Perturbadora, deslenguada, profética, afilada y extenuante. Carla Nyman (Palma de Mallorca, 1996) nos arroja a la cara “El Valle del Silicio”, y lo que en él se refleja no es sino nuestra propia capitulación ante la pantalla. Tras diseccionar los límites de lo visceral en “Tener la carne” (Reservoir Books, 2023), la autora mallorquina cambia de escala para cartografiar una derrota distinta. La historia nos sitúa en el apartamento de una correctora editorial que habita una “orfandad cósmica”, una parálisis biográfica donde los vínculos se han evaporado como si nunca hubieran tenido consistencia. En este ecosistema de soledad radical, su única ancla es Averroes, un perro filósofo y una especie de alter ego –que a nadie se le antoje confundirlo con una mascota al uso– que le suelta disertaciones sobre las funciones biológicas básicas mientras ella corrige manuscritos de ciencia ficción.
El delirio comienza cuando SamuelPearce, una entidad que oscila entre el usuario intenso de foro, la estafa criptocapitalista y la deidad digital, irrumpe en su vida para prometerle una ascensión mística fuera del “orden de la coerción física”. Nyman maneja un lenguaje agujereado y barroco para describir una relación de dependencia que pone los pelos de punta. SamuelPearce es el síntoma de una época marcada por el “espejo narcisista” de internet. Curiosamente, el efecto gurú que despliega este sujeto en cierto instante recuerda a la película “Club Zero” (Jessica Hausner, 2023) en esa fascinación sectaria por la pureza a través de la renuncia al alimento sólido. Este susodicho le inocula el asco por el metabolismo, convenciéndola de que la verdadera vida digna se alcanza disolviéndose en el silicio, alimentada por “0,0167 ETH” y cápsulas fluorescentes. Le promete un futuro glorioso en el ciberespacio, apoyando su retórica en figuras reales como Hal Finney, “pionero del Bitcoin” criopreservado por Alcor, o Anders Sandberg, el investigador de Oxford que promueve la emulación de cerebros como ruta hacia el porvenir. Nyman juega con la ambigüedad entre estos mundos de una forma magistral. Lo físico frente a lo cibernético.
A quienes han transitado ciertas redes y foros, la lectura les resultará más o menos incómoda e incluso les otorgará cierta validación. Reconocerán en SamuelPearce a ese clásico vendehumos de internet que cambia de humor compulsivamente y a esos otros que intentan acceder a sus cuentas bancarias. A priori puede solo parecer ficción incel, pero es una realidad de depredación numérica que muchos desconocen y que Nyman disecciona con una lucidez esperpéntica. Conviene, sin embargo, detenerse en un matiz crucial. Aunque la narración juega con el enigma del delirio de la protagonista, cuidado con quedarnos solo en esa lectura. Estos perfiles nos pueden dar caza con total independencia de si arrastramos un pasado de abandono, un bache mental o una soledad coyuntural. Que nadie esté a salvo de ser engañado es una realidad escalofriante.
Igualmente, es fascinante cómo la novela se convierte en un campo de batalla entre lo material –el perro Averroes recordándole que debe orinar– y lo etéreo: Samuel prometiéndole la inmortalidad. Sin embargo, no todo es asfixia. El libro está repleto de fogonazos de un humor negrísimo. Es fácil lanzar carcajadas a través de la descripción de Lady Kombucha, esa compañera que la sobreprotege a base de infusiones de reishi crudo y “picos de toxicidad hepática”, y con el esperpento de la cita con The Brave Anselmo y sus zapatillas fosforitas.
Si sois de los que necesitan tramas que despeguen rápido, tened paciencia porque a la primera mitad le sobran, quizá, más de 30 páginas de reiteraciones antes de que el motor de la cuenta atrás arranque. “El Valle del Silicio” es un cargamento literario necesario para entender que la nube no está en el cielo, sino enterrada bajo nuestros pies y requiere litros de agua y silicio mineral. En esencia, estamos ante una obra que incomoda porque es verdad: internet es ese lugar donde se pueden activar nuestros traumas para vendernos una salvación que no deja rastro ni grasa. Una lectura que afina el silencio digital hasta hacerlo ensordecedor. Ahora, recordad mirar si vuestro perro ha instalado una VPN en la tostadora o si simplemente os está juzgando por no haber leído todavía las “Meditaciones” de Marco Aurelio. ∎