“You’re gonna suffer, but you’re gonna be happy about it”. Así se anuncian Like Roses en su perfil en Spotify, y yo me pregunto si pertenecen a la generación Harry Potter o la saga les pilló con el babero. El trío emo procedente de Berkeley, California, utiliza una foto más propia de un Miguel Trillo que otra cosa, con sus fans en primer plano viéndoles en lo que parece ser un garito apretado, donde la peña suda la música, lo más ajeno a las pulcras y aspiracionales zonas vip que abundan en los conciertos de estadio. Cimiento punk, indomesticable, como Dios manda. Desde su fundación en 2016, este grupo ha entregado tres EPs: “Mountains Can’t Be Friends” (2016), “Closure” (2018) y “Stuck” (2024), más unos cuantos sencillos. Este año llevan dos, “Nowhere”, publicado el pasado mes de marzo, y el que nos ocupa hoy, “Wrist”, ya con Hopeless Records, sello angelino de punk en todas sus vertientes y de tradición noventera.
Dada la juventud de la banda, formada por la cantante y guitarrista Amy Schmalkuche, el guitarrista Devin Zamora y la bajista Kayla Gonzalez, diez años pueden suponer una transformación física considerable, para empezar en la propia voz de Schmalkuche: mucho más adolescente en sus comienzos, emerge dotada de la fuerza y carisma que un género como este exige. Amy es un cañón vocal, por eso se atrevió con el “Believe” de Cher, que emotizaron en 2025.
“Wrist” concita la rabia que se siente cuando el interés de la otra persona no es tal. Cuando a esa persona que está en tu cabeza le importas una mierda o, peor aún, hace como que sí, con prácticas desquiciantes como la luz de gas. Schmalkuche expresa su desengaño, y en el vídeo, dirigido por Chase Bell, es perseguida por el coletero rodante de su ex, alivio cómico y surreal para un drama amoroso intenso. El desgarro de punk melódico está fortificado con capas de guitarras, más los cambios de ritmo que este negociado y la propia narrativa de la canción piden. Esto último lo hacen genial, por cierto. En el vídeo, como debe ser, acude la amiga al rescate –en este caso, la bajista del grupo– para librar a nuestra protagonista del amor romántico, que no se va ni con acetona, por mucho que se teorice contra él. Al pop, en cualquiera de sus encarnaciones, aquí deudor de la herencia hardcore, siempre le vendrá bien. ∎