Hay músicos que tocan de una forma que te hace pensar que nunca morirán. Sonny Rollins fue uno de ellos: un saxofonista venerado por su potente sonido y sus improvisaciones aparentemente inagotables. Rollins fue Maestro de Jazz de la Fundación Nacional para las Artes, recibió un reconocimiento del Centro Kennedy y la Medalla Nacional de las Artes. En 2016, la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos incluyó en el Registro Nacional de Grabaciones “Saxophone Colossus” (Prestige, 1957), seguramente el disco que más identifican los fans con el músico y compositor. “Hoy en día, millones de sus fans en todo el mundo consideran a Sonny Rollins una especie de gurú o figura similar a un swami, muy venerado no solo como un genio musical, sino también como un hombre de profunda espiritualidad”. Un álbum que, entre otras obras cumbre de ilustres nombres, es la personificación del músico de jazz moderno.
Walter Theodore Rollins nació el 7 de septiembre de 1930 en Sugar Hill, Harlem, hijo de una familia de la isla de Santo Tomas, en las Islas Vírgenes de los Estados Unidos, en el Caribe. Con apenas 20 años tenía una sólida reputación en la escena neoyorquina del jazz. Su hermana era pianista clásica y él comenzó en el piano para luego ser atrapado por el jazz y el saxo, primero el alto, después el tenor.
En su larguísima discografía, Rollins siempre ha tenido presentes sus raíces caribeñas. Entre las que destacan dos piezas, “St. Thomas”, en el álbum “Saxophone Colossus” y “Don’t Stop The Carnival”, en el disco “What’s New?” (RCA Victor, 1962). La primera es una adaptación de una canción tradicional infantil de Bahamas que su madre le cantaba de niño y la segunda es un calipso festivo.
Su sonido musculoso, su naturaleza exploratoria, su forma de abordar las improvisaciones de manera temática y con una imaginación desbordante fueron clave en la definición del saxo en el jazz moderno. Su música creaba un auténtico escenario emocional, como puede comprobarse en “Thelonious & Sonny Rollins Monk” (Prestige, 1955). De esta época destacan “Saxophone Colossus”, “Sonny Rollins Plus 4” (Prestige, 1956), la compilación “Sonny Rollins With The Modern Jazz Quartet” (Prestige, 1956) y “Tenor Madness” (Prestige, 1956). También sobresalen “Way Out West” (Contemporary, 1957), “Sonny Rollins Vol. 2” (Blue Note, 1957) y “The Sound Of Sonny” (Riverside, 1957). Todos son discos celebrados por los fans, cuya influencia marca una senda que ha llegado a luminarias como Joshua Redman.
En esa década, el insigne músico estaba convencido de que el mejor jazz se tocaba en clubes. A destacar “A Night At The ‘Village Vanguard’” (Blue Note, 1958), en formato trío, sin piano, al que se sumó un segundo volumen bajo el título “More From The Vanguard” (Blue Note, 1975) cuando fueron descubiertas más cintas de la sesiones. Durante seis décadas se dedicó a conocerse mejor, a centrarse en la concepción espiritual del ser humano. El músico, una referencia determinante del bop, el hard bop y el post-bop no acabó de entrar en la escena del free jazz. El rumor indicaba que cuando estaba envuelto en silencio, su jazz avanzaba en una nueva dirección. ¿Cuál? La suya… debajo de un puente.
Reapareció en 1962 con “The Bridge” (RCA Victor, 1962), que contiene una versión de “God Bless The Child” de Billie Holiday y Arthur Herzog Jr., y fue incluido en el Salón de la Fama de los Grammy en 2015. Mucho se ha hablado y escrito al respecto. En 1977, declaró a ‘The New Yorker’ sobre ese período de retiro que pasó tocando a la vera del puente de Williamsburg: “Me pareció un lugar magnífico para practicar. De día o de noche. Estás por encima de todo el mundo. Puedes contemplar todo el paisaje desde arriba. Está el horizonte, el agua, el puerto. Es una escena preciosa, una panorámica… Puedes tocar tan fuerte como quieras. Te hace pensar. La grandeza te da perspectiva”.
Rollins dejó de actuar en 2012 y en 2014 anunció su retiro. A lo largo de los 65 años de carrera, publicó decenas de títulos entre álbumes de estudio y ediciones en vivo. Su último lanzamiento fue en 2024, “Freedom Weaver. The 1959 European Tour Recordings” (Resonance), con un cuadernillo con fotos inéditas de esa gira. Es una figura cumbre del jazz de la década de 1950. “Sonny Rollins pasará a la historia no solo como el saxofonista tenor más duradero de la era del bebop y el hard bop, sino también como el mejor saxofonista de jazz contemporáneo de todos ellos”, se puede leer en la web de Blue Note. Sin duda, su manera de ver, tocar, captar el jazz hace entender el saxo como mensaje. Ese es su legado.
El jazzman experimentó la adicción a las drogas y pasó tiempo en prisión antes de enderezar su vida y su carrera. Su grabación de 1956, “Saxophone Colossus”, con el atemporal tema inicial “St. Thomas”, marcó un giro crucial en su carrera jazzística. Fue tan efectivo con la experimentación como se demostró en “East Broadway Run Down” (Impulse!, 1967), con tres extensos desarrollos instrumentales. Este título llegó después de un exilio interior no tan invisible, ya que hacía referencia a ese hábito de Rollins de practicar en público en el puente de Williamsburg, lo que desencadenaría un rastro de mitología que lo seguiría durante toda su vida.
En 2010, para su octogésimo cumpleaños, tocó en el Teatro Beacon de Nueva York junto con el magistral saxo alto Ornette Coleman (1930-2015). Cuatro temas quedaron registrados en el disco “Road Shows Vol. 2” (Doxy-EmArcy, 2011). En ese concierto se vio en buena forma a Ornette pero no a Rollins, que debía descansar entre tema y tema. Sus problemas respiratorios eran evidentes. En esa época ambos músicos, por separado, tuvieron la oportunidad de regalarnos su arte, en sendos conciertos grabados a fuego en la memoria de los aficionados al jazz más abierto y motivador en el Palau de la Música de Barcelona.
Con el paso del tiempo, la consideración general dentro del jazz es que Rollins era un intérprete innovador e incisivo, rebosante de ideas musicales ingeniosas y frescas. Asumía que era el último artista vivo de una generación de músicos extraordinarios: “No están aquí ahora, así que de alguna manera los representó a todos ellos. Recuerden, soy uno de los últimos que queda, como me lo dicen constantemente, así que a veces siento la santa obligación de evocar a estas personas”, reflexionó.
Rollins siguió componiendo, grabando y girando. Muy interesante resulta la conversación con otro significativo saxofonista, Joshua Redman, cuyo padre Dewey Redman fue reputado músico y docente. El líder del movimiento “Young Lions” del emergente jazz de los años noventa, que aceptó en 2024 entrevistar al saxofonista a petición de la revista ‘JazzTimes’, opinó que Rollins poseía “un swing potente, implacable y enérgico. Un sonido enorme, cálido y concentrado. Una increíble variedad de articulación y matices, que le daban a su saxofón una cualidad casi conversacional. Un sentido del tiempo infalible, prácticamente metronómico. Un dominio absoluto del ritmo”.
En una etapa posterior, Rollins recibió tres premios Grammy. En 2001, “This Is What I Do” (Milestone, 2000) fue escogido como mejor álbum instrumental de jazz, mientras que su interpretación de “Why Was I Born?”, del directo “Without A Song. The 9/11 Concert” (Milestone, 2005), fue premiada como mejor solo instrumental de jazz en 2006. Dos años antes recibió el premio Grammy a la trayectoria artística.
El legendario saxofonista también ha sido protagonista de la literatura de su repertorio y de su vida. En 2024, New York Review Books publicó “The Notebooks Of Sonny Rollins”, una selección de sus diarios y cuadernos de anotaciones entre 1959 y 2010. También cabe señalar es el alabado ensayo “Saxophone Colossus. The Life And Music Of Sonny Rollins” (2022), del escritor Aidan Levy, que explora el legado del músico a partir de más de doscientas entrevistas.
Sonny Rollins resumió así su liderazgo, que casi nunca quiso admitir: “Me costó bastante encontrar una manera de no acabar en un manicomio. Porque lo único que siempre quise hacer fue tocar. Me llevó un tiempo encontrar otra razón para vivir, y la encontré en la meditación y las filosofías orientales”. ∎

Sonny Rollins se expande en sus lives. Al prescindir del piano, desata la libertad de las improvisaciones de Rollins durante dos noches. El saxofonista, acompañado por dos tríos sin piano, formados por su inseparable contrabajista Wilbur Ware y el notable Donald Bailey y Elvin Jones, a la batería, en formato explorador de polirritmias. Otro batería, el resuelto Pete La Roca, se muestra sutil en el manejo del tiempo y su estilo propio de mirada bop. Las extensas improvisaciones sobre estándares como “Old Devil Moon”, “A Night In Tunisia” y “Softly As In A Morning Sunrise” son consideradas obras maestras.

Álbum característico del state of mind del saxo tenor en los márgenes de la tensión creativa. Rollins suena perdido, mientras el trompetista Freddie Hubbard da lo mejor de sí mismo. “Blessing In Disguise” es un contagioso ir y venir. “We Kiss In A Shadow” es una balada interpretada con el apoyo del contrabajista Jimmy Garrison y el batería Elvin Jones; estos se compenetran de fábula en la arquitectura rítmica que permite al saxo tenor de Rollins mantenerse alrededor de la melodía. El riesgo ya lo han asumido en el tema de apertura “East Broadway Run Down”. Cerca de diez minutos que dan título al álbum, con Garrison sujeto a una sola nota, mientras Elvin Jones amplía el espacio y se expande en direcciones mil. Misterios à la Rollins. Ideal para romper dogmas. Una joya por descubrir.

Fue en el sello Milestone donde grabó más discos. Tal vez su mejor placa de los años setenta sea este directo. La presentación de Sonny Rollins en el Festival de Jazz de Montreux de 1974 fue recibida con gran interés. Su banda habitual de la época estaba formada por Stanley Cowell (piano), Masuo (guitarra), Bob Cranshaw (bajo), David Lee (batería) y Mtume (percusión). Rollins moduló su sonido hacia baladas como “To A Wild Rose”. Está estupendo en la sedosa versión de “A House Is Not A Home” de Burt Bucharach y Hal David, y en la tradición góspel blues de “Swing Low, Sweet Chariot”, donde destacan Rollins al saxo alto y el gaitero Rufus Harley. El álbum supone un contrapunto al jazz de los cincuenta que practicaba Rollins. Sigue creando división de opiniones.

Un Rollins de 69 años, titán del saxo tenor que acostumbra a sorprender con su repertorio, sea propio o ajeno, está acompañado por Stephen Scott (piano), el inseparable Bob Cranshaw (bajo), Jack DeJohnette y Perry Wilson a la batería y Clifford Anderson (trombón). El álbum equilibra ritmos calipso de Sonny Rollins en “Salvador” con la sutil balada “A Nightingale Sang In Berkeley Square” y las enérgicas interpretaciones de “Sweet Leilani” y “The Moon Of Manakoora”, temas de películas de Hollywood de los años treinta. La cumbre es el homenaje a Charles Mingus en clave blues de “Charlie M.”. Al fin, la Academia entiende al Rollins más asequible y le concede un Grammy. Rollins no deja de ser travieso, pues lleva a su terreno unas tunes poco conocidas en clave hard bop.

Finalmente, Rollins tiene disquera propia. Ahora solo le manda el corazón, la intuición y las ganas de tocar con grandes valores del nu jazz, caso del contrabajista y director de orquesta Christian McBride, el trompetista Roy Hargrove y el guitarrista Russell Malone. El saxofonista también invitó a exquisitos del género como el guitarrista Jim Hall y el batería Roy Haynes. No faltan el bajo de Bob Cranshaw ni el percusionista de jazz latino Sammy Figueroa. De nuevo, una grabación de un concierto que abre en canal el vasto repertorio de Sonny Rollins, quien combina en su justa medida clásicos de Irving Berlin, Ira Gershwin, Duke Ellington y Billy Strayhorn ejecutados en amplios desarrollos, con piezas propias como “Sonnymoon For Two” en versión ultraextendida, con Ornette Coleman de invitado, y “St. Thomas”, reducida a la síntesis. Una celebración para el recuerdo. Una delicia. ∎