo de propuestas de actividad espectaculares y muy intensas. De repente le daba porque nos fuéramos a ensayar al Retiro o a donde fuera. Y podía llenar el escenario de globos que teníamos que ir explotando a su tiempo justo, en el momento culmen. Se podía decir que eran performances más que conciertos solamente”.

En su faceta pictórica.
En su faceta pictórica.

“Como también era escultor –continúa explicando Delgado–, en otra ocasión creó una momia apócrifa de Teobaldo I de Navarra, ‘El Trovador’ por su fama de poeta y músico. Era en realidad el esqueleto de una vaca puesto de pie con una túnica. Todo eran puestas en escena y, por supuesto, había gente a la que le molestaba muchísimo y había gente que salía encantada”. El músico recuerda una serie de conciertos que explican a la perfección ese carácter entre performativo y gamberro de los espectáculos de Atrium Musicae y del propio Gregorio. En junio de 1982, el Teatro Español de Madrid contrató a Atrium Musicae para una serie de actuaciones consecutivas, los “Conciertos parafósiles”. “Como era para varios días, Gregorio habla con la dirección del Teatro de Español y les dice que está harto de tocar en escenarios y que el escenario es un sitio feísimo”, cuenta Delgado. “Y entonces le preguntan qué querría hacer y les contesta que a él le gusta ‘tocar en mi casa, rodeado de mis cosas, entre mis objetos, para sentirme cómodo’. Cuando el grupo se presenta en el Teatro Español para la prueba de sonido nos encontramos con que el escenario estaba lleno de todos los muebles de la casa de Gregorio: las camas, la nevera, las lámparas… ¡Todo! El escenario era como una especie de bazar de anticuario surrealista, con unas cosas increíbles colgadas y tal. No nos lo podíamos creer, y Gregorio nos dijo ‘esto va a ser cojonudo, ya verás’. Nos fue colocando en las posiciones en las que íbamos a tocar y, efectivamente, las críticas en los periódicos fueron espectaculares, hablando de las referencias a Madrid y del escenario daliniano. El resultado es que cuando acaban los conciertos le preguntan que cuándo le llevan las cosas de vuelta, y él les dice que se las lleven el martes, pero que ‘en vez de llevármelas a la calle Juan de Mena, me las vais a llevar a una dirección que os voy a dar en Cercedilla’… ¡Aprovechó los conciertos para que el Teatro Español le hiciera la mudanza! ¡Con dos cojones!”.

Con lo que hay que quedarse, según Delgado, es con que Atrium Musicae estuvo varios días seguidos actuando en el Teatro Español, algo que no ha estado ni está a la altura de cualquiera. “Los conciertos de Atrium Musicae eran multitudinarios”, señala. “En esa época no había los controles de aforo que hay ahora y venía tal cantidad de gente que a veces, cuando estaba la sala llena, tenían que plantearse abrir las puertas y que entrara toda la gente que estaba en la calle y se sentara en el suelo, en el escenario, por todas partes. Eran conciertos multitudinarios y la gente tenía un interés enorme en oír esas músicas antiguas. Y no solamente aquí, sino en toda Europa, en Japón y en Estados Unidos. En todos esos sitios hacíamos giras”. También comenta Delgado un concierto en el que él no intervino pero que habla a las claras de la filosofía que subyace en la obra de Paniagua. “A Atrium Musicae los invitaron a tocar en el Museo Metropolitano de Nueva York y cuando llegaron allí se enteran de que van a tocar en el ábside de la iglesia de San Martín de Fuentidueña, trasladado piedra a piedra a The Cloisters, el espacio de arte medieval del Met. Bueno, pues dieron el concierto dentro de ese ábside y cuando volvieron a España Gregorio cogió la furgoneta y se fue con el grupo al sitio exacto donde había estado la ermita y repitieron el mismo concierto en medio del campo, como tributo y reparación al espacio original”.

Anécdota de la supresión del aire acondicionado en el Metropolitan Museum Of Art, en 1971.
El cantautor Javier Bergia –en realidad, otro músico polifacético, que ha sido durante trece años miembro de la banda de Ismael Serrano– formó parte de Atrium Musicae durante varios años desde finales de los setenta. Considera a Paniagua “un auténtico pionero” en el redescubrimiento de lo que los demás llamamos “música antigua”, ya hemos visto que esa denominación no iba con él. Es Bergia quien me hace caer en la cuenta de que Paniagua fundó Atrium Musicae con 20 años, en 1964, “¡cuando Jordi Savall todavía estaba estudiando!”. Cierto: el violagambista y musicólogo catalán, considerado en la actualidad como gran divulgador de las músicas antiguas, es casi tres años mayor que Gregorio Paniagua pero no entró a estudiar violonchelo en el Conservatorio de Barcelona hasta un año después de la creación de Atrium Musicae…

En el Monasterio de Camorritos

Lo que puede resultar sorprendente es que un grupo de tal fama y prestigio desapareciera tan de repente y el propio Paniagua cayera en una especie de letargo de tanta duración que hizo que, varias generaciones después, su nombre y el de Atrium Musicae solo sean recordados por incondicionales. Luis Delgado explica que a Paniagua la fama le importaba “un carajo” y Bergia coincide en que era una persona muy austera. Delgado cuenta que llegó un momento en el que, después de años de éxito arrollador en todo el mundo con Atrium Musicae, “se quiso desembarazar del marchamo de música antigua y dedicarse a hacer su música, y para hacer eso entras en otra dimensión mediática. Si actúas en un sitio con la música de Teobaldo I de Navarra los medios tienen de qué hablar: ‘recuperan la música del rey Teobaldo’, etc. Pero si vas con tu música tienes que echarle un pulso a la actualidad y eso a los programadores no les interesa. Cuando Gregorio optó por ese camino, dejaron de llamarlo. Pero hay que decir también que a Gregorio todo esto le importaba un carajo. Gregorio hizo en su vida lo que tenía que hacer y lo que le daba la real gana. Si el entorno social lo acogía, fantástico, pero si no lo acogía, fantástico también. Se dedicaba a hacer sus instrumentos absurdos, que llamaba absurdófonos”. Bergia recalca que Paniagua había estado toda su vida pintando. “Tiene una cantidad de cuadros enorme y alguna vez hizo alguna exposición y los vendía. De vez en cuando le salía algún concierto y daba algún concierto o alguna conferencia, pero él era fundamentalmente austero y pudo vivir de lo ahorrado durante los años en que daba giras y de los derechos de autor de los arreglos de los discos de Atrium Musicae, porque hubo una época en la que ganó mucho dinero”.

Su museo particular en Camorritos.
En 1983 Gregorio se compró un chalé rústico en medio del bosque de la sierra madrileña de Guadarrama, en la colonia Camorritos de Cercedilla, que bautizó como Monasterio de Camorritos. Hasta ahí se desplazaron en 2018 Íñigo Pastor –director del sello Munster– y Miguel Stamp –responsable del fanzine ‘Stamp’ y traductor profesional, entre otras editoriales, de Liburuak–. El encuentro se materializó “después de someternos a muchas pruebas preliminares, porque no aceptaba reunirse con cualquiera”, recuerda Miguel. La idea era proponerle la reedición de “Batiscafo” (Hispavox, 1980), “un disco del que éramos fans absolutos”. De ese encuentro salió también el documental “Música fósil”, realizado por Miguel Stamp bajo el alias de Federica Pulla cuyo visionado recomiendo encarecidamente. Fue ahí donde Gregorio vivió hasta su muerte. ∎

Arqueología en el jardín de Gregorio Paniagua

La trayectoria musical de Gregorio Paniagua al frente de Atrium Musicae consta de 25 álbumes, en los que recuperó partituras tan arcaicas como “Las cantigas de Santa María de Alfonso X El Sabio”, grabado en la Colegiata de Covarrubias, o “El códice de las Huelgas (S. XII-XIV)”, grabado en el Monasterio de Santa María Real de las Huelgas. Destaca también un álbum dedicado a “La música en Cataluña hasta el siglo XIV”, que se grabó en el Monasterio de Santo Domingo de Silos. Pero hemos preferido destacar los álbumes de música del propio Gregorio Paniagua.


ATRIUM MUSICAE DE MADRID
“Musique de la Grèce Antique”
(Hispavox, 1978)

Dentro de su labor de recuperación de músicas antiguas, habría que destacar especialmente este. Se trata de un disco bastante criticado en su momento por la comunidad internacional de expertos porque, al contrario de lo que sucede con la música medieval, de la que sí hay documentación en abundancia, de la de la Grecia antigua no hay documentación en el mundo. Lo explica Javier Bergia: “Apenas dos trozos de piedra que, al parecer, tienen un poquito de iconografía musical”. Es decir, es un disco que se inventó Paniagua y en su categoría de disco conceptual podría considerarse el primero de sus grandes experimentos musicales personales.

GREGORIO PANIAGUA
“Batiscafo”
(Hispavox, 1980)

Gregorio Paniagua quiso llevar lo que hasta el momento había sido una labor de arqueomusicología, que combinó con la performance, al terreno de la autoría personal. En 1980 se encerró durante un mes en su estudio para grabar –a la manera de Mike Oldfield y su “Tubular Bells” (1973)– un álbum en el que todo era interpretado por él. Y en ese todo se incluyen hasta 200 instrumentos entre antiguos, exóticos y contemporáneos. “Batiscafo” fue, posiblemente, el primero de los discos de la vanguardia musical española de los ochenta –que tuvo como artistas más reconocidos a Suso Saiz con o sin la Orquesta de las Nubes, Clónicos, Pep Llopis, Ishinoana o Finis Africae– que entrelazaba el tipo de tonalidades cíclicas utilizadas por minimalistas como Terry Riley con percusiones hipnóticas y ecos de innumerables músicas antiguas de todo el mundo. Fue reeditado en 2020 por Munster a partir de las cintas originales (y seleccionada entre las mejores reediciones de aquel año por Rockdelux).

LUCIA BOSÉ Y GREGORIO PANIAGUA
“Io, Pomodoro”
(CBS, 1981)

Entre los innumerables experimentos que se le ocurrían al mayor de los hermanos Paniagua está este disco grabado con la actriz italiana Lucia Bosé, en el que Paniagua compuso todas las piezas y tocó todos los instrumentos, alternando música de inspiración medieval y contemporánea, mientras que la madre de Miguel Bosé las “interpretaba” –no se puede definir exactamente como canto– alternando italiano y castellano. En este disco se encuentran dos canciones –“Dime quién eres, desconocido vecino” y “Nana de una sola nota”– que versionaron Single de forma muy distinta a la original. También una pieza instrumental más, “Danza de la pimienta”, inspirada en un tema popular hebraico que, pocos años después, con letra escrita por Maria del Mar Bonet y titulada “Dansa de la primavera”, se convertiría en una de las canciones más famosas de la mallorquina.

RITA MARLEY / IGNACIO SCOLA / GREGORIO PANIAGUA
“Spectacles For Tribuffalos”
(Tábata, 1995)

El impulsor de este proyecto es un músico que había ejercido como ejecutivo en la multinacional discográfica PolyGram, Ignacio Scola, en el que quiso involucrar a la viuda de Bob Marley. Conocer a Paniagua para que realizara los arreglos de violonchelo para una primera canción, “Miracle Baby”, la nana que Scola había compuesto para su hijo recién nacido, hizo que el proyecto derivara hacia un álbum mucho más ambicioso coescrito con Gregorio, con una armónica (y fabulosa) mezcla de charlestón, minué, blues, swing, ragtime y pop en la que colaboró gente tan dispar como integrantes del Orfeón Donostiarra, niños de una ikastola de Irún o el guitarrista de blues Javier Vargas. El título del disco explica la música: gafas para tribúfalos… ¡algo que no existe! ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados