Libro

Alan McGee

Cómo dirigir un sello indie › Liburuak, 2026

En los años del post-punk británico se gestaron una serie de sellos, hoy en día desaparecidos o fagocitados por las empresas multinacionales. Su catálogo era tan interesante como los dueños y cazatalentos que los dirigían, dos facetas que iban siempre unidas: Geoff Travis (Rough Trade), Tony Wilson (Factory), Daniel Miller (Mute), Alan Horne (Postcard), Ivo Watts-Russell (4AD) o Alan McGee (Glasgow, 1960), el más salvaje de todos con permiso tal vez de Stevo Pearce de Some Bizzare.

“Cómo dirigir un sello indie” (“How To Run An Indie Label”, 2024; Liburuak, 2026) se inscribe en la colección Bihotza de la editorial bilbaína, que significa “el corazón” en euskera, lo cual encaja aquí a la perfección. Porque si algo destaca en esta autobiografía poco común es haber sido escrita literalmente con ese órgano. Un libro que se beneficia de la traducción de Ibon Errazkin y de sus oportunos pies de página, además de un prólogo escrito por un conocedor locuaz como John Robb (The Membranes), viejo amigo de McGee. En él explica con meridiana claridad los inicios de esa zona gris, posterior al post-punk, dominada en Gran Bretaña por el new pop y poco después por The Smiths, donde el futuro fundador de Creation Records empezó a pergeñar desde Londres, adonde se había mudado procedente de Glasgow, una escena independiente que mezclaba ritmos sixties con punk-rock.

El “estilo literario” de McGee es fresco, casi una transposición de su forma de hablar –como hubiese improvisado frente a una grabadora– y desde el primer capítulo del libro, “Dónde empezó todo”, se intuye que va a estar reiterando las mismas ideas hasta la saciedad. Principalmente, la dureza de su vida en Glasgow y la impronta que dejó en su carácter, su locura por la música y conocimientos basados solo en la compra compulsiva de discos, su inspiración en el lema “hazlo tú mismo” surgido del punk, la necesidad de sobrevivir y la valentía requerida para alcanzar el éxito, su vacunación contra el fracaso, no aceptar una negativa por respuesta y una confianza en sí mismo a prueba de bombas, mucho morro en las negociaciones, la habilidad para inventar historias y hacer dinero, su instinto para fichar y el compromiso inquebrantable con los artistas o el convencimiento de que es más importante la fuerza de voluntad que el talento. La verborrea egotista con incuestionables dosis de autocrítica se mantiene a lo largo de los 19 capítulos con el mismo entusiasmo genuino que le sirvió a McGee para alcanzar el éxito empresarial. Una frase importante: “Puede que Creation fuera un sello independiente, pero nunca fue ‘indie’”. Tal era la ambición de este “freak escocés”, todo menos no tenerla o resultar aburrido. Otra de oro: “La mejor música siempre la han hecho inadaptados y ‘outsiders’”.

“Pop art” es otra expresión que McGee repite hasta la saciedad, concepto que aglutinaba personalidades únicas como Stephen Pastel, Lawrence, Pete Astor, Bobby Gillespie, Kevin Shields o Noel Gallagher, a quienes rememora con devoción. Otra frase lapidaria: “Siempre pensé que, si había carisma, tanto en persona como sobre el escenario, la música ya se arreglaría sola (…). Esas personalidades fuertes siempre llevan dentro algo creativo, lo sepan o no. Son como imanes. Las ideas van hacia ellos y mi función era sacarlas a la luz”. También dice algo que puede ser verdad: ¿alguien recuerda cómo se llama el guitarrista de Arctic Monkeys? Por Creation Records, como en la Factory de Warhol, pululaban personajes con carisma y mucho descarriado. Más verdades para cincelar en mármol: “La cultura, las leyendas, la ropa, las drogas y el estilo son tan importantes como el puente de una canción, y además, todo eso viene envuelto en el mito. ¿Quién quiere la verdad cuando puedes sentir el mito en la música?”. O sea, tener habilidad para soltar bolas creíbles y fundar un mundo nuevo. O sea, el relato. Lo cual sigue absolutamente vigente hoy en día.

Por supuesto, “Cómo dirigir un sello indie” habla de la fabulosa historia de Creation, de los entresijos funcionales del sello y de la curva sigmoidea de sus hitos financieros: The Loft, The Jesus And Mary Chain, The House Of Love, Primal Scream, Teenage Fanclub, Ride, Slowdive, Oasis, Super Furry Animals. A veces, la ruina: My Bloody Valentine. McGee acepta haber tenido mucha suerte –otro elemento imprescindible para triunfar– por haber vivido siendo aún joven las –según él– dos últimas revoluciones importantes del pop: el punk rock y el acid house (se olvida del hip hop). Por razones generacionales, cita a Malcolm McLaren como modelo de mente creativa. Afirma haber carecido de su visión global de la cultura, pero también haber vendido “¡millones de discos más que él!”. También venera a Seymour Stein, capo de Sire y Warner; a Andrew Loog Oldham, mánager de The Rolling Stones, y a Tony Wilson con su famosa dicotomía: si hay que elegir entre verdad y mito, elige el mito. McGee era un mecenas de nuevo cuño, pero adoptaba su misma grandilocuencia: “Para mí, esa es la forma de dirigir un sello: fusionando culturas pop y creando nuevos híbridos, alterando el rumbo de la música y haciendo grandes obras de arte”.

Las drogas ocupan con ese título un capítulo entero. Alan McGee podría haberse entretenido en desgranar las innumerables anécdotas escabrosas que, probablemente, conserva en su memoria de los años de depravación fiestera en Creation, pero tiende a los comentarios generales, no entra demasiado ahí. En 1994 se desintoxicó –coincidiendo con el auge de Oasis, farloperos impertinentes– y desde entonces, dice, lleva una vida sana. Por otro lado, quien espere un manual sobre cómo dirigir un sello es mejor que vaya ahorrando para la matrícula del cursillo; las lecciones de vida de este florido libro no están al alcance de cualquiera. La historia de Alan McGee es la historia de la música británica –internacional por su influencia– entre 1983 y 1999, año en el que dio carpetazo a Creation para montar Poptones y dedicarse a las labores de mánager. Por su sello pasaron proyectos inclasificables como The Legend, Felt o Momus, a quienes dedica unas líneas avalando la idea de que no todo fue por dinero, ni mucho menos. También se lamenta de no haber podido fichar a TV Personalities o Spacemen 3. Era una misión insustituible, “poner el foco en esos genios ‘outsiders’, pagar nuestra deuda con ellos, celebrar su brillantez”.

McGee se atribuye haber “matado el indie” a causa del éxito masivo –lo llama “supernova”– que logró con los hermanos Gallagher y por su contribución a la profesionalización gris del negocio asociándose con Sony. Es la parte más interesante del libro, cuando cuenta el final de una era, la del rock independiente tal como la conocimos quienes comprábamos discos en los años ochenta. La entrada de los “grupos de puro pop y baile”, como Spice Girls, marcan el final de una forma de negocio, por no hablar de la revolución de internet. McGee sentencia que el negocio musical ya no gira alrededor de los grupos y que la imagen en redes sociales ha sustituido a las buenas canciones. El negocio se ha deslocalizado. Legendaria es también su relación con la política, Tony Blair y el New Deal que ideó para los músicos parados. Lo cuenta impecable y sin mitificar en el capítulo “No mezcles los negocios con la política”.

“Cómo dirigir un sello indie” es y no es lo que promete, es decir, una guía de aprendizaje. Todo lo que hizo McGee es probablemente irrepetible, no intenten hacerlo en casa. Impelido por la épica del rock’n’roll que aún corre por sus venas, puede que exagere un poco algunas cosas, pero todo parece tan genuino como su acento de Glasgow. El hombre lo petó en las aguas infestadas del negocio discográfico sin formación académica alguna ni más armas que su personalidad antagónica y temeraria, además de toneladas de inteligencia, claro está. Un tipo de gestos únicos, como finiquitar Creation Records con la publicación de “XTRMNTR” (2000), de Primal Scream. Al final, lo resume todo de esta forma: “En realidad, nos lo fuimos inventando todo sobre la marcha. No seguimos ninguna norma. La música es el único negocio en el que puedes hacer algo así. Seguir tu instinto, no las normas. Hacer las cosas sin miedo. Y esa es la clave: así es como se dirige un sello discográfico”. Tomen nota. ∎

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