Olvidemos por un instante que hace unos días nos despertamos con Trump creyéndose la reencarnación de Jesucristo. Olvidemos también que, después de la polémica que hace unas semanas nos dio la vida fantaseando con que Chappell Roan odia a los niños, el futbolista Jorginho no se ha disculpado (porque los onvres nunca piden perdón, ya tú sabes), pero ha emitido un comunicado para aclarar que el agente de seguridad que se acercó a su mujer e hija para echarles la bronca por acosar a la artista en verdad nunca trabajó para esta.
Y olvidemos todo esto, supongo, porque es tiempo de Coachella 2026. Y eso significa que los medios de comunicación deben hablar del evento que marca el inicio del año festivalero… Por mucho que, en verdad, ha llegado un punto en que los medios interesados en este epicentro del postureo mundial sean los de salseo y menos los puramente musicales. Porque, sinceramente, poco me ha llegado de la música de estas jornadas y, hasta donde yo sé, lo más destacado del primer fin de semana de Coachella ha sido un regreso de los Strokes alimentado por la nostalgia, una Karol G que ha acaparado titulares por ser la primera headliner latina de la historia del festival, una Sabrina Carpenter para la que lo importante parece ser más el show que el repertorio y, ah, claro, también Justin Bieber mirando vídeos de YouTube. Tal cual.
Porque esto es lo que pasó exactamente en la actuación de Bieber en Coachella 2026: la gente se personó a las faldas del escenario esperando encontrar una actuación al nivel de lo que habían pagado por sus entradas, pero se encontraron un escenario minimalista (por no decir pobre) y treinta minutos del artista enseñando sus clips favoritos de YouTube. Una troleada como la copa de un pino que ha sido refinada por ciertos medios de comunicación que han querido celebrar que “Justin Bieber lleva a sus fans por el camino de la memoria con la ayuda de un buen wi-fi y la barra de búsqueda de YouTube”.
Todo depende de los ojos con que lo mires. Al fin y al cabo, a la peña parecía sudársela la falta de banda en directo o lo precario del show, porque allá estaban los fans para darlo todo con canciones como “Favorite Girl”. Hay quien incluso ha querido ver una bonita (y delusional) historia de sanación del niño interior del artista. Para ellos, esta edición está siendo un verdadero #Bieberchella.
Los demás se mantienen con los pies en el suelo y exclaman “what the hell” cuando contemplan cómo Bieber se dedica a pasar el tiempo enseñando imágenes de un doble arcoíris o memes clásicos como el de “deez nuts”. A fin de cuentas, lo que hizo Justin es lo que hace cualquier persona borracha que decide que este y no otro es el momento ideal para darle la turra a sus amigos con su lista de favoritos de YouTube. Todos hemos estado ahí. No podemos negarlo. Lo jodido es que, como apuntan ciertas voces, a este chaval le han pagado 10 millones de dólares por pasárselo pirata haciendo “un karaoke set en el Coachella como si fuera una drag queen paseándose por un brunch con el cubo para recoger propinas”. Así que, al final de todo, yo me pongo del lado de Katy Perry cuando, durante la actuación, afirmó que “gracias a Dios, tiene YouTube Premium. No quiero ver jodidos anuncios” (en serio, imagina qué hubiera pasado si no tuviera Premium). Pero, sobre todo, me pongo del lado de este meme.
El interludio político de esta semana en el Haciendo Scroll no se lo lleva Trump queriendo ser Jesucristo, sino Vito Quiles. Este tipo que dice ser periodista pero que en verdad es la encarnación de todo lo que un periodista nunca debería ser (un esbirro al servicio de intereses políticos, un acosador, una fábrica de bulos… y me detengo aquí pero podría seguir varios párrafos) se ha hecho viral estos días porque, después de haberse pasado meses acosando a Sarah Santaolalla, esta decidió darle de beber una tacita de sopa de karma con este tuit: “Sé dónde vive Vito Quiles y jamás lo filtraría ni iría a su casa. Sé los hombres con los que se enrolla Vito Quiles y jamás les acosaría. Tengo el teléfono de Vito y jamás lo filtraría. No, no somos iguales. Yo no soy una mierda de persona que acosa a gente que no le gusta”.
La respuesta de Quiles fue inmediata y demostró que respeta “MUCHO A LOS MARICONES PERO A LAS MUJERES YA MENOS, QUE SOIS TODAS UN POCO PUTAS”. Una respuesta en la que se refería a Santaolalla como “desquiciada” y “sujeta trastornada y psicopática” y en la que dejaba caer perlas como que “yo no soy gay. Nunca he tenido nada con un hombre” o “si yo tuviera que hablar de todos los hombres con los que te has enrollado tú, igual tu novio de 52 años ya no vive para escucharlo”. Aunque lo mejor de todo es que no se le caen los anillos a la hora de usar un cliché que, lo siento, cariño, pero ha sido demasiado usado en el pasado por señoros armariados como para que no cante como una almeja: “A mí me gustan las mujeres, y además mucho”. Lo que viene a significar que es onvre y muy onvre.
Más allá de que no estábamos preparados para toda una semana de Vito Quiles diciendo “me chiflan las domingas”, y que probablemente esta noticia cause una tremenda bajuna entre los fans de este ser, lo cierto es que esta salida forzada del armario ha levantado un interesante debate en internet que se cuestiona si Santaolalla hizo las cosas bien o no. Espóiler: las hizo perfectas, porque al final de todo no nos reímos de Quiles porque (presuntamente) le gusten los penes, sino porque no tenga los cojones suficientes de ir con la verdad por delante. No odiamos a Quiles por ser (presuntamente) gay, sino por ser un asco de persona.
La cosa pintaba fatal para la tercera temporada de “Euphoria” desde hace mucho. Para empezar, porque han pasado cuatro años desde el estreno de la segunda temporada y un lapso tan grande de tiempo solo puede estar provocado por problemas de todo tipo (entre ellos, la muerte de varios actores). Después está el abandono por parte de protagonistas como Barbie Ferreira, que ha aprovechado estos días para recordar que su marcha de la serie se debió a que ya sentía que “no iba a ningún lado”. Y, claro, también está el hórrido cartel de esta temporada, capaz de vapulear cualquier expectativa de purpurina y brilli-brilli por parte del espectador.
Pero incluso los peores detractores de “Euphoria” no parecían preparados para un primer episodio que se emitió en HBO el pasado domingo y que ha desatado una furia de titulares que pueden resumirse en este de la BBC: “La serie ha perdido su chispa y su impacto cultural”. Una forma muy maja y políticamente correcta de decir que la cabecera de Sam Levinson ha perdido por completo el rumbo y la chaveta en su viraje hacia el wéstern con un capítulo que tira del salto temporal para cambiar las drogas y el white trash en el instituto por las drogas y el white trash en el desierto. El problema es que el desierto es un entorno en el que white trash queda simple y llanamente como white trash, sin dobles lecturas. Y donde el gusto por la astracanada de la serie se siente cada vez más forzado. Si no, ¿cómo explicar que no habíamos llegado a la mitad del episodio y ya teníamos esta escena de una de las protas con mierda corriendo pierna abajo y un perro que se acerca para lamerla?
Sorprendentemente, eso no es lo peor del primer capítulo de esta tercera temporada de “Euphoria”. Lo peor es que Levinson ha decidido embarcar a Cassie, interpretada por Sydney Sweeney, en una especie de aventura personal en la que intenta triunfar como creadora de contenido especializada en vídeos en los que va vestida de perrita sexi. Pura degradación femenina tan incómoda de ver como en este clip o este otro, aunque en verdad el que se ha convertido en viral es este con un diálogo delirante. Por si no tienes ganas de vídeos, aquí tienes una imagen que actúa como resumen visual del primer episodio.