Hay grupos que, cuando envejecen, intentan disimularlo. Se envuelven en una producción reluciente, fuerzan un gesto de modernidad o se empeñan en sonar jóvenes a toda costa. Los Enemigos, por suerte, nunca han ido de eso. A estas alturas, su mayor virtud sigue siendo sonar exactamente a lo que son. Y “Canciones chulas” entra de lleno en esa categoría de temas que parecen avanzar con la calma de quien conoce muy bien el terreno que pisa, y uno no es consciente hasta pasado un rato de que está de nuevo metido de lleno dentro de su retranca y en esa forma tan suya de entender el rock’n’roll.
Desde el principio, la canción –primer avance del disco homónimo que el cuarteto madrileño publicará en octubre a través del sello Mushroom Pillow; aquí las primeras fechas de presentación: en noviembre tocarán en Valencia (12) y Santiago de Compostela (20) mientras que en enero próximo actuarán en Barcelona (8) y Madrid (23)– se sostiene sobre un armazón reconocible: guitarras secas, ritmo firme y la voz de Josele Santiago en primer plano, colocada ahí como quien se apoya en la barra para contarte algo entre el sarcasmo, el cansancio y la lucidez. No hay búsqueda de impacto inmediato ni ganas de epatar. Tampoco hace falta. Los Enemigos juegan otra liga, una donde el gancho no depende del artificio, sino del carácter. Y de eso van sobrados. Porque si algo conserva “Canciones chulas” es precisamente eso: carácter. Esa manera de sonar ásperos y cercanos al mismo tiempo, castizos sin caer en la caricatura, afilados sin perder nunca del todo el sentido del humor.
El título ya contiene esa ironía tan enemiga, esa forma de decir mucho haciéndose el distraído. Hay aquí una pequeña reflexión sobre el propio oficio de escribir canciones, sobre lo que significa seguir haciéndolo cuando ya no estás para vender novedad ni postureo. En ese sentido, “Canciones chulas” funciona casi como una declaración de principios. No pretende reinventar nada, y menos mal. Lo que hace es algo bastante más difícil: sonar a Los Enemigos sin impostura, con oficio, con identidad y con una naturalidad que ya querrían muchos.
A nivel sonoro, la banda vuelve a demostrar que no necesita recargar la mano para sonar contundente. Basta con esa electricidad sobria, ese punto de mugre controlada y la sensación de que todo está exactamente donde debe estar. “Canciones chulas” no va de grandilocuencia ni de regreso triunfal, va de saber quién eres y tocar desde ahí. Y eso, después de tantos años, no es poca cosa. Es, de hecho, lo más difícil. ∎